Al cierre de esta edición, parece inminente el pleno de emergencia que ha venido empujando un grupo de congresistas desde que se destapó el ‘Chifagate’, el escándalo por las reuniones sostenidas entre el presidente José Jerí y empresarios chinos fuera de su despacho. El pleno posibilitaría que se debatan las mociones de vacancia o censura que se han presentado: ocho en total (siete de censura, una de vacancia).
La diferencia entre ambos recursos es insoslayable por los umbrales que manejan: 66 votos (mayoría simple), para el primer caso, y 87 votos, para el segundo.
Pero, al estar en receso el Parlamento, deben juntarse 78 firmas, que hoy no parecen tan lejanas, luego de semanas en que se fueron sumando a cuentagotas.
Como sabemos, el caso motivó muchas indagaciones periodísticas, que han escrutado el comportamiento del actual mandatario antes de ocupar la presidencia. De hecho, a contracorriente de lo que fue el ímpetu presidencial de sus primeros días, cuando el mandatario declaró que estaba “a la ofensiva”, hoy Jerí se encuentra a la defensiva. Un claro indicador de ello es el descenso de su proactividad frente a las cámaras o los micrófonos.
Sus últimas publicaciones en X son reposteos, incluyendo la del embajador estadounidense sobre el presunto cambio en la dieta presidencial. En efecto, la última vez que el presidente publicó motu proprio fue en enero pasado, tras un resbalón en un acto público en Chiclayo.
¿Tiene Jerí los días contados? Las probabilidades parecen altas. Sin embargo, sea cual sea el desenlace, este tomará algún tiempo. De hecho, la primera discusión debe definir si se trata de censura o vacancia lo que se vote en el pleno.
Si la preocupación por la estabilidad es real, contar con un plan de sucesión relativamente claro ayudaría a reducirla, lo que no ocurrió durante la precipitada coyuntura de octubre pasado, cuando se vacó a Dina Boluarte. Como vemos, se trata de una cirugía de alta complejidad para un muy discreto y comprometido liderazgo congresal.
Por el contrario, si el presidente logra mantenerse en el cargo, seguramente el resto de su mandato sea una reiteración de las últimas semanas: un jefe del Estado preocupado en ofrecer descargos por comportamientos pasados y presentes, y apocado en el grueso de sus actividades de gobierno. Parece que el inicial y prometedor “a toda máquina” ha entrado en modo “ahorro de energía”.
Pero al margen de cualquier desenlace, las dudas que Jerí ha sembrado con su comportamiento son un pasivo para la democracia peruana del que deberíamos sacar algún aprendizaje. Al hacerlo, valdría la pena considerar lo que Jorge Medina dice: “En democracias frágiles, la duda no protege a las instituciones. Simplemente las vuelve funcionales a la impunidad” (LinkedIn, 6/2/2026).
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