Hasta hace unos años, toda persona medianamente informada conocía los nombres de los principales ministros. Hoy, las ceremonias de juramentación se han convertido en un desfile de ilustres desconocidos cuyos nombres ya nadie se molesta en memorizar porque desaparecen al poco tiempo, sin pena ni gloria. Quien los designa ni siquiera se toma la molestia de revisar sus antecedentes y es la prensa la que tiene que hacerle el trabajo.
Cada vez que José Balcázar habla, la sensación de precariedad gubernamental se acentúa. Su administración da la impresión de ser una vivienda autoconstruida que corre el riesgo de caerse a pedazos al primer temblor. La improvisación parece ser su bandera y la incertidumbre su horizonte.
El presidente que nos obsequió el Congreso ni siquiera puede garantizar si el Gabinete que juró esta semana y que encabeza Luis Arroyo (seamos sinceros, ¿cuántos pueden decir quién es el primer ministro sin tener que googlear?) llegará a pedir el voto de confianza. En entrevista con El Comercio, le respondió al periodista Erik Rivera con esta frase: “En el camino puedo ir moviendo las fichas en beneficio del país. Yo soy el presidente de la República”. Balcázar se cree un hábil ajedrecista cuando en realidad está jugando Jenga con el país.
Nadie está cuestionando su facultad constitucional de cambiar ministros en el momento que así lo considere. Lo que se critica, y que Balcázar pone en evidencia, es que ha vuelto a improvisar a un primer ministro del que no está seguro si obtendrá el respaldo del Congreso y al que podría cambiar en cualquier momento.
La justificación que ofreció para el relevo de Denisse Miralles es que ella no era la persona ideal para el cargo en un contexto de inseguridad ciudadana. Si no lo era, ¿por qué la nombró? Nada garantiza que Arroyo consiga el respaldo necesario en el Congreso ni que el presidente no vuelva a renovar su Gabinete. Balcázar ha convertido al Consejo de Ministros en un programa de empleo temporal bien remunerado.













