Como cada cinco años, un pronóstico sísmico remece la templanza de los cafés sanisidrinos: la amenaza de un ‘outsider’ de izquierda pasando a la segunda vuelta. Ante este escenario apocalíptico, conspicuos líderes de opinión alertan: el “electarado” (Aldo Mariátegui ‘dixit’) de derecha, de Lima y balnearios debería apoyar a un solo candidato. Fragmentarse entre fujimoristas, porcinos y mentigrozos sería una estupidez. ¡Trumpistas de Dasso, uníos; mileístas del Metropolitano, saquen la motosierra; pinochetistas de Eisha, construyan zanjas anticomunistas en la arena!
La predicción de esta hecatombe parte de la premisa de que el electorado peruano se ha mantenido más o menos quitecito desde el 2021: un 20% dispuesto a endosar sus votos a un radical de izquierda y un 30% dividido en el campo diestro. La mitad restante entre centristas despistados y desafectos no saben o no opinan, grafican un hiato en medio de una polarización creciente. Pero cabe la posibilidad de que, luego de tantas crisis presidenciales, de una situación de inseguridad agravante y de una movilización sin fronteras de la derecha más ultra, la cultura política del país haya variado lo suficiente como para considerar una situación alternativa. ¿Cabe acaso la posibilidad de que la izquierda se haya encogido, y la derecha, expandido?
Veamos la última fotografía de las encuestas: las candidaturas de izquierda (López Chau, Sánchez y Atencio) sumadas no pasan del 10%, mientras que las candidaturas de derecha que están arriba en las encuestas (López Aliaga, Fujimori, Álvarez y Grozo) ya alcanzan a un tercio de los encuestados. Quedan por definir un 40% sin preferencias manifiestas, y otro 20% entre candidatos anodinos que luchan por salir del margen de error. Los apocalípticos consideran que ese gran porcentaje de indecisos son izquierdosos encaletados en la indecisión, pero que terminarán apostando por una candidatura zurda.
Efectivamente, los electores de izquierda (a diferencia de los de derecha) suelen resolver sus problemas de acción colectiva en las últimas semanas de campaña y concentrar sus voces detrás de la plancha más telúrica del momento (Humala en el 2011, Mendoza en el 2016, Castillo en el 2021). Sin embargo, en la actual contienda, dicha oferta de candidaturas presidenciales ha sido paupérrima en carisma y en conmoción. López Chau no sale de su nacionalismo ‘vintage’, Sánchez es demasiado otorongo para disfrazarse de Castillo, y el posbermejismo ha resultado minúsculo. Por lo tanto, la rabia antisistema fácilmente podría marcarse en votos viciados o simplemente contribuir al ausentismo, en vez de optar por alguien que ni siquiera alcanza el consuelo de ser mal menor.
Por otro lado, el electorado de derecha podría aumentar. No necesariamente por el carisma de sus líderes, sino por la premura de los peruanos de buscar orden (no tanto así la refundación). Atravesamos por una temporada de derechización de la derecha en el Perú con dos alternativas conservadoras, una para los de arriba (López Aliaga) y otra para los de abajo (Fujimori), quedando espacio para una o, inclusive, dos candidaturas (Grozo y Álvarez) disputando la centroderecha, menos cucufata que Renovación Popular y con menos anticuerpos que Fuerza Popular. Es decir, contrariamente a quienes pronostican una nueva irrupción de un radical de izquierda en el balotaje, hay indicios para pensar que las tres candidaturas presidenciales más votadas este 12 de abril estarán a la derecha del centro político.
No seríamos el único país en la región con tres derechas. En los últimos comicios en Chile, tres de las cuatro candidaturas con más caudal electoral se ubicaron en el margen ideológico diestro: Evelyn Matthei liderando una derecha convencional (piñerista), José Antonio Kast encabezando una derecha conservadora (tan gremialista como pinochetista), y Johannes Kaiser ensayando una derecha más ultra y despeinada (emulando a Milei). Si bien estas tres vertientes comparten las mismas raíces dictatoriales, la fragmentación no puso en riesgo una cómoda victoria de Kast frente a la comunista Jeannette Jara. ¿Por qué no considerar que también nos dirigimos hacia una holgada victoria de la derecha en el Perú?
La crisis de inseguridad y el desorden político han movido al electorado en general hacia la derecha, y al electorado de este sector a radicalizarse aún más. Si bien no hay un Bukele peruano en la oferta presidencial, el peruano promedio es bukelista. Conservador moralmente, socializado políticamente en el colapso partidario, se ha vuelto más mano dura, no solo para luchar contra el crimen, sino también para estar por encima de la ley. Muchos peruanos ya han normalizado las diatribas de López Aliaga y muchos otros siguen convencidos de un fraude electoral contra Fujimori en el 2021. Pero también algunos se han quedado expectantes de una opción de derecha liberal, que, si no asoma, la inventan con un imitador o un oportunista. Por otro lado, la eventualidad de que una candidatura de izquierda pase a la segunda vuelta depende de una hiperconcentración de última hora que no se percibe (¿aún?) en las encuestas. La cantaleta de la asamblea constituyente o la trova de la refundación ya no enciende la pradera luego del espejo del fracaso constituyente chileno. La etiqueta de izquierdista está asociada más a estallidos sociales y caos, en un contexto que se demanda autoridad. Así que tampoco sería inusual ver a algunos renegados (ex)izquierdistas cruzando hacia la otra vereda.
La teoría del péndulo nos llevaría, después de Castillo, al otro extremo ideológico. Así, el final del actual proceso electoral podría concretar un giro mayor, gratificante para nuestro establishment, pero igualmente peligroso para nuestra democracia. Que los extremos gobiernen, así sean de derecha o de izquierda, no suele terminar bien. Así que esperemos que este creciente electorado de derecha termine optando por la versión más institucional, moderada y sobria.
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