martes, julio 7

En la recta final del Mundial 2026, cuando la conversación debía girar exclusivamente en torno a los octavos de final y la carrera por el título, el torneo despertó con una polémica que amenaza con marcar un antes y un después.

En la recta final del Mundial 2026, cuando la conversación debía girar exclusivamente en torno a los octavos de final y la carrera por el título, el torneo despertó con una polémica que amenaza con marcar un antes y un después.

La decisión de la FIFA de “suspender la ejecución de la sanción” de Folarin Balogun, futbolista estadounidense expulsado en la ronda anterior, no solo desató una ola de críticas. Lo hizo, sobre todo, por el contexto que la rodea: la revelación de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llamó a Gianni Infantino antes de que se conociera la resolución.

*USA fue eliminada a manos de Bélgica por 4-1 en los octavos de final del Mundial 2026.

Folarin Balogun quedó habilitado por la FIFA y disputó los octavos de final del Mundial 2026, donde cayó ante Bélgica
. (Foto: Getty Images)

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A día de hoy, nada ni nadie ha demostrado que esa conversación haya influido en el fallo de la Comisión Disciplinaria. De hecho, la propia FIFA, a través de un comunicado del propio Infantino, insiste en que sus órganos judiciales actúan de manera independiente y que el procedimiento siguió su curso normal bajo el criterio del Comité Disciplinario de FIFA.

Sin embargo, la controversia ya se había instaurado. En un torneo donde la credibilidad del reglamento es tan importante como el espectáculo, la coincidencia entre la llamada y la posterior decisión abrió una discusión que trasciende al fútbol. Sobre todo porque no son hechos que suelen verse en el fútbol cotidiano. El principal riesgo no es únicamente Balogun. Es el precedente.

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Nunca antes, al menos en una Copa del Mundo, una suspensión automática derivada de una tarjeta roja había sido suspendida de esta manera en pleno desarrollo del torneo. Si esto ocurrió alguna vez, fue en a Garrincha en 1962 cuando, en aquel entonces, el reglamento no obligaba a que un futbolista expulsado pudiera jugar un siguiente encuentro, por tanto, el brasilero pudo jugar la final incluso recibiendo una tarjeta roja en semifinales.

Ese carácter excepcional es precisamente el que ha provocado la reacción de dirigentes, federaciones y organismos internacionales, preocupados porque el Mundial pueda quedar expuesto a la sospecha de que existen excepciones para determinados casos y que puede haber, incluso, injerencia política.

La UEFA fue la primera en elevar el tono. En un comunicado oficial calificó la decisión como una línea que “no debía cruzarse” y sostuvo que la certeza de las reglas constituye la base de cualquier competición deportiva. Añadió que modificar una suspensión automática durante el torneo es una medida “sin precedentes, incomprensible e injustificable”, además de advertir que crea un precedente que puede afectar la integridad de la competencia y obligar a reclamar el mismo trato en casos similares.

Si una sanción automática puede revisarse de forma extraordinaria en pleno Mundial, inevitablemente surgirán preguntas cada vez que otro futbolista sea expulsado. ¿Qué criterios se utilizarán? ¿Quién decide qué caso merece una excepción?

Desde la FIFA, Gianni Infantino intentó contener el incendio. El presidente del organismo reconoció públicamente haber recibido la llamada de Donald Trump, ya que el presidente lo había confirmado con anterioridad. Aunque Infantino aseguró que también conversa habitualmente con jefes de Estado, dirigentes deportivos y otras autoridades.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Foto: EFE/EPA/Yoan Valat/Archivo

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Según explicó, durante esa conversación le manifestó al mandatario estadounidense que existía un proceso legal abierto y que la decisión correspondería exclusivamente a los órganos disciplinarios independientes de la FIFA. Posteriormente defendió que la resolución fue adoptada de manera autónoma y que la independencia de esos comités constituye un “principio irrenunciable para la organización”.

Sin embargo, las explicaciones no lograron disipar las dudas. Porque el debate ya no gira únicamente alrededor de si Balogun debía o no cumplir una fecha de suspensión. El verdadero problema es la percepción pública. En deporte, la confianza en las reglas resulta tan importante como las propias reglas. Además del hecho de que Trump haya revelado la llamada parece tomarse como un mensaje indirecto de poder.

El episodio también vuelve a colocar sobre la mesa una vieja discusión: la relación entre la política y el fútbol. La FIFA ha defendido históricamente la autonomía de sus decisiones frente a los gobiernos e incluso ha sancionado federaciones cuando considera que existe injerencia estatal en asuntos deportivos.

(L-R) US President Donald Trump speaks next to FIFA President Gianni Infantino after being awarded the FIFA Peace Prize during the draw for the 2026 FIFA Football World Cup taking place in the US, Canada and Mexico, at the Kennedy Center, in Washington, DC, on December 5, 2025. (Photo by Jim WATSON / AFP)

/ JIM WATSON

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Precisamente por ello, la imagen de una conversación entre el presidente del país anfitrión y el máximo dirigente del fútbol mundial, conocida apenas horas antes de una resolución tan sensible, resulta incómoda para todos los actores, independientemente de que exista o no una relación causal entre ambos hechos. Porque aunque no exista prueba de que Trump haya influido en la resolución, la secuencia de acontecimientos basta para instalar dudas sobre la imparcialidad del proceso.

Paradójicamente, el Mundial que pretendía consolidar a Estados Unidos como el gran escenario del fútbol terminó enfrentándose a un debate que poco tiene que ver con lo deportivo. En cuestión de horas, el foco pasó de los goles y los clasificados a la independencia institucional, la transparencia y la influencia del poder político.

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