domingo, marzo 8

Decía Howard Fast que el infierno comienza cuando los actos más sencillos de la existencia se tornan monstruosos. El poderoso y espeluznante libro de memorias de Gisèle Pelicot, “Un himno a la vida”, parece haber sido escrito para sustentar esa afirmación.

Decía Howard Fast que el infierno comienza cuando los actos más sencillos de la existencia se tornan monstruosos. El poderoso y espeluznante libro de memorias de Gisèle Pelicot, “Un himno a la vida”, parece haber sido escrito para sustentar esa afirmación.

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Como sabemos, Pelicot se hizo conocida a escala internacional en el 2024, cuando la prensa informó que, durante casi una década, su marido Dominique la drogó con un coctel de medicamentos, la violó y la ofreció repetidamente a decenas de hombres reclutados en línea. Ella se enteró de pura casualidad, cuando su esposo fue detenido por grabar debajo de las faldas de tres mujeres en un supermercado. La policía registró el teléfono y encontró toda una colección de atrocidades en la que ella era casi siempre la protagonista. Pelicot decidió enfrentar a Dominique y a 50 de sus violadores en un juicio que, por propia decisión, pidió que se realizara de manera pública, en nombre de que “la vergüenza cambiara de bando”.

Muchas veces, la sensación de asco que produce el relato del infinito ultraje del que Pelicot fue objeto impide continuar con la lectura. Pero uno la retoma porque, en medio de ese horror, refulge la determinación, la valentía y la dignidad de una mujer que no solo quiere vencer a sus victimarios con las armas de la legalidad y la exposición de sus delitos. También procura comprender las razones primigenias por las que su esposo, un manso electricista sin mayor suerte, se había convertido en un predador capaz de meter a un ejército de estupradores en su dormitorio y de atentar contra el honor de su propia hija y de sus nueras. La razón de ese comportamiento es igual o más abominable que los actos a los que fue sometida: como Dominique declaró al tribunal, quería someter a una mujer desafiante. El abuso que sufrió poco tenía que ver con el placer sexual. Era una forma de imponerle su poder y su dominación, que sus inseguridades y fracasos habían puesto en entredicho.

Uno de los mayores triunfos de “Un himno a la vida” reside en su escritura. Pelicot recibió la colaboración de Judith Perrignon, eficaz narradora que ya antes había trabajado con la sobreviviente del Holocausto Marceline Loridan-Ivens. La prosa elude cualquier estridencia o retórica victimista para exponer meditaciones y hechos de manera fría, quirúrgica, lo que potencia la perturbadora naturaleza de este relato. La serenidad y contención con que Pelicot desgrana sus penurias abonan esa posición de superioridad moral que mantiene de principio a fin ante sus agresores, a esa postura invicta frente a la maldad y la depravación.

El nombre original de este libro es “La alegría de vivir”, que le calza mejor que el título convencional que le han puesto en castellano. Porque de eso trata el libro de Pelicot: de reconocer que la confiscación de su voluntad y de su cuerpo fueron golpes durísimos, pero que contra ello se yergue una necesidad de restaurar el amor y la confianza en los demás. Eso no se lo pudieron quitar a Pelicot, y aquí, llena de paz y sosiego, lo afirma y confirma en este testimonio imprescindible.

“Un himno a la vida”

Autora: Gisele Pelicot

Editorial: Lumen

Año: 2026

Páginas: 254

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