Una noche de noviembre del 2021, en un bosque de la frontera entre Polonia y Bielorrusia, varios miles de personas acamparon frente a una alambrada. Familias de Iraq y de Siria, niños envueltos en mantas, fogatas que la nieve iba apagando. Del lado polaco, reflectores y soldados. Parecía una crisis de refugiados como tantas. No lo era. A esas familias les habían vendido el viaje en Bagdad, las había recibido el gobierno de Bielorrusia, el aliado más fiel de Moscú, en el aeropuerto de Minsk, las había llevado en autobús hasta la frontera y les había entregado tenazas para cortar el alambre. Los que se las entregaron llevaban uniforme. Aquellas personas no eran refugiados: eran munición. En los manuales militares esto tiene nombre, guerra híbrida, y consiste en golpear a un país sin disparar un tiro. Y el método no lo inventó Minsk. Seis meses antes, Marruecos había abierto la puerta de Ceuta a 8.000 personas en dos días porque España había acogido en un hospital, bajo nombre falso, al jefe de la guerrilla que Marruecos combate en el Sahara. En el 2020, Turquía había hecho lo mismo en la frontera con Grecia. Tres países, tres fronteras, un arma.
Lo raro es que esa arma se use contra un gigante. Los países de Europa, sumados, gastan hoy en defensa más que Rusia y China juntas. Tienen más soldados que Rusia: un millón setecientos mil frente a un millón trescientos mil. Su economía es diez veces la rusa, y la rusa es, en tamaño, proporcional a la de Italia. Y la industria además ha despertado: en el 2022 Europa entera fabricaba menos de 300.000 proyectiles de artillería al año, mientras Rusia producía tres millones; en el 2026 fabrica entre dos y tres millones, y una sola empresa alemana, Rheinmetall, tiene pedidos en cartera por ochenta mil millones de euros y llegará el año próximo a un millón y medio de proyectiles anuales, más que toda la industria de Estados Unidos. Con esas cifras nadie debería tener miedo. Y sin embargo lo hay, por dos razones que conviene tener claras.
La primera es la dispersión: Europa fabrica doce modelos distintos de tanques mientras Estados Unidos fabrica uno, porque cada país europeo protege su fábrica, y doce modelos son doce cadenas de repuestos, doce municiones y doce manuales. La segunda es peor. Europa es un ejército con muchos cañones y sin ojos: los satélites que ven, los aviones que reabastecen en vuelo, los radares que avisan y los misiles que derriban misiles son estadounidenses, y Washington lleva años anunciando que se quiere ir. Los analistas calculan que reemplazarlos tomará hasta el 2030 o el 2032. La situación europea, acaso, se asemeja a la del Perú de 1879 con el Huáscar: un buque magnífico con marineros excepcionales, pero sin fábricas que le hicieran carbón. La pregunta es si Rusia esperará.
Moscú, mientras tanto, pareciera entender que difícilmente ganará una guerra de fábricas. Por eso libra otra: una guerra de voluntades. Un enemigo militarmente inferior no ataca al ejército del adversario; ataca a su sociedad, y busca las grietas por donde meter la cuña. Europa tiene dos, y Moscú las conoce mejor que los europeos. La primera es la migración. La ola de un millón de personas que entró en el 2015 hizo caer gobiernos, llevó partidos extremos a todos los parlamentos y demostró a Moscú que no hacía falta invadir para desestabilizar: bastaba con empujar gente hacia la frontera. La segunda grieta es política, y es la que permite que la primera grieta funcione: una izquierda europea que trata cada control de frontera como una traición moral, cada euro que pasa del estado del bienestar a la munición como un robo, y que considera a los militares un enemigo de clase mucho más peligroso al que representa un lejano e hipotético invasor. Enfrente, un sector de la derecha indignada y nacionalista de Europa admira, aunque de manera soterrada y en silencio, el modelo de Moscú. Y claro que Rusia financia y alienta a las dos puntas, porque ambas le son estratégicas. El resultado es un continente que debe gastar un tercio de su riqueza en abuelos y hospitales, y que necesita trescientos mil soldados más y no encuentra quién se quiera poner el uniforme. ¿O acaso abundan los defensores de un modelo social y político que pareciera empeñado en degradarse?
Todo esto ya ocurrió una vez, y vale la pena contarlo entero. En setiembre de 1939 Alemania invadió Polonia. Francia y Gran Bretaña le declararon la guerra y, durante ocho meses, no hicieron nada: los franceses llamaron a ese invierno «la guerra de mentira». En mayo de 1940, cuando Alemania atacó por fin, Francia tenía más tanques que Alemania, y mejores. Cayó en seis semanas. Y no cayó por falta de armas. Cayó porque durante ocho meses vio caer a Polonia y siguió discutiendo entre sus partidos, con una izquierda que había pasado la década anterior desconfiando de sus propios generales y una derecha que decía en voz alta que prefería a Hitler en París antes que a los comunistas. Cayó porque Estados Unidos había prometido a sus votantes, con leyes de neutralidad, no meterse en guerras europeas. Y cayó porque fue al frente sin los hombres que dejaron de nacer durante la guerra de 1914, cuando murieron un millón cuatrocientos mil franceses. Los elementos, sorprendentemente, parecieran repetirse en la actualidad: una Ucrania que ya combate, Washington que se retira, una generación entera que hace falta, y países divididos en facciones que se odian más de lo que temen al enemigo. Un historiador llamado Marc Bloch, que fue oficial durante la derrota francesa y murió fusilado por los alemanes en 1944, dejó escrito que París tenía los tanques y la potencia necesaria para acabar con Hitler. Pero hizo falta un país.
¿Qué pasaría, entonces, si Rusia atacara a Europa y Estados Unidos no interviniera? La pregunta está mal planteada, porque supone que el ataque no ha empezado. Nadie lanza una carrera de tanques hasta el Atlántico contra dos potencias nucleares, y Moscú lo sabe mejor que nadie. Por eso eligió otra guerra, la que ya se libra: cables submarinos cortados en el Báltico, drones que cierran aeropuertos durante horas, incendios en depósitos y fábricas, dinero para los partidos de las dos orillas, y familias de Medio Oriente y de África empujadas contra las alambradas. Cada golpe es lo bastante pequeño para no merecer una respuesta y lo bastante grande para dejar marca; sumados, dibujan una guerra sin declaración en la que el agresor fija el ritmo y el agredido discute si de verdad lo están agrediendo. Es la misma trampa de 1939: ocho meses de una guerra que nadie quiso llamar guerra. Y Europa, hoy como entonces, es incapaz de responder. No porque le falten cañones, sino porque responder exige ponerse de acuerdo en quién es el enemigo, y un continente donde una mitad ve en el soldado una amenaza y la otra admira en silencio al agresor no puede ponerse de acuerdo en eso. Un día, quizá, Rusia tomará una ciudad de Estonia de 60.000 habitantes, donde el 90% habla ruso, y apostará a que ningún gobierno mandará a sus hijos a morir por un nombre que sus votantes no saben ubicar en el mapa. Pero para entonces la guerra llevará años decidida, pues en aquel bosque polaco no se decidía si Europa tiene cañones. Se decidía si tiene un país, y cinco años después la respuesta sigue sin llegar.



