En el estadio municipal de San Isidro entrenaban regularmente los jugadores del club Deportivo Municipal, equipo de la Primera División que adoptó ese escenario para sus prácticas matutinas durante la semana. Los sucesos del lunes 6 de mayo de 1991 -con el coche bomba en el Cuartel San Martín, ubicado en la cuadra 13 de la avenida del Ejército– los obligaron a entrenar desde ese día en El Olivar de San Isidro, donde estuvieron por tres días.
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El trabajo de los jugadores del “Muni” era entrenar muy duro para estar aptos ese sábado 11 de mayo, en que debían jugar contra el club Alianza Lima. De esta forma, desde ese jueves 9 de mayo de 1991 retornaron a sus entrenamientos en el estadio municipal de San Isidro, un espacio ideal por sus 68 mil metros cuadrados.
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Un día antes, sin embargo, el miércoles 8 de mayo, Freddy Rojas, de 17 años, el hijo del encargado del “cercado perimetral” del estadio sanidrino, había encontrado mientras peloteaba en la cancha con unos amigos, un cilindro o tubo pequeño en el césped. Ese día no iba a ver ningún entrenamiento edil, por eso es que andaba peloteando por allí.


Rojas había manipulado lo que para él era un recipiente de desodorante en espray o algo así. El artefacto medía como 10 cm. de largo y unos cuantos de diámetro, estaba pintado de colores verde, amarillo y gris. No le dio importancia, en realidad. Y volvió a tirar el recipiente en el campo de juego.
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El jueves 9 de mayo, cuando todo el equipo edil estaba entrenando en la cancha, el Freddy volvió a ver el artefacto, pero ya no en el césped sino en el marco de la ventana del camerino. Se supo después que el jardinero lo había colocado en ese sitio para que no incomodara el entrenamiento del equipo de la franja.
Pero ese objeto no era un simple “desodorante”. Era un “artefacto explosivo de acción eléctrica”, según el diario El Comercio. (EC, 10/05/1991). Y estaba a centímetros del plantel de jugadores que habían terminado sus prácticas del día.

En tanto, el adolescente Rojas no dejaba de pensar en ese misterioso objeto, y llegó a contarle de este al utilero del club, Lucho Espinoza. El artefacto era una especie de bala grande, con la punta ovalada y sin casquillo. Al utilero, como ocurrió con el jardinero, tampoco le pareció “nada peligroso”.
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De allí fue que lo manipularon varios futbolistas, unos ya bañados y otros por hacerlo. Según los testigos, el primero fue Carlos Guillén, quien empezó a bromear con el asunto. Lo movió de izquierda a derecha, y dijo: “Qué va a ser esto una bomba”. Y lo lanzó a otro compañero que lo agarró en el aire, y así fue pasando de uno en uno.
Era, sin saberlo, un juego mortal, una “ruleta rusa” en vivo. El artefacto metálico, aparentemente inofensivo, anduvo de aquí para allá, volando de mano en mano. Nadie podía presagiar el horror de los minutos siguientes.

Ramón Quiroga, el argentino nacionalizado peruano, que cuidó el arco de la selección peruana en los mundiales Argentina 78 y España 82, había hecho su debut como director técnico en 1990, en ese entusiasta Deportivo Municipal. En 1991, estaba en su segundo año en el equipo edil.
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Con esa etiqueta de DT en el pecho, Quiroga entró a ese camerino para imponer un poco de orden al ver a sus muchachos que jugaban con un tubo metálico que nadie sabía de dónde había llegado. Ordenó detener la chacota y mandó al utilero a que recogiera las cosas que se habían quedado en el campo de juego.
Según precisan los testigos, el arquero Enrique Vega Centeno guardó por unos momentos el extraño objeto en su maletín, mientras los demás se alistaban para salir hacia sus casas. Todos vieron luego que Quiroga se alejaba un poco de ellos, hacia una mesa, para tomar agua de una botella.

En ese momento, entró en el camerino Franklin Allemant, de 21 años, el hijo del presidente del club, José Marcelo Allemant. El joven acostumbraba participar de los entrenamientos del equipo de la franja. Ingresó también, con cierto retraso, el jugador Héctor Mathey Madrona, de apenas 19 años, toda una promesa del fútbol peruano.
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Entonces alguien dijo que tuvieran cuidado pues en la maleta de Vega había una “bomba”. Querían seguir con el juego, con las bromas. Mathey fue el más curioso, y sacó el “desodorante” del maletín. Lo tocó, volteó y le dio varios golpes contra el borde de una mesa…
Mathey hizo hasta un amago de morderlo. En eso Franklin Allemant se acercó a él y se lo quitó. Lo manipuló como hicieron todos. A la vista, parecía efectivamente un desodorante en aerosol. Siguieron las bromas, el ambiente era distendido en el camerino edil.

De pronto, cuando los relojes marcaban las 12.40 de la tarde, el peligroso artefacto que estaba en la mano derecha extendida de Allemant, pero más cerca al cuerpo de Mathey, explosionó. El impacto arrojó a los jugadores ediles al piso.
Allemant llegó a ver cómo su mano derecha volaba hecha trizas. Mathey se apretó el pecho y cayó de rodillas, con el rostro de un lado desfigurado, el cuello y unl brazo muy afectados, y la parte posterior del cráneo ensangrentada; pese a ello, estaba consciente, al menos por unos segundos.
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El resto de jugadores, como Vega Centeno, Juan Mármol, Carlos Guillén, Alfredo Rojas y Máximo Alfaro y el asistente técnico Pablo Villanueva empezaron a levantarse, entre heridos y aturdidos; heridos por las esquirlas también quedaron el asistente William Rojas y el DT Ramón Quiroga.

Los jugadores que estaban afuera de ese infernal camerino regresaron rápidamente para ayudar a sus compañeros. No podían creer lo que había ocurrido. Finalmente, no era un tubo metálico ni un desodorante cualquiera. Era una bomba letal.
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Llamaron a la Policía, a los bomberos, a las ambulancias, pero tardaban demasiado. En su desesperación trataron de contener el sangrado de Mathey y Allemant con telas o sábanas que hallaron allí mismo. En el caso de Allemant, le hicieron un torniquete ante la ausencia de su mano y parte del brazo. Pero Mathey era el caso más grave. Ambos fueron recostados en unos taburetes.
Tanto se demoraron los bomberos y las ambulancias, que antes llegó la gente de la televisión: fue la reportera Mónica Chang y su cámara del Canal 2, como siempre lo hacían en estos casos. Ello causó indignación entre los deportistas que trataron de cuidar la integridad y el respeto que merecían sus heridos.

Franklin Allemant fue conducido, en un primer momento al Hospital de Policía, pero luego sus familiares lo trasladaron a la Clínica Tezza, en Santiago de Surco, donde lo operaron de emergencia; en tanto Héctor Eduardo Mathey Madrona fue llevado al Hospital de la Sanidad Policial ya muy grave.
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Lamentablemente, con un severo daño cerebral y una grave pérdida de sangre, Mathey no resistió y murió a las 2.45 de la tarde de un paro cardiaco, cuando apenas había ingresado a la sala de operaciones. Los demás heridos leves, seis en total, incluido Ramón Quiroga, fueron llevados a otros centros médicos y también a emergencia del propio hospital policial de la avenida Brasil.
La solidaridad del mundo del futbol se hizo efectiva, puesto que apenas se supo la noticia, varios futbolistas se acercaron al Hospital de Policía. Ese mismo jueves 9 de mayo de 1991, en la tarde, se vio a José “Puma” Carranza, Horacio “Pepa” Baldessari (jugaba ese 91 en Cristal, pero en 1990 lo hizo en “Muni”), Germán Leguía, Franco Navarro, Roberto Martínez, Fidel Suárez, Octavio Vidales, Carlos Castagneto, entre otros jugadores y dirigentes ediles y de otros clubes.

La Policía empezó una investigación exhaustiva del caso que enlutaba, nuevamente, el fútbol nacional, a menos de cuatro años de lo que había ocurrido con el equipo del club Alianza Lima y la caída del Fokker en el mar de Ventanilla en 1987.
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En la revisión del campo y las instalaciones del centro deportivo de San Isidro, la Policía especializada en explosivos halló otros dos artefactos parecidos, los cuales fueron desactivados. De haber explotado, la tragedia hubiera sido aun mayor de lo que ya era. Se determinó también que la bomba asesina se había activado eléctricamente tras la manipulación continua de los deportistas.
El Comercio informó que, según fuentes policiales, “el objetivo de la carga explosiva era el guardián del estadio, que, en días anteriores, había colaborado con la Policía para identificar a los subversivos actores del atentado contra el Cuartel San Martín”. (EC, 11/05/1991)

Ese fue solo el comienzo de una práctica insana de los subversivos, los que dejaban desperdigados granadas o artefactos explosivos, atentando principalmente contra los niños que los recogían de parques, jardines o puertas de las casas de su vecindario.
Tras el examen de los especialistas policiales, se determinó científicamente que el objeto en apariencia “inofensivo” era en realidad “una granada de uso militar, de fabricación norteamericana. Era de siete centímetros de largo y 3.4 centímetros de diámetro. En el interior tenía TNT. Su potencia es similar a la de cuatro cartuchos de dinamita, por eso el gran daño que ocasionó”. (EC, 11/05/1991)
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El equipo de Mathey, el Deportivo Municipal, andaba tercero en el campeonato nacional de 1991 y el joven marcador derecho era el titular indiscutible en su puesto. Hijo de Juan Mathey y Genara Madrona, Héctor había nacido el 15 de agosto de 1971, en Lima. Tenía 19 años cuando lo tocó la desgracia. Llevaba dos años alternando en el equipo mayor del “Muni”, club que lo acogió desde pequeño, pasando por todas sus divisiones inferiores.

Ex seleccionado Sub-20, Mathey había jugado ese año 91, en febrero, como titular los cuatro partidos de la Bicolor en el Sudamericano de Puerto Ordaz, en Venezuela, ccontra Ecuador, Paraguay, Uruguay y el anfitrión). Jugó con la camiseta número 3 en ese campeonato. (EC, 10/05/1991).
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La muerte de Héctor Mathey fue muy dolorosa, y dejó un ambiente de impotencia y tristeza en el club edil y entre sus hinchas, puesto que era el primer caso registrado oficialmente de un deportista peruano que fallecía por un acto terrorista. (EC, 10/05/1991)
Mathey era un joven que pensaba en su futuro más allá del fútbol. A sus 19 años, estudiaba electrónica por las noches; él pensaba trabajar en la entonces Compañía Peruana de Teléfonos (CPT), junto a su padre.

Los restos del joven Mathey fueron enterrados en el cementerio general El Ángel, el viernes 10 de mayo de 1991. Hablaron en esa ocasión, el capitán del “Muni” Juan Vidales; Nicolás Delfino, como directivo de la FPF, y hasta el diputado Roberto Miranda, de la Cámara de Diputados.
Sus compañeros y amigos contaron cómo era Héctor Mathey, algo que podemos resumir en cinco palabras: alegre, noble, estudioso, humilde y amistoso. En los estadios del Perú, durante ese fin de semana, hubo un respetuoso “minuto de silencio” en su homenaje.













