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La vida en Lima en la década de 1950 suele verse adornada de glamour, bohemia y política, pero el acto cotidiano de subirse a un ómnibus entonces es algo poco conocido. Lo que existía era un servicio de ómnibus urbano e interurbano, el dolor de cabeza de toda autoridad de la época. Como casi todo servicio público en los años 50, uno de los principales problemas era la negligencia de sus agentes. En un informe del diario “El Comercio” del 2 de enero de 1952 se mencionaba, como ejemplo de lo más nefasto en el transporte público, la línea Tacna-Trípoli, cuya ruta era Lima-Miraflores-Lima.
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¿Por qué sucedía esto? Sencillamente porque salían sin revisión técnica y mal equipados. Era muy común, contaba “El Comercio”, que los colectivos de esta línea se detuvieran a la altura de la Clínica Americana o en las primeras cuadras de la avenida Arenales, no para que suba o baje un pasajero, sino por otros motivos. El Diario enumera las razones: “Falta de combustible, rotura de una llanta, descomposición del embrague o de alguna parte del mecanismo del motor”.
Según testimonios recogidos por el Diario, el público limeño sentía angustia cada vez que ocurría esto, puesto que se sentían desamparados. La mayoría eran estudiantes o trabajadores de fábricas u oficinas. Quizá no se diferencie mucho a lo que puede vivirse hoy en día; sin embargo, estas lamentables situaciones en los años 50 se reportaban casi a diario.
“Escaparates de incomodidades”, así calificaba la prensa limeña a las unidades de la línea Tacna-Trípoli. Y he aquí otra imagen dura, repelente, que el tiempo vuelve extrañamente nostálgica: “Los carros solo de tarde en tarde se limpian. Las lunas están siempre opacas y con grandes manchas de grasas y polvo. Los asientos con los resortes se salen”. Así era viajar en uno de esos carromatos de Lima a Miraflores, en 1952. Los usuarios se golpeaban o se manchaban la ropa cuando subían; viajaban apretujados en las pocas unidades que llegaban a los paraderos. Las personas se sostenían a duras penas a los sucios tubos destinados a esa función. El reportaje de “El Comercio” añadía que el aspecto exterior de las unidades era tan calamitoso como su interior. “El panorama es igualmente censurable, ya que, como ocurre con lunas y asientos, no se lava ni menos se pinta, como es indispensable hacerlo periódicamente”.

Febrero de 1964: pasajeros esperan que la unidad recargue combustible.
(Foto: Archivo histórico de El Comercio)
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Se comparaba este mal servicio de los buses limeños con el que se hacía en otras ciudades capitales con el transporte público, donde “los vehículos son objeto de un cuidadoso aseo al término de cada recorrido”. Casi como la fresa del pastel, el cronista anotaba que el piso de los ómnibus de la Tacna-Trípoli era un campo de batalla de desperdicios, tierra y todo lo que a la gente se le ocurría arrojar impunemente dentro de la unidad.
La irregularidad o la impuntualidad en la llegada de los buses del corredor azul o rojo o el propio Metropolitano no es algo que hoy tampoco nos sorprenda demasiado. Pero en 1952 sí era un valor que los peruanos considerábamos importante en el servicio de transporte.
“Unas veces pasa un carro cada cinco minutos; luego viene uno después de 15 minutos, para enseguida pasar dos juntos o tres, casi al mismo tiempo, dejando posteriormente un lapso y el público se cansa de esperar en las esquinas señaladas como ‘paraderos’”, apunta.
El redactor apuntaba también que, si al chofer le sobraba el tiempo, la unidad iba a ‘máquina lenta’, reduciendo la velocidad, sin importar la prisa que tuvieran sus pasajeros.
La irritación crecía porque los limeños sentían que, cuando más las necesitaban, las unidades no aparecían. Y ocurría entonces lo mismo que hoy sucede: cuando un ómnibus venía con retraso, no se detenía en su paradero señalizado. Lo peor del caso es que cuando alguien se aventura a interrogar al conductor sobre el motivo de tal procedimiento, la respuesta es siempre ambigua, una sinrazón que se le ocurre en el momento o “alguna palabra descompuesta”.
Y para rematar, aunque parezca algo increíble, la respuesta del chofer de los años 50 era algo que ha venido de generación en generación en ellos. Muchas veces contestaban ante el reclamo con la consabida frase: “¡Y por qué entonces no toma un taxi!”, decía el cronista de 1952. ¿Le suena conocido?

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