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Lima, años 50. Una capital que aún respiraba dentro de los límites de su tradicional Centro Histórico, abrazada por los barrios populosos del Rímac y Barrios Altos, y custodiada a lo lejos por enclaves que empezaban a despertar al bullicio de la modernidad, como San Isidro, Miraflores o Barranco.
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La metrópoli limeña crecía a empujones y el progreso inmobiliario exigía tributo: viejas casonas del damero debían caer para dar paso a la modernidad de cemento. En esa aritmética del cemento y el asfalto, los balcones estorbaban. Y con ellos estorbaba Bruno Roselli, tildado de loco, de un romántico “Quijote” extraviado en el siglo XX, aunque el profesor florentino jamás perdió el rigor ni el sentido de la realidad.
Los balcones eran herederos de una larga estirpe mudéjar y morisca arraigada en España y echada a andar en el suelo limeño. Estas “casas en el aire” formaban la columna vertebral del paisaje cotidiano: algunos tan generosos en dimensiones que funcionaban como auténticas salas de estar flotantes, o como camarines clandestinos desde donde las limeñas dominaban la calle -“viendo sin ser vistas”- al amparo de las celosías y los encajes de madera.
Aquellas joyas de pino, cedro y roble que Roselli defendía a capa y espada eran -en palabras de estudiosos como el antiguo colaborador de El Comercio Luis Antonio Meza– piezas de un conjunto urbano de una riqueza “homogénea y armónica”. Una Lima de balcones que el tiempo, la piqueta y la desmemoria se empeñaron en apagar, pero que la pluma y la obstinación de un profesor italiano se negaron a dejar morir en el olvido.

En los años 60 se hizo muy popular por dirigir él mismo las tareas de limpieza de sus queridos balcones. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
/ EL COMERCIO
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LOS BALCONES Y EL TERREMOTO LIMEÑO DE 1940
El 24 de mayo de 1940, un violento terremoto sacudió los cimientos de Lima. En los años siguientes, las autoridades comprobaron lo inevitable: cientos de casonas, solares y callejones requerían ser demolidos. En la práctica, se habían convertido en trampas urbanísticas, muchas de ellas hoy disfrazadas -como una ironía del destino- en precarias playas de estacionamiento.
En medio de ese paisaje de escombros, Bruno Roselli emergió como un hombre pintoresco, entrañable y de una nobleza desarmante. Era conmovedor verlo caminar, a duras penas, estirando su modesto sueldo de maestro y contando las monedas en el bolsillo con una sola misión: tratar de rescatar un balcón o persuadir al propietario, a veces con fortuna, para que se lo regalaran antes de que fuera demasiado tarde.
El autodenominado guardián -o mejor dicho, el “defensor de los balcones”- aglomeraba como podía las piezas rescatadas en un galpón alquilado. Pero la tragedia financiera lo acechaba: cuando los bolsillos flaqueaban y no lograba pagar el alquiler, perdía todo lo acumulado. Así, verdaderas joyas de la elegancia colonial terminaron siendo vendidas al peso o devoradas por la indiferencia.

En julio de 1961, el profesor Bruno Roselli presentó una hermosa colección de maquetas. Soñaba con los balcones. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
/ EL COMERCIO
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Aquel profesor de Historia del Arte defendía con fervor estructuras de los siglos XVII y XVIII, sin descuidar las elegantes piezas del XIX. Inmigrante italiano de espíritu férreamente conservacionista, Roselli había llegado a Lima tras las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial. Catedrático en San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú, desbordaba una erudición humanista y renacentista tanto dentro del aula como en las polvorientas calles del centro.
Afincado en la capital a inicios de los años 50, se convirtió en un limeñista visceral que amaba los balcones por ser el alma viva de la arquitectura virreinal. Respaldado por sus alumnos universitarios -quienes hacían de improvisados vigías desperdigados por el damero-, se mantuvo informado durante años sobre cada desalojo y el fatídico destino de aquellos monumentos de madera.
Hubo tardes oscuras, sin embargo, en las que vio con impotencia cómo sujetos inescrupulosos prendían fuego a sus tesoros de cedro. Esa visión de cenizas nunca se le borró de la mente; enfermó entonces, más del alma que del cuerpo.

Nota necrológica de El Comercio, publicada el 25 de setiembre de 1970, al día siguiente de su muerte. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Su fijación por los balcones, para muchos obsesiva, llevó a la opinión pública peruana a llamarlo “El loco de los balcones”, expresión que nuestro Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, convirtió en un pieza de teatro con el mismo título, publicada en 1993.
Bruno Roselli dejó de existir un 24 de setiembre de 1970, bajo el pulso severo de la dictadura militar y con la amargura de haber perdido la batalla por salvar sus amados balcones.
Hoy, a exactos 56 años de su muerte, Lima rinde cuentas pendientes con la memoria de este Quijote italiano que amó nuestra ciudad mucho más de lo que ella supo comprenderle.


