Ya se extrañaban las pataletas de Paolo Guerrero. Había pasado buen tiempo desde su último ataque de engreimiento, así que este largo ausentismo -créanme- generaba honda preocupación.
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Sin embargo, a Paolo no lo ha criticado por falta de compromiso o alguna indisciplina. Su comentario no ha trascendido las fronteras futbolísticas. Solo ha dicho lo que muchos hinchas y periodistas piensan sobre su nivel en el campo de juego: ya no está para ser titular en el Alianza de Guede.
La reacción del goleador ha sido tan ridícula como desproporcionada. “Ahora todos son entrenadores, opinan y comentan qué partido yo debería jugar. Existe cada personaje que nunca jugó o si jugó fue malísimo y quiere comentar de mí”, señaló en una historia colgada en su cuenta de Instagram. No menciona a Manco, pero el dardo tiene apuntada su dirección.
Los años no le han dado a Guerrero la madurez emocional que se aguarda de un deportista de su categoría. Insiste en la monserga de que quien no ha jugado fútbol no tiene los galones para criticarlo. Esta visión elitista, profundamente discriminadora y anegada de soberbia, no resiste el menor análisis.

Paolo Guerrero regresó en agosto de 2024 a Alianza Lima.| Foto: Alianza Lima
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Para ponernos en un plan más terrenal -algo de lo que Paolo parece sentirse muy lejos-, solo Sagasti o Castillo podrían criticar a Fujimori porque han sido presidentes. El resto no podemos decir ni pío. Absurdo, ¿no?
Además de olvidar que el derecho a la opinión está consagrado en la Constitución, alguien debería decirle a Guerrero que las figuras públicas como él tienen un margen de crítica mayor que cualquier persona común y corriente. Como dicen en mi barrio, la carne viene con hueso.
Distinto es agraviar o insultar, como se ha vuelto práctica común en ciertos programas deportivos (eso que llaman ‘brutality’). O considerar, como muchos repiten sin mayor razonamiento, que todas las opiniones son respetables. Lo que se respeta es el derecho a opinar.
Un futbolista de la estatura de Guerrero debería estar rodeado de buenos consejeros. No por gente que le diga sí a todo -El ‘sidieguismo’ fue la perdición de Maradona-, sino que le recuerde que a pesar de sus 42 años, aún no es tarde para empezar a madurar.
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