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La guerra en Irán y el subsecuente bloqueo del vital Estrecho de Ormuz, por donde pasa un quinto del petróleo mundial, han causado una crisis energética mundial de una magnitud quizás no vista desde 1973. Y si bien Asia se ha llevado la mayor parte del impacto, la Unión Europea no está saliendo indemne.
La guerra en Irán y el subsecuente bloqueo del vital Estrecho de Ormuz, por donde pasa un quinto del petróleo mundial, han causado una crisis energética mundial de una magnitud quizás no vista desde 1973. Y si bien Asia se ha llevado la mayor parte del impacto, la Unión Europea no está saliendo indemne.
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“El impacto más inmediato de la guerra en Irán es el alza del petróleo y de los combustibles, lo cual encarece el transporte”, señala en conversación con El Comercio el internacionalista Enrique Banús, director del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Piura. “Esto afecta directamente a la ciudadanía, especialmente a quienes dependen del transporte para ir a trabajar, pero se extiende también a toda la economía con el aumento del costo de los alimentos y del costo de vida”.
Y son alzas considerables. Según el analista Jorge Moreno, docente de la carrera de Negocios Internacionales de la Universidad de Lima, “desde el inicio de la guerra en Irán el petróleo ha subido 31,7%, el gas 23,9% y el diésel 28%, lo cual es un incremento fuerte que afecta la producción, la generación de energía eléctrica, la calefacción de las casas y el transporte de personas y bienes”.
Desde el inicio de la guerra en Irán el petróleo ha subido 31,7%, el gas 23,9% y el diésel 28%. (Foto de PHILIPPE HUGUEN / AFP)
/ PHILIPPE HUGUEN
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Una situación que ocasiona un mayor impacto en el Viejo Continente, explica el experto, debido a que si bien es conocido que por el Estrecho de Ormuz circula el 20% del crudo mundial, menos difundido es que el 5% de este se destina a Europa (y el otro 15% a Asia), convirtiéndola en una de las fuentes más importantes de abastecimiento del bloque a pesar de sus intentos de diversificar proveedores.
Frente a este escenario, la Comisión Europea está planteando una serie de medidas con las que busca paliar el impacto de la escasez energética en el bloque, entre las que destacan iniciativas para reducir el consumo. Moreno detalla que “se ha recomendado bajar la velocidad máxima en las carreteras, fomentar el uso del transporte público, reducir sus tarifas, establecer días sin autos y buscar alternativas al transporte aéreo en distancias cortas”.
Sin embargo, la medida más ambiciosa es el impulso al teletrabajo. “Lo que la Comisión Europea está planteando es que se establezca un día de teletrabajo obligatorio a la semana, tanto en el sector público como en el privado. Es la primera vez que se plantea eso”, resalta Moreno.
Sin embargo, la respuesta de Bruselas también muestra los límites del bloque, ya que estas estipulaciones de la Comisión Europea “no se están tomando como medidas directamente, sino recomendando a los Estados miembros que las tomen”, aclara Banús. Es decir, la ejecución queda en manos de los gobiernos nacionales.
A estas medidas para reducir el consumo se suman posibles subvenciones a sectores afectados, como el transporte o la agricultura, en un contexto donde las reglas comunitarias podrían flexibilizarse.
“Cabe señalar que por el derecho comunitario, las subvenciones no están permitidas, excepto en determinados casos”, destaca. “Entonces, considerar que subvenciones para ciertos sectores, como la agricultura, o el transporte, pueden ser compatibles con el derecho comunitario, pues allí es donde la Comisión Europea puede intervenir más”.
También algunos países han comenzado a actuar de forma independiente, con Alemania, por ejemplo, evaluando ayudas directas de mil euros a los trabajadores para compensar el aumento del precio del transporte.
“Es una medida muy debatida y todavía no se sabe si se va a ejecutar o no”, añade. “Aquí la Comisión Europea tiene que reaccionar porque su empeño siempre es que los estados se coordinen entre sí y recordar que todos están en el mismo barco”.
Adicionalmente, el carácter no vinculante de las recomendaciones implica que podría darse una aplicación desigual en el bloque. “Cada uno de los 27 estados miembros tendrá que decidir”, recuerda Moreno, quien añade que esta propuesta aún es un borrador y deberá ser evaluada por las naciones integrantes cuando se reúnan en Chipre el 22 de abril.
En la imagen, un buque de carga frente a la costa de la ciudad de Fujairah, en el estrecho de Ormuz, en el emirato septentrional. Foto: Giuseppe CACACE / AFP
/ GIUSEPPE CACACE
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Sean estas adoptadas uniformemente o de manera desigual, ambos expertos coinciden en que estas medidas tienen un alcance limitado. “Son medidas que tienen un efecto transitorio, que ayudan a aliviar el bolsillo de la ciudadanía, pero no resuelven el problema de fondo que sería finalizar la guerra”, considera Banús.
Una situación en la que la Unión Europea muestra una capacidad de influencia muy reducida. Por un lado Teherán, con el que nunca ha tenido una relación cercana; y por otro Washington, con el que los vínculos se han enfriado a puntos no vistos históricamente desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump.
“Actualmente su papel es limitado. No está siendo protagonista en las negociaciones, y existe una distancia importante con Estados Unidos”, afirma Banús. “Otros actores como Pakistán o Turquía tienen mayor presencia en este momento.”
Adicionalmente, tanto Banús como Moreno sostienen que el mismo hecho de que Bruselas se encuentre discutiendo estas medidas demuestra que el bloque se prepara para un impacto prolongado.
“La implementación de estas medidas muestra que la Unión Europea sabe que el efecto en el precio de los combustibles va a durar un tiempo considerable, independientemente de si la guerra termina mañana o en unos meses”, sostiene Moreno.
En la misma línea, Banús advierte que incluso el fin del conflicto no implicará una solución inmediata: “No es realista pensar que al día siguiente de terminar la guerra todo vuelva a la normalidad y se sabe que los períodos de posguerra son duros y prolongados”, señala.
El desafío es entonces reducir su vulnerabilidad energética, aunque sus opciones presentan limitaciones, sobre todo a corto plazo.
Por un lado, desde la invasión rusa a Ucrania el bloque ha buscado diversificar sus fuentes de abastecimiento. “Tienen varias alternativas como Estados Unidos, Noruega o Azerbaiyán”, explica Moreno. Sin embargo, advierte que no todos los recursos son equivalentes: “El petróleo del Golfo Pérsico es de mejor calidad, más rico en combustibles como gasolina o diésel, lo que complica reemplazarlo completamente”.
En paralelo, Europa impulsa la transición hacia energías renovables, aunque su capacidad sigue siendo insuficiente a estas alturas. “Las energías renovables ayudan, pero todavía no cubren la gran demanda energética, especialmente en la industria y la calefacción”, asevera Moreno.
El debate más controvertido gira en torno a la energía nuclear. Mientras países como Francia apuestan por ampliarla, otros como Alemania han optado por cerrarla tras el desastre en Fukushima. “Ese es un debate que en algún momento tendrá que abordarse de manera más coordinada”, apunta Banús.
A corto plazo, sin embargo, las alternativas son limitadas. “Por lo pronto, la Unión Europea no tiene muchas opciones”, reconoce Banús.
Una situación de vulnerabilidad que ya les ha pasado factura, con Moreno recordando que según la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, “la guerra ha generado un sobrecosto de 22.000 millones de euros en importaciones de combustibles fósiles en 44 días”.




