Aunque recién en diciembre se hará oficial, la U tricampeón está anímicamente acabado. Ha terminado un ciclo glorioso, con tres títulos nacionales y cinco torneos cortos seguidos, además de ganancias nunca vistas en la tesorería, asistencias jamás imaginadas por sus fundadores y una larga lista de hitos superados e irrepetibles. Es como si el gigante dormido al que sus enemigos velaban en los 2000, se estuviera volviendo a acomodar para una siesta. Lo maravilloso es, por supuesto, lo vivido: quién puede lanzar un agravio contra estos señores. Lo duro es la sensación de futuro: la U no se preparó para el final.
Aunque recién en diciembre se hará oficial, la U tricampeón está anímicamente acabado. Ha terminado un ciclo glorioso, con tres títulos nacionales y cinco torneos cortos seguidos, además de ganancias nunca vistas en la tesorería, asistencias jamás imaginadas por sus fundadores y una larga lista de hitos superados e irrepetibles. Es como si el gigante dormido al que sus enemigos velaban en los 2000, se estuviera volviendo a acomodar para una siesta. Lo maravilloso es, por supuesto, lo vivido: quién puede lanzar un agravio contra estos señores. Lo duro es la sensación de futuro: la U no se preparó para el final.
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O quizá sí, pero le falló el plan: el primer técnico del año no tuvo la valentïa de jugar a lo que creía, los dirigentes dinamitaron el prestigio del plantel con sus refuerzos y los jugadores, también llamados Tricampeones y también acusados de vacas sagradas, se rindieron muy pronto ante ese bombardeo. El tiempo, los golpes, la comodidad, lo que haya sido, los empujó.
Sobre esto último, ni siquiera hay que espiar con drones en Campo Mar: Aldo Corzo ya no es titular y las lesiones parecen haberlo vencido, Andy Polo es un capitán invisible, lejos de su mejor versión y Edison Flores apenas concentra. La sombra gris alcanza a Concha, Inga, Murrugarra, Romero y Riveros, hoy unos fantasmas de aquellos generales que iban a cualquier cancha y se imponían. Hoy les arrojas una inofensiva pelota y sus caras revelan que algo (o alguien) las convirtió en granadas.
Este final, advertido por Rodrigo Ureña en su carta de despedida de diciembre, tiene sin embargo una última posibilidad de enmienda: renovar la confianza en Cúper, mirando el 2027, traer un verdadero gerente deportivo que lo acompañe en la construcción de un nuevo campeón y bajarle dos rayitas a la soberbia. El hincha de la U que yo vi la noche contra Cristal, luego del 1-1, no quiere discursos ni nuevas camisetas: necesita tres triunfos seguidos, menos jugadores del montón y la certeza de que hay un líder que no tiene miedo por lo que vaya a venir.
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