jueves, febrero 5

Esta columna señalaba, hace unos días, que la actual campaña va desarrollándose sin sorpresas entre las opciones por las que el electorado se iba decantando (El Comercio, 29/1/2026). Sin embargo, también, se va asentando una peligrosa ausencia de lineamientos y ejes programáticos.

En efecto, incluir el plan de gobierno se ha convertido en un mero trámite administrativo para inscribir las candidaturas. Alberto Fujimori, en 1990, fue quizás el primero en hacer evidente la carencia de uno. Esa ausencia se hizo notoria cuando evitaba a la prensa entre la primera y la segunda vuelta de aquella elección.Más recientemente, conocer la identidad del jefe del plan de gobierno podía ofrecer una certeza a los electores, o generarles justificadas dudas, según fuera el caso. Alejandro Toledo, por ejemplo, transmitió cierta calma cuando presentó a Pedro Pablo Kuczynski. Es que se asumía que quien tuviera tal encargo tendría luego una responsabilidad importante en el Ejecutivo entrante. De hecho, Kuczynski fue el primero en asumir la cartera de Economía de Toledo.

Hoy, en cambio, se sabe poco de los planes de gobierno o de quiénes han estado detrás de sus ejes programáticos. Como resultado, en esta insípida campaña presidencial, las propuestas brillan por su ausencia. Incluso, las que generan cierto interés no dejan de parecer inconexos espasmos conceptuales, sin sustento técnico o correspondencia con la realidad.

En cambio, lo que ha primado son acusaciones de diverso calibre, que obligan al señalado a dar sus descargos. En ocasiones, se trata de señalamientos graves y justificados, pero la mayoría de las veces suele tratarse de groseras incongruencias, de nulo valor para temas de fondo. De estas últimas, la más risible ha sido la obsesión de algunos voceros políticos o de prensa por la intimidad de algunos candidatos, como ocurrió con Carlos Álvarez (País para Todos).

Una consecuencia esperable y ciertamente preocupante frente a tal panorama es la instalación de una gestión sin eje. A diferencia de procesos previos –en los que algún candidato proponía un tema de debate, ya sea desde su liderazgo o su temeraria incursión en algún tema–, hoy los planteamientos de fondo se hacen extrañar. Así las cosas, problemas como la asfixiante inseguridad, la ubicua corrupción o la contumaz ineficiencia de las distintas gestiones gubernamentales persistirán. Es más, corremos el riesgo de que se vuelvan endémicos, al punto de poner en riesgo logros recientes, como la estabilidad macroeconómica.

A un potencial Ejecutivo sin eje programático puede agregarse la agenda que el Congreso termine imponiéndole, en esta suerte de presidencialismo subparlamentarizado en el que nos hemos convertido. Como sabemos, en política, los espacios vacíos se llenan. ¿Hacia dónde puede conducirnos una gestión sin un eje identificable? Hacia la nada. Y, en la nada, se impondrá la tiranía del azar y su contingencia.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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