Hay equipos que encuentran una buena racha y otros que construyen una identidad. Cienciano parece estar haciendo lo segundo. El 6-1 sobre Botafogo, campeón de la Copa Libertadores 2024, no fue solamente una goleada histórica. Fue la confirmación de que el ‘Papá’ encontró una fórmula para competir internacionalmente y hacer del Cusco un territorio donde los grandes también pueden caer.
Primero fue Lanús, vigente campeón de la Copa Sudamericana. Cienciano perdió 2-0 en Argentina, pero convirtió la vuelta en una tormenta: goleó 4-0 en el estadio Inca Garcilaso de la Vega y avanzó. Después llegó Botafogo. El campeón brasileño parecía tener argumentos suficientes para resistir, pero se marchó del Cusco con seis goles encima.
Ahora aparece Montevideo City Torque (este miércoles, 7:30 p.m.). Otra vez un equipo que no está acostumbrado a jugar a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar. Y otra vez Cienciano tendrá una ventaja que aprendió a utilizar.
La altura no gana partidos por sí sola. Pero cuando un equipo sabe cómo utilizarla, puede convertirse en un arma.
Nahuel Ferraresi, defensor de Botafogo, lo explicó después de la goleada con una sinceridad que pocas veces se escucha: “La verdad que la gente no tiene idea de lo que es jugar en la altura. A partir de 3.000 metros al nivel del mar, es imposible, literalmente imposible”.
Cienciano sabe que ese desgaste existe y juega con él. Presiona, acelera cuando el rival comienza a perder oxígeno y castiga los espacios que aparecen cuando las piernas dejan de responder. “Somos un equipo que sale a buscar el partido, a presionar alto, llegar por los costados y poblar el área”, describió Cristian Ruggeri, sobrino del ‘Cabezón’ Ruggeri y asistente técnico de Melgarejo, en conversación con este Diario. “Tenemos un grupo espectacular, uno que siempre va hacia adelante. Y es la mentalidad que le hemos dado con Horacio (Melgarejo)”, añadió.
Pero hay un detalle más importante: el ‘Papá’ no solamente espera que la altura haga su trabajo. La entrena.
Dentro de Cienciano describen los entrenamientos de Horacio Melgarejo como exigentes, casi militarizados. Jornadas de alrededor de dos horas, trabajos incesantes, rotación constante de futbolistas y mucha táctica.
El técnico argentino quiere que sus jugadores sepan exactamente qué hacer cuando recuperan la pelota, cuándo presionar y cómo atacar los espacios. Pero hay otra característica que parece explicar el éxito: la relación con el plantel.
“Los jugadores están a morir con el entrenador, los respaldan como nunca he visto respaldar un futbolista a un técnico en el tiempo que llevo trabajando en el club”, cuenta una fuente del club. Y Ruggeri lo confirma: hay una conexión especial entre los jugadores y el cuerpo técnico.
Kevin Becerra lo resumió después de la clasificación ante Botafogo: “Este grupo está para soñar en grande, pero hay que ir paso a paso porque sabemos que estamos representando a la ciudad del Cusco y al fútbol peruano y hay que dejarlo siempre en alto”. No es una frase menor.
Cienciano viene de eliminar a Botafogo de la Copa Sudamericana.
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Melgarejo no parece entender el fútbol como un trabajo de ocho horas. Según cuentan dentro de Cienciano, llega antes que todos y se marcha después. Puede pasar buena parte del día en las instalaciones del club analizando partidos y preparando entrenamientos. Su obsesión incluso continúa fuera de la cancha.
Joaquín, su hijo, contó a El Comercio que ambos pueden pasar horas mirando partidos y estudiando rivales. Fútbol argentino, brasileño, peruano. Lo que aparezca. El análisis no se detiene. “Se nos pasa el día viendo a los rivales, compartimos la misma locura por el fútbol”, contó. Esa obsesión también explica cómo terminó en Cusco.
Antes de llegar al Perú, Melgarejo comenzó su recorrido en España, pasó por las divisiones formativas de Quintanar del Rey y Albacete y dirigió al Tomelloso. Luego trabajó como asistente en Atlético Baleares y Lleida Esportiu, hasta asumir como entrenador principal del Baleares en 2017.
En 2021 llegó al fútbol peruano como asistente de Ángel Comizzo. Pasó por Universitario, Deportivo Municipal y Atlético Grau antes de dirigir a ADT y, finalmente, encontrar en Cienciano un lugar donde su manera de entender el fútbol parece haber encajado perfectamente.
En 2003, Cienciano descubrió que desde Cusco también se podía conquistar Sudamérica. Aquel equipo de Freddy Ternero levantó la Copa Sudamericana y un año después ganó la Recopa. Veintitrés años después, el ‘Papá’ vuelve a caminar por un camino parecido.
No hay que compararlo todavía con aquella generación. Sería injusto. Tampoco hay que hablar de una nueva Copa como si estuviera al alcance de la mano. Pero sí hay algo que nadie puede discutir: Cienciano encontró una manera de competir.
Tiene la altura. Tiene un estadio que se volvió fortín. Tiene jugadores convencidos de que pueden vencer a cualquiera. Y tiene un entrenador que vive pensando en fútbol.
Ahora viene City Torque. Otro rival. Otra historia. Pero la misma montaña. Y en Cusco, después de Lanús y Botafogo, ya nadie mira al ‘Papá’ de la misma manera.
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