El congresista, y aún candidato presidencial, Roberto Sánchez dijo el martes último que no reconocerá el eventual (y ya inminente) gobierno de Keiko Fujimori por haber existido “una grave afectación” del proceso electoral. No brinda evidencias de una aseveración tan grave, pero cumple su cometido: proyectar sombras sobre comicios que le fueron adversos, afectar la legitimidad del gobierno de su contendiente y, fundamentalmente, ganar iniciativa política.
En efecto, las declaraciones de Sánchez han sido el principal tema de la agenda política desde que fueron formuladas. El editorial de ayer de este Diario, por ejemplo, lo llamó, con justificación, “falso demócrata” (El Comercio, 24/6/2026). Consecuentemente, varios de sus aliados de segunda vuelta han tomado distancia luego de una afirmación así de irresponsable.
Pero a Sánchez parece no importarle lo que digan de él. Incluso, puede convenirle presentarse como alguien distinto al ‘mainstream’ (al que pertenece desde el 2021), a pesar de que tendrá que lidiar con una inconsistencia tan gruesa como aquella de reclamarse ajeno y, a la vez, ostentar bancadas en ambas cámaras, y hasta recibir fondos públicos por ello. ¿Pero cuándo a Sánchez le ha importado ser consistente?
Es más, cuestionar la legitimidad de la victoria de Fujimori –algo no muy original, después de todo– pinta a Sánchez como un radical, lo que puede servirle para afianzar su anclaje de origen. No debe olvidarse que el candidato de Juntos por el Perú congregó electores a partir de la reivindicación de un cantinflesco golpe de Estado, aquel que Pedro Castillo ejecutara en diciembre del 2022. Por ello, resulta irónico que muchos de sus votantes justifiquen su apoyo a Sánchez basados en una lucha por la democracia.
Si bien el berrinche de Sánchez lo ubica, indiscutiblemente, como líder de la oposición, no hacía falta recurrir a una maniobra así de burda, sobre todo si consideramos su rol como contendiente en la segunda vuelta del pasado 7 de junio. Es verdad que no todos los participantes de un balotaje le han sacado provecho a ese rol. De hecho, en el extraño devenir del lustro 2021-2026, la actuación de Fujimori no fue percibida como la de una lideresa de la oposición, sino, y principalmente a partir de la caída de Castillo, como la de quien forma parte del oficialismo. Muy distinto fue, por ejemplo, el rol que cumplieron Alan García (2001-2006) u Ollanta Humala (2006-2011).
Ciertamente, el anuncio de Sánchez lo desdibuja como líder democrático, pero puede darle réditos en lo que puede considerarse como su voto duro: un sector para el que la democracia no es más que un recurso para acumular fuerzas. Hoy Sánchez debe estar feliz de ser tema de portada de varios medios. “Ladran, Sánchez”, podría decirse a sí mismo, pensado que avanza.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.














