Corrían días de incertidumbre, mientras se contabilizaban las actas electorales del extranjero. La esquiva victoria de Keiko Fujimori, en su cuarto intento, se hacía realidad voto a voto. En las cafeterías de Upper Angamos reinaba un cauteloso optimismo; los trumpistas de Dasso, en cambio, temían lo peor. Primero fueron mensajes a través de canales de WhatsApp, grupos combativos del tipo Patriotas en Vigilia o Comunismo Nunca Más, que transmitían las alertas. Luego, algunas empresas de seguridad privada –con información de ‘inteligencia’– encendían más alarmas. Hordas de comunistas del ‘interior’ (ese otro país limítrofe con Lima), con alta capacidad de movilización, no permitirían que se consagrara el triunfo de Fuerza Popular. (¿Acaso usted pensaba que los sombreros se iban a quedar con los brazos cruzados?). Se compartían mapas del sistema vial nacional con señalizaciones en rojo de presuntas tomas de carreteras, calles y plazas. Iniciativas privadas tecnológicas creaban aplicaciones para móviles, Google Maps de alerta patriota. Se filtraban los pepetés de consultores conocedores de la amenaza comunista que certificaban los escenarios que pronosticaban a nuestra humilde democracia en peligro. Al final, llegó 28 de julio sin marcha de los suyos para tranquilidad de los nuestros; el fantasma del comunismo no fue más que un susto y el nuevo gobierno se posicionó sin sobresaltos, sin ninguna toma ni piedras en el camino.
El rechazo a la izquierda, en cualquiera de sus modalidades –temor, desprecio, asco–, es una institución histórica en nuestro país. Quienes portan la identidad anticomunista tienen razones para ello. Algunas justas; otras no necesariamente. Pasa lo mismo que con la aversión al fujimorismo. Sin lugar a duda, el mayor daño causado a nuestro país en el siglo pasado fue la trasnochada impronta revolucionaria. Más que doctrina, el empecinamiento de que se puede llegar al poder por el fusil, que capturó la mente y los corazones de miles, quizás millones de compatriotas. Los más extremistas, se encargaron de convertir la teoría en sangre. No casualmente una de las pocas facciones provincianas de todo el árbol partidario y faccional de la izquierda (Sendero Luminoso) fue quien ejecutó el desquicio. No se debe olvidar ni justificar la destrucción terrorista que causó el marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento Gonzalo. Repito, hay razones para ser anticomunista. Pero el anticomunismo no se puede convertir en la capa identitaria para la exclusión política de quienes proponen Estado y redistribución a cambio de mercado y chorreo. Tampoco para seguir afianzando las jerarquías de dominio y discriminación que están en la base de nuestras estructuras sociales.
Cuando el anticomunismo se convierte en un reduccionismo sociológico, justos pagan por pecadores. Pasa de ser una posición sensata a una herramienta de exclusión social. Cualquier protesta social legítima, reclamo político postergado, desencuentro histórico es simplificado en estereotipos que expulsan a sectores sociales de la pertenencia colectiva, del sentido del ‘nosotros’. Si el sur andino vota distinto a Lima, es porque “son comunistas”; lo mismo si una ronda campesina levanta una bandera ambientalista o un colectivo proclama su orgullo sexual distinto al heterosexual. El verde es rojo; el arcoíris, también. En esta gramática reduccionista, las razones del descontento social no obedecen a la desigualdad social o la pobreza, sino a mentes poseídas por cualquier variante del marxismo (Mao y Gramsci, incluidos). Como la insatisfacción social no sería material sino ideacional, la protesta no solo no es justificada sino es inmoral, es un acto de “traición a la patria” [sic]. Así, la pirámide social se transforma en una pirámide moral.
Esta variante anticomunista deshonesta no se crea ni se expande naturalmente. También tiene su propia industria cultural (como la del antifujimorismo). Se trata de científicos sociales espontáneos, altamente ideologizados, radicales de derecha, que sintonizan con el sentido común más autoritario y conservador de esta parte del espectro político. Producen su propia literatura de divulgación, en formato ‘batalla cultural’; sus propias consultorías financiadas por quienes buscan corroborar prejuicios antes que desasnarse. Son los speechwriters de sendos comunicados; son ghostwriters y ghostbusters. Generalmente no cuentan con formación académica, pero sí con expertise. Practican el terruqueo fácil. Deforman el entendimiento de la realidad social peruana; degradan el análisis. Se han convertido en una alternativa de sociología barata, aprovechando el desprestigio de las escuelas tradicionales de ciencias sociales. La respuesta a la ideologización de la producción ensayística (y no científica) de las universidades peruanas no vino de otros claustros, sino de ‘labs’ y ‘start-ups’.
Cuando este tipo de anticomunismo liviano alcanza a los tomadores de decisión (públicos y privados), toda posibilidad de reconciliación nacional se evapora. Para el entendimiento de las élites, el comportamiento de los peruanos de a pie no se entiende más por racionalidades a deshilvanar sino por ideologías que desenmascarar. Grandes incógnitas de nuestra realidad como la informalidad y la debilidad estatal quedan desenfocadas de la atención que ameritan. De esa manera, la elaboración de políticas públicas nunca dará en el blanco. Sobre todo, en un gobierno que carece de doctrina propia más allá de su santísima trinidad de albertismo, Constitución del 93 y pragmatismo. Estamos atrapados ante la incapacidad de construir interpretaciones propias de nuestra sociedad, más allá de los catalejos que expenden el antifujimorismo y el anticomunismo. Quienes se erigen por señalar a los culpables de nuestro subdesarrollo, de uno y otro lado del continuo ideológico, son los que menos contribuyen a salir del hoyo.



