jueves, abril 16

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Las cosas que sé que son verdad”, del dramaturgo australiano Andrew Bovell, se sostiene en una premisa simple: una familia de clase media enfrentada al paso del tiempo y a las decisiones de sus cuatro hijos adultos. No hay giros espectaculares ni grandes hechos externos; el conflicto aparece en lo cotidiano, en cómo esas decisiones —laborales, afectivas, identitarias— desarman una idea de estabilidad que parecía sólida. La obra se presenta en el Teatro La Plaza y recorre un año completo, estructurado por estaciones que funcionan como marco temporal y dramático.

Las cosas que sé que son verdad”, del dramaturgo australiano Andrew Bovell, se sostiene en una premisa simple: una familia de clase media enfrentada al paso del tiempo y a las decisiones de sus cuatro hijos adultos. No hay giros espectaculares ni grandes hechos externos; el conflicto aparece en lo cotidiano, en cómo esas decisiones —laborales, afectivas, identitarias— desarman una idea de estabilidad que parecía sólida. La obra se presenta en el Teatro La Plaza y recorre un año completo, estructurado por estaciones que funcionan como marco temporal y dramático.

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La dirección de K’intu Galiano opta por un tratamiento contenido: los conflictos no se resuelven en escenas explosivas, sino en acumulación. Las tensiones se construyen a partir de silencios, repeticiones y pequeñas fricciones que, progresivamente, vuelven insostenible la convivencia. El propio Galiano señala que su entrada al texto fue más emocional que conceptual, lo que se traduce en una puesta que privilegia la experiencia del vínculo antes que la explicación.

Esa mirada se traslada al proceso de montaje. Galiano no armó el elenco desde afinidades superficiales, sino desde lo que define como una “constelación energética”: actores —Mónica Sánchez, Carlos Mesta, Karina Jordán, Sebastián Ramos, Verónica Infantes y Pedro Ibáñez— capaces de leerse entre sí y responder a las variaciones del otro. El objetivo era construir relaciones creíbles antes que individualidades destacadas, de modo que el escenario funcione como una familia reconocible y no como una suma de interpretaciones aisladas. “Todos ellos tenían que parecerse más a una familia, no solo actores que interpretan una”, explica el director.

La puesta en escena en el Teatro La Plaza utiliza el paso de las estaciones como recurso visual y dramático, un elemento central del texto original que marca el transcurso emocional de la familia. (Foto: Teatro La Plaza)

La puesta en escena en el Teatro La Plaza utiliza el paso de las estaciones como recurso visual y dramático, un elemento central del texto original que marca el transcurso emocional de la familia. (Foto: Teatro La Plaza)

/ Marcelo Morales

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Para Galiano, la familia funciona como un campo de fuerzas antes que como un refugio estable. Es el primer espacio donde se aprende a vincularse, pero también donde aparecen tensiones: afecto, dependencia, expectativas y conflicto conviven desde el inicio. La obra se instala en ese terreno sin idealizarlo.

Una de las ideas centrales que plantea el director es la contradicción del núcleo familiar: es el lugar de mayor confianza, pero también donde se puede producir mayor daño. No se trata de una excepción, sino de una condición del vínculo. Cuanto más cercano es el lazo, mayor es la exposición.

El director K’intu Galiano ha trabajado previamente con elencos corales, apostando por dinámicas de grupo donde las relaciones escénicas pesan más que los protagonismos individuales. (Foto: Teatro La Plaza)

/ Marcelo Morales

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“Una de las cosas más difíciles con las que lidiamos todos los seres humanos es la familia. Ahí lo hacemos de forma más directa porque nuestra supervivencia, a veces económica y ciertamente emocional, está en juego”, señala el director.

En ese marco, la obra cuestiona la noción del amor familiar como algo incondicional y sin fisuras. Galiano lo plantea como un ideal difícil de sostener en la práctica. Acompañar al otro —sobre todo en el caso de padres e hijos— implica lidiar con frustraciones, límites y errores que desbordan cualquier idea de perfección afectiva.

La obra ha sido reconocida internacionalmente por su exploración de temas como identidad de género, migración y expectativas familiares, aspectos que han generado distintas lecturas según el contexto cultural donde se presenta. (Foto: Teatro La Plaza)

/ Marcelo Morales

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A esto se suma el peso de las expectativas. En la familia se proyectan ideales sobre lo que el otro debería ser: cómo vivir, qué decidir, hasta dónde llegar. Esas expectativas pueden orientar, pero también rigidizar los vínculos. Cuando no se cumplen, aparecen la frustración y el conflicto.

Galiano también reconoce en estas dinámicas un reflejo social más amplio. “Ya es casi un deporte nacional ver los errores en las otras familias sin darse cuenta de que la propia también tiene sus puntos de ruptura”, comenta. En ese desgaste constante por sostener el vínculo, la obra deja ver una certeza incómoda: el conflicto no es una anomalía, sino parte inevitable de la vida familiar.

Sobre

Las cosas que sé que son verdad

Temporada hasta el 26 de abril en el Teatro La Plaza. Entradas disponibles en Joinnus. 

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