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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a esconderse detrás de los apus y el frío vuelve a tomar posesión de la puna, cientos de alpacas emprenden el camino de regreso a sus corrales, esquivando los charcos helados que cubren el paisaje. Varias mujeres suelen observarlas con atención. Ellas se aseguran de que ninguna quede rezagada. Además, antes de que anochezca, revisan delicadamente que ninguno de estos camélidos presente signos de neumonía o diarreas, cada vez más frecuentes debido a las crudas heladas que ha traído consigo el cambio climático. Luego toca guardar energías y prepararse para el trabajo del día siguiente: limpiar los canales que alimentan el bofedal, fertilizar cada camino como si de preservar el futuro se tratase.
A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a esconderse detrás de los apus y el frío vuelve a tomar posesión de la puna, cientos de alpacas emprenden el camino de regreso a sus corrales, esquivando los charcos helados que cubren el paisaje. Varias mujeres suelen observarlas con atención. Ellas se aseguran de que ninguna quede rezagada. Además, antes de que anochezca, revisan delicadamente que ninguno de estos camélidos presente signos de neumonía o diarreas, cada vez más frecuentes debido a las crudas heladas que ha traído consigo el cambio climático. Luego toca guardar energías y prepararse para el trabajo del día siguiente: limpiar los canales que alimentan el bofedal, fertilizar cada camino como si de preservar el futuro se tratase.
A más de 4.300 m.s.n.m., en Chalhuanca, provincia de Caylloma (Arequipa), esta rutina se repite desde hace varias generaciones. Sin embargo, hoy tiene un nuevo rostro. Mientras muchos hombres de la comunidad migran hacia la minería u otras actividades en busca de mayores ingresos, son las mujeres quienes permanecen en el campo y sostienen el trabajo cotidiano que mantiene con vida a las alpacas, los pastizales y los bofedales.
“Las mujeres hemos tenido que tomar el mando en el campo porque muchos de los hombres de la comunidad han dejado el pueblo para ir a trabajar en otras cosas, como las minas”, cuenta Victoria Vilca, criadora de alpacas. “Ahora nos encargamos de proteger los bofedales, de dar vida a la tierra seca mediante el abono y también de una actividad milenaria conocida como Oq’o Karpay, que consiste en abrir camino para que el agua humedezca los bofedales y se mantengan”, añade.

Walter Vilca, representante de una de las familias alpaqueras de Chalhuanca, Arequipa, posa junto a una de sus engreídas en los bofedales que preservan el agua, y la vida misma, en la puna. (Foto: Richard Hirano)
/ @richardhirano
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Su testimonio resume un cambio silencioso que atraviesa la vida en la puna. Si antes las responsabilidades se compartían entre hombres y mujeres, hoy cerca del 80% del trabajo diario en las estancias recae sobre ellas. Son quienes arrean a las alpacas antes del amanecer, las conducen de regreso al corral al caer la tarde, vigilan el estado de las crías, limpian los canales de agua, fertilizan los pastizales y enfrentan un clima que ya no se comporta como lo hacía hace apenas unas décadas.
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A simple vista, un bofedal parece una extensa alfombra verde que rompe la monotonía de la puna seca. Sin embargo, para quienes viven aquí, es mucho más que un humedal altoandino. Es el corazón del ecosistema.
“El bofedal es como un colchón de agua”, explica Walter Vilca, representante de la familia alpaquera de Chalhuanca. “Almacena agua durante todo el año y la libera de manera gradual hacia el río. Gracias a eso tenemos pasto permanente. Esa es la diferencia con los terrenos secos, donde el pasto solo aparece cuando llueve”.
En una región donde las precipitaciones son cada vez más impredecibles, los bofedales se convierten en la garantía de alimento para las alpacas durante los doce meses del año. Pero conservarlos está lejos de ser un proceso natural. Requiere trabajo constante.
Luego de ser elegida como ganadora del Fondo Concursable Puna 2025, la asociación de Chalhuanca también tiene acceso a talleres de regeneración de pastizales y bofedales (en la foto). (Foto: Richard Hirano)
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Cada semana las familias limpian los canales por donde circula el agua, retiran la vegetación que obstruye su paso, reparan bocatomas y realizan el Oq’o Karpay, una práctica ancestral que distribuye el agua de manera uniforme para evitar que algunas zonas se sequen mientras otras se saturan.
“El trabajo es casi diario”, dice Walter, mientras señala una red de pequeños canales abiertos a mano. “Tenemos que reparar los bofedales permanentemente porque la vegetación va creciendo y tapa el paso del agua. Si dejamos de hacerlo, el bofedal deja de funcionar”.
En lo que va de 2026, Colca Camel apunta a una distribución de alrededor de 917 mil libras de fibra de alpaca en el mercado.(Foto: Richard Hirano)
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La conservación también ocurre bajo tierra. Las familias aprovechan el estiércol de las propias alpacas para fertilizar el suelo de distintas maneras: trasladándolo en carretillas, rotando los corrales para que los animales abonen nuevas áreas o distribuyéndolo manualmente sobre los pastizales. Todo responde a un conocimiento acumulado durante generaciones que busca mantener vivo un ecosistema del que depende toda la cadena productiva.
En cifras
4.300 m.s.n.m.
es la altitud en que se encuentra ubicado Chalhuanca, localidad arequipeña cuyo sustento principal es la esquila de alpaca.
1.500 hectáreas
de bofedales tiene Chalhuanca aproximadamente. Estos humedales naturales son decisivos para la alimentación y el sustento de las alpacas, aun en épocas sin lluvia.
450 alpacas
tiene en promedio el fundo Aguada Blanca, en Arequipa. Uno de los principales impactos del cambio climático en estos camélidos son las enfermedades (diarrea y neumonía) durante las heladas.
“Antes el frío extremo empezaba entre junio y julio”, cuenta Victoria Vilca. “Ahora desde marzo ya tenemos heladas”. El cambio puede parecer pequeño para quien vive en la ciudad, pero en la puna significa meses adicionales de bajas temperaturas y un mayor riesgo para las alpacas recién nacidas. Las enfermedades respiratorias y digestivas son cada vez más frecuentes.
Pero esta alteración no solo afecta a los animales. También obliga a replantear la forma en que las comunidades gestionan el territorio.
“Con el cambio climático se ha modificado el ecosistema y, por lo tanto, también ha afectado la manera en que las personas gestionan su espacio”, explica Edgardo Cruzado, gerente del Fondo Concursable Puna, de Profonanpe. “Las alpacas han modificado su forma de vivir porque el ecosistema cambió. Eso implica que las comunidades tengan que aprender nuevas formas de manejo, combinando los conocimientos que ya tenían con información especializada”, refuerza.
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Lejos de reemplazar los saberes ancestrales, el objetivo es fortalecerlos. Equipos técnicos trabajan junto a las comunidades para identificar especies de plantas nativas, evaluar su utilidad medicinal y monitorear el comportamiento del agua en los bofedales mediante parcelas de estudio y fotografías satelitales. La información obtenida permite medir qué prácticas funcionan mejor y cómo adaptarlas a un clima cada vez más incierto.
¿Quiénes lo hacen posible?
Colca Camel ha obtenido financiamiento del Fondo Concursable Puna del proyecto Puna Resiliente, un esfuerzo conjunto liderado por el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego, con apoyo del Ministerio del Ambiente, Sernanp, Profonanpe, la cooperación alemana GIZ, el Instituto de Montaña, el Fondo Verde para el Clima, y los gobiernos de Alemania y Canadá.
En esa línea, cobra especial relevancia el Fondo Concursable Puna Resiliente 2025, mediante el cual las comunidades de Chalhuanca y Colca Camel destacan como ganadoras. A partir de ello, recibirán financiamiento para mejoras en sus procesos, así como también capacitaciones y asistencia técnica. Esto alcanza a toda su cadena productiva, que no termina en el campo, sino que se repotencia con la esquila del camélido admirado mundialmente.
Luego de la esquila, la fibra de alpaca (dividida entre súper baby alpaca, baby alpaca, superfina, fina y gruesa) es acopiada por Colca Camel, empresa local que se encarga de su distribución. (Foto: Richard Hirano)
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Dos veces al año, entre marzo y diciembre, la comunidad participa en una de las actividades más importantes del calendario: la esquila. En esos días, vecinos y familias enteras se reúnen para retirar cuidadosamente la fibra de los animales, un proceso que requiere destreza para no lastimar a las alpacas y preservar la calidad de una de las fibras naturales más finas del mundo.
“Nuestro trabajo no termina en el campo, sino que continúa en toda la cadena”, explica Edith Cayllahua, presidenta de la asociación Joyas del Colca. “Después ayudamos con el acopio de la fibra y su clasificación según la calidad: fina, superfina y otras categorías. Además, con parte de esa fibra nos hemos capacitado para elaborar hilos y artesanías como bolsos, guantes, chompas y gorros”, agrega Cayllahua.




