Por las tardes, a eso de las seis, y en especial los fines de semana, uno puede sentir que una corriente moviliza a quienes están en algún malecón de la ciudad. En Chorrillos, Barranco, Miraflores, San Isidro, Magdalena, San Miguel, La Perla, La Punta y otros distritos, puede verse grupos de personas que se preparan para asistir al único lujo gratuito que Lima les da a sus habitantes. Durante esos instantes del crepúsculo, algunos se quedan de pie, a veces diciendo algo entre ellos. El verano es el espacio en el que el sol se pone todos los días de un modo distinto. La gente que anda en las inmediaciones se encuentra de pronto con un grandioso espectáculo de luces anaranjadas, amarillas, azules, verdes, tapiadas a veces de nubes largas, insinuando un rumor constante.
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Cada tarde ofrece una forma y un sonido. Pero estas formas tienen un movimiento continuo, en el que a veces puede verse cómo el disco dorado se hunde minuciosamente en el agua, despidiendo su sangre, para dar la lucha con el submundo como pensaban los pobladores precolombinos.
Esta experiencia es especialmente dramática cuando, como ahora, asistimos a las últimas semanas del verano, pendientes de las incertidumbres del otoño electoral. Y aunque se prevé que habrá sol todo el año debido al fenómeno de El Niño, la plenitud de la luz en el mar es un lujo que no se repetirá hasta que el nuevo presidente haya tenido varios meses inciertos en el poder.
Uno piensa en la monotonía variada de las olas como un modo de expresar la continuidad de la vida. Se alzan, rompen en la superficie y se disuelven en un rumor. Pero hay nuevas olas que siguen a las que acaba de romper. Vienen de lejos. Uno puede sentirse conectado con nuestros padres y nuestros abuelos y con nuestros hijos y nietos. El mar que contemplamos es el mismo que ellos han visto y que verán. Es un modo de recordarnos que estamos cerca. Al final de ese paisaje, una luz borra la frontera con el aire. “De mirarte tanto y tanto, /de horizonte a la arena, /despacio, /del caracol al celaje, /brillo a brillo, pasmo a pasmo, /te he dado nombre”, escribe Pedro Salinas en “El contemplado”, a propósito del mar de Puerto Rico en su “esplendor sereno”. Mientras tanto, José María Eguren ofrece una versión más nebulosa del mar de Barranco: “Del alba en la marea, por la costa bravía,/ oí unas voces hondas de melancolía, /que negras en las dunas lentamente zumbaban / o por los callejones de las rocas roncaban”.
En ocasiones uno puede cortar la distancia respetuosa que tenemos con esa masa dramática y serena. Entramos al agua, atravesamos las olas, desafiamos la distancia que nos separa. Somos un cuerpo distinto.
Recuerdo que un amigo de mi infancia, el filósofo Luis Felipe Alarco, me contaba que a sus ochenta y tantos años, entraba al mar de Chorrillos a bañarse todos los días del año. Cuando le pregunté por qué lo hacía incluso en invierno, me dio la respuesta más sencilla: “Me hace bien”. Eso pensamos quienes crecimos cerca de alguna costa. Es un modo de decirlo. Nos hace bien. Lo mismo pueden decir quienes han crecido cerca de las montañas o junto a un río. La naturaleza está allí para darnos alguna lección, de vez en cuando. A las seis, todas las tardes del verano.



