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El húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 1954) se ha dedicado, desde los años ochenta, a poner la literatura occidental del revés, expandiendo la mente de sus lectores y atrapándolos en un flujo verbal y mental que te arrastra.
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— Usted escribió su tesis doctoral sobre Sándor Márai…
Ese trabajo fue, en realidad, un intento de acabar con el mito de Márai. No me apetecía nada redactar una tesis porque no sé escribir otra cosa que literatura, y una tesis impone ciertas limitaciones formales. Me ocupé de sus obras prohibidas en la Hungría comunista, quería ser útil, al menos para los demás estudiantes. Me pasaron de contrabando esos libros y mi conclusión fue que Márai tenía una gran tendencia a la cursilería. Era joven y quise ser honesto, objetivo, pero ahora pienso que fui injusto. Márai se merecía mejor trato. Fue un personaje extraordinario que vivió su emigración con una dignidad humana muy poco común y un gran sufrimiento espiritual. Aún leo sus diarios, hoy mismo los he leído.
— Pero yo si fuera el dictador de Hungría en los años ochenta prohibiría antes sus libros que los de Márai…
¡Yo también!
— Son más subversivos…
Pero no solo desde el punto de vista de un dictador, sino que los hubiera prohibido porque no son perfectos. Yo me convertí en escritor porque mi primer libro no me gustó. En el segundo, intentaba corregir aquel error.
— Su primer libro fue “Tango satánico”. ¿No le gusta?
No todo es malo, entiéndame, pero hay una parte que es un efecto kafkiano total, una imitación. Y yo quería escribir un libro perfecto, sin ningún error. A mí me da igual que solo haya un 1% de error. Eso lo mancha todo.
— ¿Y su siguiente novela, “Melancolía de la resistencia”, ya fue perfecta?
Fue terrible, allí ya no había un 1% de error, sino el 7%.
— Ahora, en el 2026, tiene ya muchos otros libros publicados. ¿Ha conseguido ya la obra perfecta?
Es horrible, la cosa va empeorando… Por eso yo no quería ser escritor.
— Pero yo he leído ahora su nueva obra, “Herscht 07769”, y me ha gustado mucho.
Me alegro que le haya gustado, es usted muy amable… pero yo considero que sigo empeorando cada vez. Esto es una condena. Lo único que conseguiría detener esta decadencia es mi desaparición.
— No sé si lo considerará una herejía, pero “Herscht 07769” puede verse como una novela negra, hasta hay un detective.
Tengo muy buena relación con la novela policíaca. Me gusta mucho Philip Marlow, a quien conocí a través de William Faulkner; uno de sus fans, dijo haber aprendido mucho de esa serie de Raymond Chandler. Mezclar a Chandler y Faulkner resulta estimulante.
Krasznahorkai en el funeral de Béla Tarr, en febrero del 2026 en Budapest. La colaboración entre ambos marcó el cine húngaro.
/ Janos Kummer
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— ¿Fue víctima de espionaje?
Mire, realmente a mí no me molestaban mucho porque vivía tan alejado de la vida literaria… Yo despreciaba enormemente a aquellos escritores que se prestaban a la comedia de ese régimen comunista, en cualquiera de sus ámbitos. Es verdad que alguna vez, una, dos o tres veces, sí que me interrogaron o pincharon mi teléfono. Pero eso ocurrió porque empezaron a prohibir revistas literarias y los represaliados decidieron celebrar una fiesta de despedida en mi casa, porque ellos pensaron que ahí estarían muy protegidos porque yo no me metía en política y nadie sospecharía de mí. Se metieron 120 personas en mi piso de 43 metros cuadrados, pero entraron y nos lo pasamos fenomenal.
— ¿Y cómo fue el interrogatorio?
Pues los policías insistían en que les hablara de política y yo no me metía en esas cosas. Se impacientaban, me acusaban de escribir contra el régimen y ya no pude más y les grité: “¿Pero cómo piensan que yo voy a escribir de personas como ustedes?”. En Hungría había tantísimos policías por la calle, uniformados o civiles, que cuando estabas borracho era muy difícil esquivarlos. Chocabas con los policías y, ebrio, les decías: “Vete a donde quieras, llévate a los rusos también de aquí”.
— En casi todos sus libros hay un personaje que se emborracha. ¿Cree que la ebriedad tiene puntos en común con la literatura?
No, esas borracheras de las que yo hablo, de cuando vivíamos en el régimen comunista, no tienen nada en común con las de la antigua Grecia, cuando la ebriedad suponía elevarte, no abrazar al vecino. Mi país pasó esas décadas prácticamente borracho, todos estaban borrachos siempre. De hecho, de 10 millones de habitantes, hoy, en pleno régimen de Orbán, seguimos teniendo un millón de alcohólicos.
— Muchos de sus libros deben mucho a sus viajes, por Mongolia, Japón, China, Bosnia, España…
Hasta 1987 no tuve pasaporte y no pude viajar. Tenía 33 años. La mitad de mi vida, prácticamente. No es que yo fuera un disidente, no era nadie ni quería ser nadie. Pero, en aquel sistema, era suficiente escribir una bonita frase para que te convirtieras en sospechoso. Recuerdo el choque que me produjo, ya treintañero, conocer el ‘mundo libre’, al cruzar la frontera con Austria. Todo era intenso, ver una manifestación me parecía la mayor maravilla. Yo creía que Hungría era el mundo, pero me di cuenta de que, más allá, el cielo era azul y la hierba verde, mientras que en mi país todo tenía el color blanquecino turbio de los ojos de los alcohólicos. El peligro era idealizar el otro lado, creer que la Europa occidental era un mundo ideal porque la realidad tampoco es así.
— Usted habla de la dignidad de la pobreza y muchos de sus personajes son seres fracasados.
¿Cómo no voy a sentir compasión por la gente caída que está pidiendo dinero en un supermercado, en una iglesia? Es que yo lo que no entiendo es a la gente que no siente compasión por ellos. Eso no es un rasgo moral excepcional. Pienso que mucha gente está de acuerdo con eso. Estos personajes son los que están más expuestos a las vicisitudes del mundo, son los más vulnerables. Por supuesto que forman parte de mis obras. Hace unos años, mis amigos y yo nos casábamos con rumanas y rumanos, procedentes de un país empobrecido, para facilitar que pudieran venir por matrimonio y tener la residencia y nacionalidad, no sé con cuántas mujeres me casé falsamente, o con cuántos hombres se casó mi esposa, un montón, todo era por solidaridad, los acogíamos en casa y les dábamos de desayunar.
— En enero falleció su amigo, el cineasta Béla Tarr, que adaptó varias de sus novelas al cine…
Todavía me duele esa gran pérdida. Béla sufrió toda su vida unos dolores horribles, por un problema de columna, y tenía mal carácter. Fue muy exigente consigo mismo y con los demás. En realidad, no adaptó mis libros al cine, como se dice, él sabía que había que crear desde cero. Yo era su guionista y me esforzaba en pensar qué efecto le habían causado mis novelas para trasladar eso a imágenes. Creyó en la revolución radical, yo ahora soy más ambivalente. Murió en mis brazos, yo lo acariciaba, le hablaba suavemente durante sus últimos días.
— ¿Su literatura es más optimista con los años?
No, eso no lo podemos decir. Un optimista está muy lejos de la realidad… pero un pesimista también. Tanto el mundo descrito por un optimista como por un pesimista no existen. Ambos utilizan la esperanza, que es siempre un error. Para uno, todo va a ser peor, y para el otro todo va a ser mejor. Lo único que debe existir es la compasión. Las cosas no van bien, pero nunca han ido bien, ni siquiera cuando vivíamos en las cavernas. Sucede que, de repente, pasan cosas aparentemente insignificantes que lo transforman todo. Como cuando alguien se puso a explicar historias alrededor del fuego. El apocalipsis no es un final, sino un continuo, no se acaba nunca nada con él, siempre vivimos en él. Siempre ha habido gente como Putin, Hitler, Mao Tse Tung…
— Usted ha dicho que, según como vayan las elecciones húngaras de abril, si triunfa otra vez la ultraderecha aconseja a sus compatriotas huir. ¿A dónde?
¡Lo más lejos posible! ¡Que corran muy lejos! Espero que nos acojan, solo somos unos pocos millones. No creo que haya, en ningún otro país que no sea formalmente una dictadura, el riesgo de ser duramente castigado por tus opiniones críticas. Lamento no poder usar ya la palabra ‘patria’, me da lástima porque es el lugar donde fui feliz de niño, pero es una palabra que se ha erosionado, está muy sucia y desgastada.
Además…
La obra del Nobel
Estos son algunos de los títulos de Krasznahorkai:
“Melancolía de la resistencia”
Editorial: Acantilado
Año: 1989
Páginas: 424
“Tango satánico”
Editorial: Acantilado
Año: 1985
Páginas: 304
“Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río”
Editorial: Acantilado
Año: 2003
Páginas: 144











