Durante siglos, la ciencia se desarrolló sin mujeres. No es una metáfora; es un hecho. Universidades, sociedades científicas y laboratorios las excluyeron sistemáticamente. Esta exclusión tuvo importantes consecuencias sobre el conocimiento científico, especialmente porque fue acompañada de otra exclusión: la de la mujer –la otra mitad de la humanidad– como sujeto de estudio. Por ello, mañana, que se celebra el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, debemos no solo saludar los evidentes progresos alcanzados, sino hacer un balance de los esfuerzos realizados para recuperar el tiempo perdido.
La medicina fue uno de los ámbitos en los que la discriminación de la mujer tuvo efectos más perjudiciales. Hasta fines del siglo XX, la mayoría de los ensayos clínicos se realizaban casi exclusivamente en hombres adultos. Las mujeres eran consideradas “variables biológicas complejas” por sus ciclos hormonales o la posibilidad de su embarazo. El resultado fue una medicina que tomó al cuerpo masculino como norma y al femenino como excepción. Síntomas distintos, respuestas diferentes a los fármacos y enfermedades específicas de las mujeres fueron así subdiagnosticadas, mal interpretadas o directamente ignoradas.
En Unwell Women, la historiadora Elinor Cleghorn comenta cómo patologías como la migraña, las enfermedades autoinmunes o las cardiovasculares fueron minimizadas o atribuidas a causas emocionales cuando afectaban a las mujeres. La endometriosis, que afecta a 1 de cada 10 mujeres en edad reproductiva, ilustra con crudeza ese retraso; durante décadas su dolor fue normalizado y su diagnóstico tardó años en llegar. Aunque hoy resulte difícil de creer, recién en 1993 los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos exigieron formalmente la inclusión de mujeres en los ensayos clínicos financiados con fondos públicos. La ciencia aprendió tarde a mirar el cuerpo femenino con rigor.
Este problema no se limitó a la medicina. La ausencia de mujeres también dejó huella en la tecnología y el diseño. En Invisible Women, Caroline Criado Pérez reúne evidencia contundente sobre cómo la falta de datos desagregados por sexo ha moldeado desde el diseño de automóviles hasta políticas públicas y sistemas digitales. Durante décadas, por ejemplo, los maniquíes usados en pruebas de choque se basaron en cuerpos masculinos promedio. Ese estándar influyó en el diseño de la seguridad vehicular, mientras la evidencia mostraba que las mujeres enfrentaban mayores riesgos de lesiones graves en accidentes comparables.
A escala global, las cifras confirman que el problema persiste. Según la Unesco, solo alrededor del 33% de las personas dedicadas a la investigación científica son mujeres, y el porcentaje cae significativamente en ingeniería, matemáticas, física y tecnologías digitales. En América Latina y en el Perú, las mujeres son mayoría en algunas áreas de la salud y las ciencias biológicas, pero siguen siendo minoría en los campos que concentran mayor financiamiento, poder tecnológico o político, así como en posiciones donde se toman las grandes decisiones.
El problema central es que las vocaciones científicas no se pierden en la universidad, sino mucho antes. Estudios internacionales muestran que el desinterés o el abandono de áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas ocurre con frecuencia antes de los 15 años, alimentado por estereotipos, expectativas bajas y ausencia de referentes cercanos. Hay que asegurarse de que el sistema no las desanime antes de que lo intenten. Es obvio que no se trata de falta de talento; se trata de trayectorias interrumpidas, de “techos de cristal” persistentes y de una cultura científica que no se pregunta con suficiente convicción cómo atrapamos el tiempo perdido.
Este retraso es especialmente preocupante porque los grandes desafíos del siglo XXI, como cambio climático, envejecimiento poblacional, nuevas pandemias, inteligencia artificial y pérdida de la biodiversidad, requieren enfoques diversos. Existe evidencia creciente de que los equipos de investigación con mayor diversidad de género producen ciencia más innovadora, con mayor impacto y mejores decisiones colectivas.
Para el Perú, apostar por más niñas y mujeres en ciencia no es solo una cuestión de equidad. Cada vocación perdida es una oportunidad menos para generar conocimiento pertinente, soluciones locales o innovación con impacto social.
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