viernes, marzo 20

En el 2013, se me acercó un compadre de Willie Colón para decirme que la leyenda de la salsa quería escribir sus memorias. Yo pensé que era uno de esos encuentros fortuitos que ocurren cuando alguien reconoce a algún escritor y que la cosa no iba a pasar de ahí. Intercambié teléfonos con el compadre de Willie y seguí con mis quehaceres del día. Sin embargo, a la semana, Willie Colón me llamó.

En el 2013, se me acercó un compadre de Willie Colón para decirme que la leyenda de la salsa quería escribir sus memorias. Yo pensé que era uno de esos encuentros fortuitos que ocurren cuando alguien reconoce a algún escritor y que la cosa no iba a pasar de ahí. Intercambié teléfonos con el compadre de Willie y seguí con mis quehaceres del día. Sin embargo, a la semana, Willie Colón me llamó.

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Por cuatro años seguidos, hasta el 2018, estuvimos trabajando en el proyecto de sus memorias. El trombonista de fuego, compositor y productor de música compartió 110 páginas de notas que iba escribiendo y yo organizando, rellenando con investigación acerca de la historia de la salsa, entrevistas y diálogos telefónicos que duraban horas. Poco a poco fui entendiendo de dónde se nutría el genio musical de Willie Colón. La gran fuente de su visión y empeño fue su mamá-abuela Antonia.

Willie vivió con su abuela desde los 2 años en un apartamento de tres cuartos ubicado en 577 E. 139th Street, en el Barrio. Allí fueron a parar su joven madre, Aracelis, y su padre, Big Willie. Sus memorias inéditas comienzan narrando el día en que su abuela lo trepó en la mesa del comedor, una mesa de madera que ella no cesaba de limpiar y pulir hasta sacarle brillo. Había invitado a sus vecinos del Barrio a la casa. Acicaló a su nieto. Lo vistió con sus mejores ropas, lo subió a la mesa y le susurró al oído: “¿Recuerdas la canción que te enseñé? Cántala, mijo. Llegó tu momento de brillar”.

Willie Colón en sus días de infancia.

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Con 4 años, frente a su primer público congregado en la sala del apartamento de su abuela, Willie cantó “I Believe” en inglés, hit de 1953 interpretado por Frankie Laine. Casi nadie en la audiencia sabía hablar inglés, pero al final de la canción aplaudieron con entusiasmo. Ese día, cuenta Willie, aprendió a creer en la música. Es decir, que la música lo salvaría de los muchos golpes que recibiría en la vida; golpes que recibe todo niño pobre, hijo de inmigrantes, de un padre adicto y de una madre joven, constantemente buscando al hombre que la rescate de la carencia.

Entre los 4 y los 12 años, Willie Colón vivió con su abuela, Antonia Pintor Miranda, quien migró a Nueva York desde los campos colindantes entre Manatí y Ciales, Puerto Rico. Se fue de la isla después de que su madre murió. Tenía 21 años, había ido a la escuela hasta el tercer grado y sabía cocinar. Su hermano Vicente le envió un pasaje de barco y la recogió en los Brooklyn Navy Yards durante el invierno. Se fue a vivir con él y con Arcadia, su cuñada. Ambas improvisaron una fonda en el apartamento compartido, donde Antonia cocinaba almuerzos y servía de comer a los jornaleros del vecindario. Así conoció a Feliciano Román, hombre oscuro de piel y con facciones indígenas, natural del pueblo de Vega Baja, en la costa noroeste de la isla.

Las memorias inéditas de Willie Colón detallan su vida llena de pobreza, violencia y persecución policial en el Barrio Latino de NY; de madre y abuelas viudas y solteras, víctimas del abuso de sus maridos o marinovios; de padres que caían en el vicio de las drogas; de apartamentos infestados de ratas. También narra momentos llenos de ternura, júbilo y belleza, como cuando, estando en los Boy Scouts, Willie el ‘Niño’ aprendió a tocar trompeta, ese instrumento que lo llevó a enamorarse del recio sonido del trombón y con el que fue ganando dineritos para ayudar a la abuela a mantener la familia. En la esquina de St. Ann’s Street con la 139, tocaba con algunos panas del barrio “Desafinando” o “Dolores la Pachanguera”, imitando lo que veía hacer a otros músicos en la radio o en las fiestas del Barrio. Nunca imaginó que esos juegos y que las monedas que recogió tocando en la calle lo iban a llevar tan lejos.

El resto de su historia la conocen todos los fanáticos de Willie el ‘Malo’. Los detalles han sido recogidos en la historia de la salsa: su primer disco, su maravillosa producción del clásico Aguinaldo Puertorriqueño, sus arreglos y composiciones del álbum “Siembra” junto a Rubén Blades, y la legendaria pelea entre los dos. Lo que permanece en secreto es el recuento de las memorias de Willie Colón.

En esas memorias, Willie relata su angustia ante los frecuentes arrestos y las salidas de la cárcel de su padre, los trabajos de miseria de su abuela y sus oraciones durante veladas espiritistas para que los Seres de Luz protegieran a su nieto, sin dudar ni por un segundo en que él brillaba como el sol destellando contra la piscina de Central Park, a donde llevaba a Willie el ‘Niño’ junto a sus amigos a aliviarse de los candentes veranos de Nueva York. En ellas también cuenta de sus primeros pininos en los Social Clubs del Barrio, de los ‘backrooms’ en estudios de grabación donde se cortaban negocios entre tragos y líneas de cocaína; las vivencias de un muchachito que se hizo hombre con fronte de malo y sensibilidad de poeta, creyendo fielmente que la música lo salvaría de la calle, la pobreza y el desamor.

Son hermosas las historias que narra Willie en “El Malo: The Secret Life of Willie Colón”. Quizá, si salieran publicadas, entenderíamos mejor su vida, sus contradictorias posiciones políticas, la manera en que se fue convenciendo de que el poder es el poder, que los poderosos siempre buscarán sacar ventaja de los frágiles para su ganancia y provecho. Quizás también podríamos entender su muerte, que muchos sentimos a destiempo.

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