domingo, septiembre 6

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A veces una revolución cabe en una línea. Entre los 12 objetivos que los ingenieros de JVC trazaron para desarrollar una nueva videograbadora doméstica había uno que parecía casi administrativo: la cinta debía grabar dos horas. Una decisión técnica bastante menos vistosa que mejorar la imagen o reducir el tamaño del aparato, pero que terminaría siendo decisiva.

A veces una revolución cabe en una línea. Entre los 12 objetivos que los ingenieros de JVC trazaron para desarrollar una nueva videograbadora doméstica había uno que parecía casi administrativo: la cinta debía grabar dos horas. Una decisión técnica bastante menos vistosa que mejorar la imagen o reducir el tamaño del aparato, pero que terminaría siendo decisiva.

Cinco años después, el 9 de setiembre de 1976, JVC presentó en el hotel Okura de Tokio la Victor HR-3300. Pesaba más de 13 kilos y tenía ese aire de maquinaria seria que hoy asociamos con el futuro imaginado en los años setenta. Pero su verdadera novedad estaba en lo que permitía hacer con el tiempo.

JVC imaginaba el video como una herramienta doméstica y un medio de información y cultura.

/ Science & Society Picture Librar

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Hasta entonces, la televisión había sido, esencialmente, un flujo. La telenovela la daban a las nueve. Las noticias a las diez. El Miss Perú empezaba cuando empezaba. Ningún evento se detenía a confirmar que uno ya estuviera en casa. El video introdujo una pequeña insubordinación doméstica: grabar para mirar después. Hoy parece una obviedad, pero entonces significaba restarle a la tele una parte importante de su poder. Y a otras industrias también.

Hollywood fue el más incómodo. En 1982, Jack Valenti, entonces presidente de la asociación que representaba a los grandes estudios, compareció ante el Congreso estadounidense y comparó la amenaza que suponía la videograbadora con el estrangulador de Boston entrando en la casa de una mujer. La metáfora envejeció peor que las cintas. Dos años después, la Corte Suprema de Estados Unidos legitimó el ‘time-shifting’, el almacenamiento de contenido de medios, y la máquina que supuestamente iba a estrangular Hollywood se convirtió en una de sus mayores fuentes de ingresos.

Después del circuito de salas, las películas empezaron a acomodarse en las estanterías. Llegaron los videoclubes, el alquiler, el préstamo de cintas y las copias de copias que perdían definición con cada pasada. En el Perú, donde el Betamax tuvo inicialmente una presencia importante antes de que el VHS se impusiera, la revolución llegó más lejos. En su libro “¿Dónde está el pirata?”, ‘Chicho’ Durant recuerda que en los años ochenta aparecieron los cines-video: familias con televisor y reproductora que acondicionaban la sala o el garaje proyectaban películas por las noches y cobraban una entrada semejante al precio de una gaseosa. Lo que comenzó como una ayuda para la economía familiar acabaría convertido, durante la crisis de la segunda mitad de esa década, en todo un negocio de videorrenta. Para ese entonces, se estima que habían ingresado al país entre 70.000 y 90.000 videograbadoras.

La tecnología de la videograbadora cambió la industria.

/ tom kelley -2001

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Con la expansión del VHS y, en general, del video doméstico, pronto empezamos a grabarnos. Matrimonios, bautizos, cumpleaños, graduaciones y tardes familiares se convirtieron en acontecimientos audiovisuales. La fotografía había congelado el instante, pero el video conservaba voces, movimientos, torpezas, silencios. En el mismo televisor donde habíamos visto a Stallone, de pronto salía papá bailando una mala zamacueca por Fiestas Patrias. Las etiquetas manuscritas terminaron construyendo un género: “Mundial 90”, “Cumple de Pepi”, “Bonanza”, “No grabar”. Una T-120 podía registrar dos horas en velocidad estándar y hasta seis en EP, sacrificando calidad. Por eso en una sola cinta podíamos encontrar una película, medio partido de fútbol, comerciales, 10 minutos de un cumpleaños y algo que nadie recordaba haber grabado. Nuestra primera nube fue un cajón lleno de casetes mal rotulados.

En 1989, America’s Funniest Home Videos convirtió esa abundancia en un programa de éxito. La idea era sencilla y casi profética: los espectadores enviaban sus escenas domésticas y la televisión las convertía en espectáculo. Pero todo reinado encuentra tarde o temprano a su verdugo. Al VHS lo fulminó otra tecnología que prometía hacer lo mismo, pero mejor. El DVD llegó a fines de los noventa con mejor imagen, acceso inmediato a cualquier escena y, bendición nada menor, sin necesidad de rebobinar. En el 2003, sus alquileres ya habían superado a los del VHS en Estados Unidos. Pero el golpe definitivo vendría después. Si el VHS había liberado al espectador de las parrillas de programación, sus sucesores terminaron liberándolo también del soporte físico. La invención de JVC murió, en cierto modo, víctima del mundo que había ayudado a crear.

Medio siglo más tarde, la influencia y los efectos del VHS no han desaparecido. El ‘streaming’ heredó una mitad de su revolución: elegir, pausar, repetir, acumular, mirar cuando queremos. El ‘smartphone’ y las redes, la otra: registrar nuestra vida y convertirla en contenido. Pero el VHS tenía algo que todos sus descendientes han debilitado: materialidad y límite. Hoy que los teléfonos almacenan horas y horas de imágenes, grabar corre el riesgo de convertirse en una pulsión vacía: grabar por grabar. Aquella cinta era distinta. Estaba ahí. Era un objeto y, a menudo, también una biografía.

Los inventores

En 1971, el equipo de JVC encabezado por Yuma Shiraishi y Shizuo Takano (en la foto) trazó una matriz con 12 metas para una futura videograbadora doméstica en cuatro frentes: el aparato debía ser accesible, sencillo de operar, compatible, fácil de producir y reparar.

Pelé juega por Betamax

En la competencia entre los sistemas VHS y Betamax, JVC gestionó mejor el producto: ofreció dos horas de grabación en vez de una, licenció ampliamente su tecnología a otros fabricantes, multiplicó la oferta y redujo precios. Todo ello pesó más que la mejor calidad de imagen que ofrecía Betamax.

El último videograbador

El VHS llevaba años fuera del centro de la cultura cuando, en julio del 2016, Funai Electric, último fabricante de videograbadoras, anunció el fin de la producción. Funai fabricó unas 750.000 unidades en el 2015; en su mejor momento llegó a vender 15 millones anuales.

El VHS que llegó del espacio

En diciembre del 2024, “Alien: Romulus” apareció en una edición limitada en VHS, con una carátula de inspiración retro. Se trató del primer gran lanzamiento de Hollywood en ese formato desde el 2006. El producto estaba dirigido al coleccionismo y la nostalgia.

Un videoclub dentro del ‘streaming’

En el 2026, apareció bingebrowse.net, proyecto creado por los hermanos británicos Patrick y Oliver Evans que convierte los catálogos de los servicios de ‘streaming’ en un videoclub tridimensional. Es una paradoja deliciosa.

Además…

A saber

A pesar de considerarse ya tecnología obsoleta, incapaz de competir con las plataformas de ‘streaming’, el VHS todavía sobrevive en sólidos nichos de consumidores. Ya no compite como tecnología; funciona como objeto cultural, del mismo modo que un disco de vinilo puede valer por algo más que la música que contiene.

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