viernes, marzo 20

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Jamie, Ewan y Lachlan Maclean habían atravesado remando más de 7.400 kilómetros de extenso océano Pacífico cuando la buena suerte con la que habían contado hasta el momento los abandonó.

Jamie, Ewan y Lachlan Maclean habían atravesado remando más de 7.400 kilómetros de extenso océano Pacífico cuando la buena suerte con la que habían contado hasta el momento los abandonó.

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“Nos habían advertido que estaba entrando un anticiclón (una zona de baja presión atmosférica) y que era inevitable que fuéramos a chocar con él”, le contó Jamie al programa Outlook*, del Servicio Mundial de la BBC.

“Eran las peores condiciones a las que cualquiera de los tres se hubiera enfrentado: estamos hablando de olas de entre 7 y 9 metros de altura (…) no nos volcamos del todo, pero sí tuvimos dos alertas en las que el bote se inclinó a 90 grados”.

Una de esas olas terminó haciendo realidad uno de los peores escenarios a los que se pudieran enfrentar: lanzó a Lachlan, en medio de la noche, al agua.

“No sabía dónde quedaba arriba, ni dónde quedaba abajo, y en la más profunda oscuridad”, recordó Lachlan, hablando con Outlook.

Cuando al final los hermanos llegaron al puerto de Cairns, en Australia, habían logrado su objetivo de romper la anterior marca de cruce del Pacífico en una embarcación sin asistencia: lo lograron atravesando 14.484 kilómetros del inmenso océano Pacífico en 132 días, cinco horas y 52 minutos.

El objetivo de los hermanos, más allá de romper la marca anterior, era lograr recaudar más de US$1 millón para proyectos de agua potable en Madagascar.

Y todo comenzó en las frías costas de Escocia, donde estos tres hermanos se aventuraron por primera vez en el mar en una embarcación casera buscando pescar caballas, cuando apenas tenían 11, 10 y 5 años.

El amor de los hermanos por el mar empezó cuando estaban pequeños.

El amor de los hermanos por el mar empezó cuando estaban pequeños.

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Aunque los hermanos Maclean crecieron en Edimburgo, pasaban mucho tiempo en Assynt, en el noroeste de Escocia, donde su familia tiene una pequeña casa al frente del mar: allí aprendieron a remar.

Su primera “embarcación” era un bote improvisado que construyeron cuando eran niños y, a través de sus experiencias, aprendieron a confiar ciegamente el uno en el otro.

“Siempre nos ha gustado el mar”, le dijo Jamie a Outlook. “Supongo que esto era una extensión natural de aquello”.

Con los años, el gusto pasó a convertirse en un reto y en 2020, los tres hermanos se lanzaron en busca de un récord cruzando el Atlántico a remo: zarparon desde las Islas Canarias y llegaron a Barbuda, a 4.800 kilómetros de distancia, en 35 días.

Pero al lograrlo, inmediatamente surgió la necesidad de un reto más grande y el candidato obvio fue el Pacífico.

Los hermanos ya habían roto la marca de remo sin asistencia cruzando el Atlántico en 2020.

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“Nos enteramos de que ningún equipo lo había atravesado sin parar y sin apoyo, desde Sudamérica hasta Australia. Guardamos la idea durante un tiempo, porque el hecho de que ningún equipo lo hubiera hecho sugería que, a lo mejor, no podíamos llevar suficiente comida o que hubiera limitaciones físicas”, explicó Lachlan.

“Pero la idea permanecía ahí como una piedra en el zapato”.

Fue solo cuando lograron contactar con la persona que les construiría la embarcación que empezaron a planear la travesía en serio.

“Fue a partir de ese momento que empezamos a tener conversaciones con nuestros seres queridos, porque, claro, es un tema difícil de tocar”, contó Jamie.

Lachlan recuerda que la conversación con su madre fue particular: “Estábamos en su apartamento, haciendo la cena, yo estaba picando una cebolla, y ahí le pregunté: ‘Mamá, ¿qué opinas si hacemos otra gran travesía en remo?’.

“Para ella, nuestro viaje por el Atlántico fue muy difícil, entonces todos estábamos muy ansiosos por el estrés que pudiera causarle… pero para ser sinceros, no se sorprendió tanto, creo que ella sabía lo que se iba a venir, lo mismo que papá”.

Como homenaje a sus padres, los chicos le pusieron a la embarcación el nombre de Rose Emily, como se llamaba la bebé que perdieron antes de nacer en 1996.

“Para mamá en especial fue un gesto conmovedor porque creo que, en un sentido espiritual, ella sentía que Rose Emily iba cuidando a sus tres hermanos a través del Pacífico”.

En ese momento empezaron los dos años de preparaciones que requiere la travesía en equipo más larga que se haya hecho sin interrupciones ni apoyo externo.

El Pacífico, con sus impredecibles cambios, era el reto para superar de los Maclean.

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Es imposible considerar todos los imprevistos que pueden surgir durante un viaje de este calibre, pero Jamie cuenta que hubo cosas clave en las que sí se pudieron preparar.

“Un buen ejemplo”, le dijo Jamie a Outlook, “es caerte del barco, en especial en la noche. Ese era un gran temor que teníamos los tres”.

“Así que hacíamos una sesión de entrenamiento -salir a remar 6, 8 o12 horas- y en la noche, con la fatiga, uno se lanzaba al agua para acostumbrarse a nadar y volverse a subir al barco en la oscuridad”.

“Buscábamos acostumbrarnos a esos procesos, que se sintieran menos desconocidos”.

La travesía arrancaba en Perú, por lo que los hermanos tuvieron que enviar allá todos los recursos que iban a necesitar -el barco, los 1.000 paquetes de comida congelada-.

“Pero cuando finalmente llegamos a Perú, el barco se demoró en cruzar aduanas, la comida también, y con eso el viaje se retrasó casi dos semanas”, contó Lachlan.

Dos años -y dos semanas- después de haber tomado la firme decisión de cruzar el Pacífico, los hermanos Maclean finalmente zarparon desde Lima el 12 de abril de 2025, al son de la banda marcial de la Academia Naval que llegó para darles buenos augurios.

Pero las dificultades se presentaron desde el principio.

“Ewan y yo tuvimos mareo durante los primeros 10 o 14 días”, relató Jamie, “yo no podía mantener la comida en el estómago, me sentía terrible”.

Eso sumado a los turnos de entre 16 y 18 horas remando, bajo el sol inclemente, con la única protección de dos pequeños cubículos en los que solo se puede ingresar sentado.

Lachlan contó que en medio del océano es fácil perder la noción del tiempo y del espacio.

“Especialmente en los primeros 6.500 km, porque no pasamos ninguna isla y las condiciones eran prácticamente las mismas”.

A pesar de las dificultades, los espectáculos de la naturaleza no dejaron de sorprender a los hermanos.

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“Mi turno siempre nos llevaba de la noche al día, y los amaneceres y los atardeceres se convirtieron en el mejor momento de cada día: los cielos eran increíbles, con verdes, naranjas, azules, unos colores increíbles en el firmamento”, evocó Lachlan.

Y en las noches, la compañera siempre fue la Luna, particularmente para Lachlan.

“Pudimos ver cuatro o cinco ciclos lunares completos, de Luna nueva a Luna llena, y la diferencia que hace en lo que puedes ver en la noche es espectacular”.

“En realidad puedes ver el mar a tu alrededor y las olas, y esto transforma completamente tu experiencia del turno nocturno. También te mantiene despierto.

“De manera genuina sentí que la Luna era nuestra amiga, como un rostro tranquilizador cuado nos acompañaba, en especial cuando las condiciones se pusieron difíciles”.

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