miércoles, junio 24

En 2025, los términos de intercambio —la relación entre el precio de lo que exportamos e importamos— alcanzarán su nivel más alto en 100 años. En buen castellano: estamos vendiendo caro y comprando barato. Para una economía pequeña y abierta como la peruana, donde más de la mitad de las variaciones del PBI se explican por factores externos, esto es una verdadera bendición.

El viento de cola internacional debería ser aprovechado como una oportunidad histórica para atraer inversiones y desplegar todas nuestras potencialidades. Con estos precios, deberíamos capitalizar cada año alrededor de US$ 10 mil millones anuales en inversión minera. Pero apenas superaríamos los US$ 5 mil millones en 2025.

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A pesar de este contexto externo excepcional, el Perú crece poco y las perspectivas apuntan a que esta sería una nueva normalidad. Para tener una idea de la magnitud del problema: cuando crecíamos entre 6% y 7%, duplicábamos el tamaño de la economía cada 10 años. Hoy, con un crecimiento de alrededor de 3%, tomaría casi un cuarto de siglo. Y eso tiene consecuencias sociales dolorosas y persistentes, que marcarán generaciones.

Esta parálisis no es casualidad, sino el resultado de decisiones (o indecisiones) muy concretas. Así, por ejemplo, nos dimos el lujo de dejar que avance la narrativa antiminera y que prospere la minería ilegal. Que Conga dejaría sin agua a Celendín, que Tambogrande desaparecería el limón piurano, que desalinizar agua para Tía María acabaría con la pesca artesanal. Todo falso, pero útil para frenar inversiones. Con la reducción de la conflictividad minera, el secuestro del desarrollo de los proyectos mineros sigue pendiente de la tramitología y la invasión de mineros ilegales bajo el manto de legalidad del Reinfo y el silencio cómplice del Estado.

Al Perú no le falta suerte ni recursos. Le falta liderazgo para avanzar en esas reformas estructurales que aseguren una velocidad de crucero del crecimiento, pero que son políticamente costosas. Enfrentar de una vez por todas los cuellos de botella en minería, infraestructura e irrigación. Combatir decididamente las economías ilegales y desmontar la tramitología que estrangula la inversión pequeña y grande. Voluntad de avanzar hacia un servicio civil meritocrático y el cierre de brechas sociales, así como políticas laborales y tributarias que incentiven la formalidad. Y un compromiso verdadero con la sostenibilidad fiscal.

Mientras tanto, la presidenta más suertuda del siglo –que también ostenta el récord de mayor desaprobación presidencial– pasará a la historia como la administración con los Mensajes Presidenciales por Fiestas Patrias más largos. Pura sobredosis de verbo vacío que no mueve la aguja económica. El mundo nos sonríe, pero no lo hará eternamente. ¿Dejaremos pasar esta oportunidad? ¿O es que alguien se atreve a liderar más allá de sus intereses personales?

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