sábado, junio 27

Si la homosexualidad no existiera, tal vez César Moro la habría inventado. La fraguó desde la entrega absoluta del cuerpo y los afectos, la idealización solar y mayestática (“Antonio es Dios”, “Antonio es el Inca”); la edificó a través de la constatación de las holoturias angustiosas, de las vías lácteas que fluyen de los genitales deseados. Después, Jorge Eduardo Eielson recogió la bandera de la alucinación producida por un amor incurable representado en un guapo muchacho extraviado por las calles de Roma. Juan Gonzalo Rose logró, mediante los códigos de la naturaleza, la ciudad y el humor tierno y a la vez desdichado, que supiéramos que buscaba en Lima, cada noche de su vida, a alguien que lo comprendiera; según propia confesión, nunca pudo encontrarlo.

Si la homosexualidad no existiera, tal vez César Moro la habría inventado. La fraguó desde la entrega absoluta del cuerpo y los afectos, la idealización solar y mayestática (“Antonio es Dios”, “Antonio es el Inca”); la edificó a través de la constatación de las holoturias angustiosas, de las vías lácteas que fluyen de los genitales deseados. Después, Jorge Eduardo Eielson recogió la bandera de la alucinación producida por un amor incurable representado en un guapo muchacho extraviado por las calles de Roma. Juan Gonzalo Rose logró, mediante los códigos de la naturaleza, la ciudad y el humor tierno y a la vez desdichado, que supiéramos que buscaba en Lima, cada noche de su vida, a alguien que lo comprendiera; según propia confesión, nunca pudo encontrarlo.

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La poesía homosexual en el Perú (homosexual, que no gay: ese estranjerismo, como decía Franco Zeffirelli, es odioso y vulgar) nació con personalidad y muchas cosas -largo tiempo calladas- que decir. Con la narrativa las cosas fueron un poco más complicadas. La primera ficción que esboza el tema es “Duque” (1934) de José Diez Canseco: una novela moderna y divertida que exploraba las trastiendas de la aristocracia limeña con efectivo y afectivo humor. Tendrían que pasar varios años para que aparezca en escena Oswaldo Reynoso, uno de los escritores más populares de su tiempo, y volviera a poner el tema sobre la mesa. “En octubre no hay milagros” (1965) funciona como el fresco de una capital moralmente subvertida, habitada por una humanidad zoológica. En ella, todo acto sexual es degradante y brutal. El coito es un instrumento de poder, de degradación e imposición, como lo delata el sórdido Don Manuel, que captura chiquillos hambrientos mientras recorre los barrios populares a bordo de su limusina. Durante su segunda etapa creadora Reynoso publicará breves historias donde el deseo por los cuerpos jóvenes está sublimado por ensoñaciones exóticas (“En busca de Aladino”, 1993) o por las variaciones excelsas de la memoria (“El goce de la piel”, 2006).

“Safo y Erina en un jardín de Mitilene”, pintada por el británico Simeon Solomon en 1864, ícono del movimiento Prerrafaelita.

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Mientras tanto, la narrativa de los heteronormativos, al margen de su calidad literaria, tendía a presentar a los diversos en situaciones siempre negativas o estereotipadas, como puede rastrearse en los primeros libros de Vargas Llosa, Bryce o Ribeyro (tal vez una excepción sea el noble doctor Peñaflor de “Terra incognita”). Esta mirada sospechosa del uranismo sufrirá un cambio de perspectiva con “No se lo digas a nadie” (1994), la primera novela de Jaime Bayly. Su protagonista, Joaquín Camino, es un joven de familia acomodada que conoce nuevas formas del deseo en una Lima pacata e hipócrita de la que es imposible escapar. Bayly aborda la problemática desde la farsa, cuando no desde la caricatura. Pese a ser un texto bastante desigual, hay en él más que un ser definido por sus apetencias carnales, Camino es incapaz de adaptarse a las convenciones de su clase social, aunque se pliegue a sus taras cuando las circunstancias lo acorralan.

Los escritores homosexuales peruanos en actividad han conseguido hallazgos interesantes, pero todavía no han entregado una obra realmente decisiva sobre aquel deseo que antes no podía ser nombrado. Juan Carlos Cortázar tiene en su haber algunos cuentos valiosos y una breve novela “Cuando los hijos duermen” (2016), que escarba en un tema muy poco tratado entre nosotros: la homosexualidad en la edad adulta. Dany Salvatierra, por su parte, ha demostrado una llamativa pluma flamboyante en la ambiciosa “La mujer soviética” (2019). “Compórtense como señoritas” (2019), de Karen Luy de Aliaga está planteada con caídas y dubitaciones, pero significa un aporte a una narrativa lésbica que todavía sigue en agraz. Autonombrado exponente de una narrativa de pornoterror, Yasser Zola publicó hace poco “Cuerpos ajenos”, cuentos toscos pero imaginativos que pueden abrir puertas aún no traspuestas dentro de nuestra tradición de la diferencia. Sophia Gómez Cardeña también es narradora de distancias cortas. Posee una mirada inquietante sobre el goce entre mujeres, emplazada de manera sutil, como se puede verificar en “Una locura discreta” (2023). Fábula sobre la asimetría cruel, “Fascinación” de Diego Molina respira una atmósfera turbia que le infunde un particular atractivo. En poesía destaca Gabs Valdivia, quien en “Fluoxetina” (2025) posiciona al hablante hacia los bordes de la autodestrucción corporal y psicológica y declara los rituales químicos para permanecer vivo en un mundo hostil y que intercambia la fragilidad por violencia.

Si bien aún estamos a la espera de voces como las de la argentina Camila Vidal Sosa, el colombiano Giuseppe Caputo, los chilenos Alberto Fuguet y Ariel Florencia Richards o el extinto uruguayo Gustavo Escanlar, hay proyección para ello. Cada vez más lejana del costumbrismo y de las peregrinaciones unidimensionales del deseo, nuestra narrativa homosexual accede a nuevos espacios, intercede por su propio sitio, por su perfil singular: en esa luminosa búsqueda se halla.

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