“Todos son lo mismo”. Esa frase resume mejor que cualquier consigna el punto de partida de esta campaña para una parte importante del electorado joven. Están hartos, y con razón. No hay expectativa de representación ni entusiasmo; apenas el deseo de no volver a decepcionarse. Después de años de presidentes que caen, escándalos permanentes, un Congreso crónicamente desprestigiado y un país donde la corrupción y el crimen siguen marcando la agenda cotidiana, no sorprende que muchos terminen decidiendo su voto recién en la recta final del proceso electoral. Más que ligereza, eso revela distancia y frustración.
En la práctica, la mayoría de candidatos ha optado por una fórmula similar: recorridos por el país, discursos en plazas y una fuerte presencia en redes sociales. El problema no está en el formato, sino en lo poco que logra retener atención. El spot aparece en pantalla y, casi de inmediato, la mirada se va al celular. El discurso en la plaza lo escuchan unos pocos; la frase editada en un clip de treinta segundos es la que termina circulando, casi siempre acompañada de una toma cerrada de la plaza llena para simular popularidad.
En un ecosistema dominado por clips breves, fragmentados y muchas veces descontextualizados, los candidatos no son evaluados por sus planes de gobierno, sino por gestos, frases aisladas o momentos virales. Muchos de esos clips no nacen de la propaganda, sino de entrevistas donde periodistas hacen preguntas incómodas y una mala respuesta —o una duda mal resuelta— termina convertida en contenido permanente. A veces basta un gesto mínimo, un chicharrón mal masticado, para que una escena quede fijada como símbolo. Ese material, además, no circula de manera inocente: es amplificado estratégicamente por adversarios políticos que saben que un fragmento fuera de contexto puede ser suficiente para marcar —o estigmatizar— una candidatura. Las redes sociales no corrigen mensajes débiles; los exponen y los distorsionan.
A esto se suma otro rasgo recurrente de la campaña: el exceso de ataque. Las decisiones electorales rara vez se toman desde la razón pura; suelen activarse desde la emoción. Y en un contexto donde muchos jóvenes ya no prestan atención —o han decidido no hacerlo—, una comunicación centrada casi exclusivamente en desacreditar al adversario activa emociones equivocadas. No moviliza ni convence: refuerza la idea de que la política es un ruido permanente del que vale la pena desconectarse. Peor aún, genera un efecto búmeran: termina dándole visibilidad a candidaturas que, de otro modo, difícilmente habrían capturado atención por sí solas.
En este escenario, insistir en más spots, más paneles en la vía pública o más publicaciones no resuelve el problema de fondo. Para un electorado joven que ha aprendido a desconfiar, la clave no está en la frecuencia del mensaje, sino en la coherencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se ha hecho antes. Sin una posición clara y asumida, cualquier intento de “hablarle a los jóvenes” corre el riesgo de sonar, una vez más, vacío.














