A los 9 años perdió a su padre —un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial— y creció bajo la estricta mirada de su madre, una abogada formada en la Sorbona. Ella le advirtió que en el Perú no se respetaba al artista y que, si de verdad quería ser actor, debía buscar su destino en Francia. Roberto Moll obedeció. Estudió en París y regresó decidido a demostrar que podía vivir del arte. Desde entonces, ha recorrido seis décadas de entrega absoluta a la actuación: fue el galán que conquistó pantallas en “Carmín”, “Abigaíl” o “Kassandra”, pero también el hombre que conoció de cerca la muerte en dos rodajes y sobrevivió para contarlo. Hoy, a los 77 años, confiesa que aún carga con miedo escénico y que ha decidido alejarse de las tablas.
En 1976 partió a Venezuela y se unió a Rajatabla, una compañía de teatro de culto. Ocho años de giras en 32 países, ensayos desde el alba, vida sana, disciplina férrea. Allí aprendió a escuchar su cuerpo, a modular la voz, a vivir el teatro como un oficio sagrado. Fue Hamlet, y en ese papel del clásico de Shakespeare condensó todas las emociones posibles de un ser humano. “Me cambió la vida, me hizo más preparado, más sensible, más dúctil”, recuerda.
Tras esos años intensos en Rajatabla, Moll decidió hacer un alto: quería casarse, formar una familia y reencontrarse con su madre en el Perú. Tenía 36 años cuando volvió por Navidad y, en una reunión organizada por viejos amigos del teatro, conoció al director Lucho Llosa, quien le planteó una propuesta que le cambió la vida.
“Me dijo para protagonizar ‘Carmín’. Yo le expliqué el nivel de arte que estaba haciendo, que no hacía telenovelas, las consideraba un género menor. Me dijo que me convenía exponerme a otro tipo de público y que sería bien pagado”, recuerda. “Después de ocho meses de grabación no podía ni salir a la calle solo ni con mi familia. Estaba casado con Carmencita Padrón y tenía a mi hija Natasha, mi única hija amada, que en aquel entonces tenía cuatro meses”, añade.

Después de “Carmín”, volvió a Venezuela. La telenovela había sido vendida a un canal local y, gracias a esa exposición, fue llamado por Radio Caracas Televisión. Allí debutó en 1985 con “Cristal”, al lado de Lupita Ferrer y Carlos Mata, y comenzó una etapa de 15 años en los que protagonizó casi 30 producciones, entre ellas “Kassandra”, “Abigaíl” y otras ficciones que lo convirtieron en figura internacional.

“Fue una época de mucho trabajo, de fama intensa, pero también de aprendizaje constante”, recuerda.
El cierre político de RCTV lo dejó sin empleo, pero no sin vocación: empezó a dar clases de actuación y, desde entonces, nunca ha dejado de enseñar. Paralelamente, trabajó en Estados Unidos en Telemundo, donde participó en producciones como “Amor descarado”, “El cuerpo del deseo” y “¡Anita, no te rajes!”.

“Me pidieron que me quede en Miami, pero soy muy inquieto; siempre prefería moverme, además me siento más cómodo en Latinoamérica”, dice.
Aun cuando Venezuela fue el epicentro de su carrera, nunca rompió el vínculo con el Perú. Cada cierto tiempo regresaba para hacer teatro, como aquella recordada puesta de “Drácula” de Bram Stoker, que describe como “una experiencia maravillosa”.

Ese lazo se reforzó en el 2014, cuando Efraín Aguilar lo llamó para integrarse a “Al fondo hay sitio”. “Estaba tranquilo en mi hamaca en Venezuela, cuando recibí su llamada. Me mandó el pasaje y me vine. Me dieron el personaje del papá de Charito y me quedé dos años y medio. Fue una experiencia muy grata; me trataron muy bien”, cuenta.

Tras esa etapa, decidió abrirse a nuevas rutas en el Perú. Enseñó teatro en el Real Club de Lima y, desde hace un año, ofrece talleres de declamación de poesía y oratoria en la librería César Vallejo. También volvió a los escenarios con fuerza: participó en “El día de la luna”, de Eduardo Adrianzén, y en el musical criollo “Cariño malo” de José Allemant, donde sorprendió cantando valses al lado de Julie Freundt.
“Nunca estudié canto, tuve que aprender en una escuela con una profesora que me puso la producción. Fue todo un reto, pero muy gratificante”, asiente con una sonrisa.

Adiós al teatro
Sin embargo, esa misma exigencia lo lleva a una reflexión más dura: el precio que se paga por hacer teatro en el Perú es demasiado alto. Ensayos diarios de meses, funciones nocturnas ininterrumpidas, el compromiso de construir grandes personajes y una retribución económica que, asegura, no corresponde al esfuerzo.
“El teatro en Lima exige mucho y no compensa. Te voy a dar una primicia: será difícil que vuelva a las tablas; prefiero dedicar mi energía a la televisión y la pedagogía. Hoy grabo ‘Eres mi bien’ y me siento feliz”, refiere.

Entre la vida y la muerte
Roberto Moll sabe lo que significa poner el cuerpo al límite y reconoce que ha vivido dos experiencias extremas en las que estuvo a punto de perder la vida por la actuación. Ambas ocurrieron en Venezuela.
La primera fue durante las grabaciones de la telenovela “Por estas calles”, donde interpretaba al jefe del cartel de Medellín. En una escena, su personaje fingía su muerte y debía ser rescatado por un helicóptero. Todo parecía controlado, pero al momento de sujetarse al deslizador, lo hizo sin arnés y quedó suspendido a 25 metros de altura. “No sé cómo pude aguantar y no caer. Pude morir ese día. Cuando toqué piso estaba en shock, me dieron un vaso con agua y encima el director me arma un lío”, recuerda entre risas.
La segunda llegó en el 2013, durante el rodaje de “La planta insolente”, una película sobre el presidente venezolano Cipriano Castro. La escena final exigía que su personaje entrara al mar hasta casi ahogarse. Moll, hipertenso, calló su condición y aceptó el reto. Caminó más de doscientos metros mar adentro hasta que el cuerpo no resistió: se desmayó y tuvieron que rescatarlo. Lo que parecía solo un susto terminó en una neumonía fulminante que lo llevó a un coma de quince días.
“Llamaron a mi hija y le dijeron que me estaba muriendo, que no iba a despertar. El doctor me daba por muerto. Pero un día abrí los ojos, y mi hija no lo podía creer. Estaba entubada, mi cuerpo no respondía. Permanecí 60 días internado. Dios me dio otra oportunidad”, recuerda ente lágrimas.
Miedo escénico
Quizás por eso hoy, al mirar atrás, resume sus seis décadas con una palabra: milagro. “Yo tengo miedo escénico. Antes de cada escena converso con Dios y le digo: ‘Yo no puedo hacerlo, hazlo tú’. Y salgo al escenario con esa fuerza”, confiesa. Ese temor íntimo, paradójicamente, lo ha mantenido vivo, alerta, humilde.













