Hay frases que incomodan porque obligan a mirarse al espejo. En publicidad se dice que cada agencia tiene el cliente que merece. En política, existe una versión equivalente, pero igualmente ácida: cada país tiene el presidente que se merece. Y no es una afirmación moral ni absoluta, pero sí una provocación útil para entender cómo se construyen ciertas relaciones.
En las agencias de publicidad, la queja constante suele ser: los clientes no entienden la creatividad, lo cambian todo, no se arriesgan, etc.
Del otro lado, los clientes acusan a las agencias de prometer más de lo que entregan. Ambos entran en un círculo vicioso que lo único que hace es deteriorar y erosionar más la relación y el producto creativo. Lo cierto es que las agencias que se rinden y bajan la vara creativa atraen a clientes que la bajan aun más. En cambio, las agencias que exigen, filtran y sostienen una visión consistente y coherente terminan trabajando con marcas y clientes que valoran eso.
En política ocurre algo similar, aunque más complejo. Elegir no solo es votar: es informarse o no hacerlo, cuestionar o repetir, exigir o resignarse.
Un electorado que prioriza el corto plazo obtiene líderes de corto plazo. Y vaya que los hemos tenido: 8 presidentes en los últimos 10 años…¡increíble!
Lo que pasa es que cuando uno tolera la corrupción como “mal menor” difícilmente será gobernado con los estándares más altos. Y no es fatalismo, es consecuencia acumulada.
El punto incómodo de todo esto es que en ambos casos hay corresponsabilidad. No existe un único culpable. Las malas campañas no son solo culpa del cliente o de la agencia, sino de la relación. Los malos gobiernos no son solo responsabilidad del líder, sino también de ecosistema que lo hace posible: partidos, instituciones, medios y ciudadanos.
Hay además una dinámica silenciosa: la cultura de la concesión. En publicidad las grandes ideas se diluyen por pequeñas renuncias. En política, en el deterioro del debate público ocurre igual: se normaliza lo inaceptable, poco a poco. Un insulto más, una mentira más, una imitación más, un escándalo más, una justificación más. Y la adaptación también juega en contra. Las agencias se acostumbran a clientes difíciles e injustos. Los ciudadanos, a gobiernos mediocres y corruptos.
Esto no significa que todo esté perdido. Pero sí implica que tomemos acción. Elevar la exigencia tiene un costo: incomodar, cuestionar y hasta perder clientes. En política, implica informarse más, participar y no conformarse con más de lo mismo.
La frase no es una condena, es solo un recordatorio: Lo que toleramos termina definiéndonos. Y lo que exigimos, también.
Por eso este domingo seamos responsables, participemos y votemos informados para tener el presidente que todos los peruanos nos merecemos.




