En esta película, Toni Servillo interpreta a Mariano de Santis, presidente de Italia. Está a pocos meses de dejar el cargo y tiene en carpeta una ley de eutanasia. ¿Debe promulgarla antes de entregar el cargo? ¿O dejarle la pesada mochila a quien será su sucesor? El protagonista de “La Grazia” es un mandatario atribulado por ese dilema. Es, en suma, un hombre que duda.
El italiano Paolo Sorrentino, director de la película, construye a un personaje fascinante. Porque De Santis –presidente ficticio– es un político con el que empatizamos (qué cosa rara). Es un presidente pensante en tiempos de Trump, sobrio en tiempos de Milei, sensato en tiempos de Putin. El traje de dignatario que diseña Sorrentino –y que Servillo lleva puesto con serenidad y prestancia– parece demasiado grande para los poderosos de nuestra era. Desde la ficción, su retrato luce como un respuesta alturada a la más grotesca realidad.
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“Un aspecto que ha sido profundamente subestimado en los políticos es la distancia entre su imagen personal y su figura pública”, reflexiona Sorrentino, cigarro en mano, en una conversación por Zoom con El Comercio. “Donald Trump nos permite comprender eso muy bien, porque es un hombre con muy pocos filtros entre lo que es y lo que aparenta. Antes, los políticos eran capaces de ocultar sus verdaderas personalidades mediante una escenografía o una máscara. Ahora no ocultan nada, y eso nos ayuda a entender cuán peligroso es tener a políticos con severos problemas personales. Infantiles, manipuladores, oportunistas”.
“La Grazia” fue estrenada en el Festival de Venecia del año pasado, y allí obtuvo el premio al mejor actor gracias al memorable papel de Toni Servillo. El intérprete italiano de 67 años es un colaborador habitual de Sorrentino; su actor fetiche, dirían algunos. Juntos han brillado en películas como “Il Divo” (2008), “La gran belleza” (2013), “Fue la mano de Dios” (2021), entre otras.
Desde distintos ángulos y ejes temáticos, pero siempre con el tono barroco, irónico y al mismo tiempo existencialista, Sorrentino ha encontrado en Servillo a un representante idóneo de lo que es la Italia actual: conservadora y hedonista, orgullosa y dubitativa, tradicional y arriesgada, según convenga. Entre esas paradojas y contradicciones es que esta dupla se acomoda a sus anchas. Y “La Grazia” cumple nuevamente con estas características.
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En esa línea, la elección de la eutanasia como el tema en discusión de la película tampoco es gratuita. El debate atraviesa décadas y culturas –en el Perú sonó fuertemente con el caso de Ana Estrada, y España quedó consternada hace poco por la situación de la joven Noelia Castillo–, y sigue generando conflicto por razones éticas, religiosas y hasta médicas.
“Sobre la eutanasia, hay una frase que escuché hace unos años que me cambió la vida –responde Sorrentino cuando le consultamos por dicha cuestión–. Una mujer enferma que había pedido en múltiples ocasiones la muerte asistida, y que en todas le fue negada. Recuerdo que ella decía: ‘Ustedes nos niegan ese derecho porque solo se enfocan en la idea de que queremos morir, pero no tienen idea de todos los esfuerzos y el sufrimiento que hemos pasado por tratar de vivir’”.
El director italiano Paolo Sorrentino, construye a un personaje fascinante en «La Grazia». (Foto Kiran RIDLEY / AFP)
/ KIRAN RIDLEY












