Más que un gigante tecnológico, Apple es un símbolo. Su historia inicial es ya una leyenda. En los primeros meses de 1976, dos muchachos melenudos, Steve Jobs y Steve Wozniak, pasaban el tiempo tratando de ensamblar una computadora personal. Su centro de operaciones eran las oficinas de HP, donde trabajaba Wozniak, pero también un discreto garaje en Los Altos, en la bahía de San Francisco, donde vivía Jobs. Una zona en la que florecía la industria militar y tecnológica, en medio del auge de la contracultura de los hippies, los creadores de videojuegos y los ‘geeks’, comunidades de aficionados de los kits electrónicos.
Más que un gigante tecnológico, Apple es un símbolo. Su historia inicial es ya una leyenda. En los primeros meses de 1976, dos muchachos melenudos, Steve Jobs y Steve Wozniak, pasaban el tiempo tratando de ensamblar una computadora personal. Su centro de operaciones eran las oficinas de HP, donde trabajaba Wozniak, pero también un discreto garaje en Los Altos, en la bahía de San Francisco, donde vivía Jobs. Una zona en la que florecía la industria militar y tecnológica, en medio del auge de la contracultura de los hippies, los creadores de videojuegos y los ‘geeks’, comunidades de aficionados de los kits electrónicos.
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Ambos decidieron fundar, el 1 de abril de ese año, Apple Computer para comercializar su computadora personal a la que bautizaron como Apple I. El otro socio en la aventura era Ron Wayne, un trabajador de Atari, veinte años mayor que ellos, quien asustado por las deudas bancarias en las que se habían embarcado sus dos jóvenes ‘partners’ terminó renunciando a la compañía 12 días después. Tenía el 10% de las acciones. De haberse quedado, hoy sería un nonagenario multimillonario.
Un año después, Wozniak lanzó al mercado la Apple II, una máquina con teclado, ensamblada en una caja de plástico, y capaz de reproducir gráficos a color y sonido. El gobierno estatal de Minnesota compró un lote de computadoras para instalarlas en los colegios. La revolución había comenzado.
Esa revolución llegó al Perú en los años 80. En medio de la crisis y de los apagones, algunos adolescentes clasemedieros, amantes de la tecnología, empezaron a usar las novedosas computadoras que llevaban la marca de la multicolor manzana. Dos de esos adolescentes fueron José Carlos Mariátegui y Martín Ossio, ambos estudiantes del colegio Markham.
“Por entonces no había mucho software ni mucha gente que tuviera la Mac Plus —recuerda Mariátegui— y en el colegio conocí a otro chico que tenía esta máquina. Comenzamos a intercambiar software y nos hicimos amigos para toda la vida”. Ossio complementa: “Yo me percaté que alguien más presentaba sus trabajos muy bien impresos y eso solo podía hacerse con una Macintosh. Ese alguien era José Carlos. En esos días, por iniciativa de nuestro profesor de Literatura, surgió la idea de crear un periódico en el colegio, que se llamó ‘Viva Voz’, y eso solo podía hacerse en la Mac. Así empezamos a trabajar juntos y nos hicimos amigos”.
Actualmente, Apple Inc. es la empresa informática más grande del mundo por ingresos. En 2024 registró US$391.035’000.000.
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En la casa de Mariátegui, en Miraflores, se armó una pequeña oficina con impresora láser y escáner, y ambos amigos comenzaron a formar parte de la comunidad de usuarios de Apple en nuestro país. “En esa época, la gente pensaba que la Mac era sobre todo para diseño gráfico, pero la verdad tenía muchísimas otras posibilidades —comenta Mariátegui—, y como éramos pocos los usuarios se armó una comunidad de fanáticos y apasionados por esta tecnología”.
“Hay una obsesión por la perfección y la estética, eso es lo que define a los productos de Apple y los hace tan queridos —opina Ossio—. Steve Jobs decía ‘yo quiero que las interfaces sean lindas, que parezcan caramelos’. Y uno se enamora de ellas, pues están hechas para sacar la mejor versión de ti”.
“Mi gusto por el arte y la tecnología —concluye Mariátegui— viene de esta etapa, de haber tenido acceso después a un lector de CD y haber visto todos esos programas interactivos que solamente había para Mac”. Actualmente, Mariátegui es un reconocido curador e investigador de arte y nuevos medios, y Ossio un administrador experto en programación avanzada. “Soy un recogedor de toallas tecnológicas —bromea—; o sea, cuando alguien tira la toalla y dice ‘esto no puede hacerse’, ahí es cuando empieza mi trabajo”. Entre sus anécdotas están haber salvado una novela a Mario Vargas Llosa y algunos trabajos a Hernando de Soto, o haber unido varias Macintosh para crear una supercomputadora y solucionar un ‘caso imposible’.
César Zevallos Heudebert era a inicios de los 80 un muchacho fascinado por las computadoras. En 1981 hizo que su colegio Carmelitas adquiriera para su laboratorio 25 computadoras Apple II y él empezó a enseñar Logo, Basic y Pascal a los alumnos de secundaria. Tres años después, ya en la universidad, pudo comprar su primera computadora Apple IIc e inmediatamente después una Macintosh 512k. “Era una máquina completamente nueva y poderosa para la época —recuerda—, porque tenía mouse y todo el tema de Windows. Fue un cambio total”. Costaba la mitad del precio de un auto, pero valía la pena el esfuerzo.
En 1986, con Roberto Michelena y Alberto Brigneti, Zevallos fundó Eos, una empresa dedicada a la venta de computadoras que de manera visionaria introdujo en las agencias de publicidad y diarios de la época los sistemas de preprensa digital. En este período de descubrimiento del mundo Apple, hizo un viaje al MacWorld, en Estados Unidos, que pudo terminar en tragedia. Uno de los motores del avión que lo llevaba de Miami a San Francisco explotó a pocos minutos del despegue y la nave tuvo que retornar al aeropuerto en un aterrizaje de emergencia.
Ese percance le permitió conocer a Ed Fiol, CIO del “Miami Herald”, quien también iba en la accidentada nave y esperaba un nuevo vuelo con una revista del MacWorld en las manos. Zevallos se acercó, empezó a conversar con él, y así se enteró de la transformación digital que había emprendido dicho periódico y le pidió visitar sus oficinas, a la vuelta del evento de Apple.
“Efectivamente —cuenta—, pude ver cómo ellos utilizaban las primeras filmadoras de cuatricromía con Mac en Aldus PageMaker (lo que más tarde sería Adobe InDesign)”. Gracias a este descubrimiento, ya en Lima, Zevallos logró convencer a los directivos del diario ‘Expreso’’ para hacer esa conversión en nuestro país. “Hicimos la mayor venta de Apple de la década de los 80, en el Perú, por una cifra de 400 mil dólares, y logramos que toda la industria de la preprensa cambiara”, comenta con orgullo.
La primera empresa representante de la marca Apple en el Perú fue Systel y sus creadores fueron Lola Luks y David Sztudent, dos precursores en la venta de computadoras en Lima. En 1985, abrieron un local en Miguel Dasso, en San Isidro, bajo el nombre de Unimicros, donde distribuían la Commodore, la Apple II, Lisa y las primeras Macintosh.
Esta primera etapa terminó cuando Apple encargó a la transnacional Xerox la distribución y venta de la Macintosh, dejando de lado a los distribuidores locales. Pero el cambio no tuvo el éxito esperado. Dos años después, volvieron a contactarse con los representantes peruanos, y Luks y Sztudent formaron entonces la empresa Amicro para comercializar la marca de la manzana entre distribuidores nacionales autorizados. Ahí llegó a trabajar en 1987 como jefe de producto Antonio Calogero, un año después de haberse graduado en Cibertec. “Pude ver la evolución de Apple durante diez años —cuenta—, empaparme de los diferentes productos y versiones del sistema operativo que fueron adoptados por creativos, fotógrafos, diseñadores independientes, empresas de publicidad, revistas y medios periodísticos”. Tras la disolución de Amicro, alrededor de 1999, la representación pasó a empresas mayoristas internacionales.
Actualmente, Calogero es uno de los distribuidores autorizados de Apple en el ámbito corporativo y educativo, a través de Infotek Perú. “Para mí —afirma— ha sido toda una pasión poder usar y vender estos productos a lo largo de casi 40 años”.
Con el nuevo siglo, la comunidad de usuarios de Apple se amplió exponencialmente con las nuevas revoluciones que significaron la aparición de las MacBook, los iPod, los iPhone y los Apple Watch, “con sistemas integrados y eficientes”, como dice Jacquelin Asto, ingeniera de sistemas y profesora en la Universidad Autónoma del Perú. Ella define con una palabra la clave de esta marca en su medio siglo de existencia: simplicidad. “Su interfaz —explica— no es nada compleja, desde sus íconos hasta sus dispositivos son de fácil uso, lo que nos permite interactuar con todo un ecosistema digital que nos facilita la vida cotidiana”. Por los avances en neurociencia aplicada a la tecnología, Asto pronostica que en un futuro cercano estos aparatos serán cada más multisensoriales, e incluso nos podremos comunicar telepáticamente con ellos. “Con solo pensar algo —vaticina—, Siri ejecutará lo que necesito o quiero. No falta mucho para eso”.



