sábado, marzo 7

Antes del inicio de la campaña electoral, bienintencionados ciudadanos con preferencias promercado anhelaban mayor unidad entre las candidaturas de derecha. Promovieron encuentros formales y casuales, mesas de diálogo y mesas de mantel largo, retiros reflexivos que terminaron en retiradas, todos intentos infructuosos. La derecha fue dividida a estas elecciones generales, y ahora, además, corre enfrentada sin lugar para la tregua. El reciente episodio de nuestra crisis política ha acentuado la zanja entre Fuerza Popular (FP) y Renovación Popular (RP). Mientras los primeros arriesgaron popularidad a costa de proteger la continuidad de José Jerí, los segundos apostaron por la carambola que terminó llevando a Palacio de Gobierno a una reliquia de la izquierda provinciana.

La bronca interdiestra ya es un clásico del torneo local. En el 2016, los tecnoliberales ‘ppkausas’ adoptaron la narrativa antifujimorista para enfrentar a los populista-conservadores ‘naranjas’. El conflicto entre las dos caras de una misma moneda derivó en el inicio de un ciclo de crisis que sufrimos hasta ahora. Diez años después, la disputa se focaliza en el sector conservador. Rafael López Aliaga encarna una derecha populista radical. No soporta el pluralismo (“[la meta es que] ni Fuerza Popular ni APP ni Podemos pasen la valla”) y practica una retórica maniquea en la que solo él confronta a un establishment presuntamente corrupto (“somos socialcristianos y… no estamos de acuerdo con el modelo de la derecha peruana”). Se ha posicionado más al extremo del continuo ideológico diestro, al punto de que otros candidatos, que naturalmente podrían apelar al espacio “mano dura” (José Williams, Roberto Chiabra), lucen ‘light’. En su afán de distinguirse, decide irse a un polo, distanciándose del resto de la derecha, pero también del país, del elector promedio. En esta ola de Trump’s y Milei’s en sociedades polarizadas ha optado por emular aquel radicalismo achorado. ¿Se imagina usted a ‘Porky’ moderándose políticamente en algún momento? Yo tampoco.

Con los años, FP se ha convertido en una derecha ‘mainstream’, a la que le han puesto la chapa de “cobarde” y está en crisis a nivel global. Encarna tanto los valores conservadores como la defensa del modelo sin capacidad de ofrecer algo nuevo al peruano post-Covid, más informal e inseguro que nunca. No se ha estancado en un dígito de apoyo debido al antifujimorismo, sino por aburrimiento. El problema de FP es que la mayoría de fujimoristas no terminan de entender el fujimorismo. Desde sus inicios había un componente de representación de clases sociales bajas y emergentes, que se fue perdiendo en la pugna política bajo las acusaciones de ser portadores de “ADN autoritario” (sic) y corrupción perpetua. Después del Apra del siglo XX y la Izquierda Unida ochentera, no hubo en el país otro movimiento político que se enraizara por tanto tiempo en las clases populares. Una conexión que se ha perdido, sin brújula a la mano para reorientar el camino. No es que RP le haya arrebatado esa llegada al mundo popular, porque López Aliaga cohesiona en torno a la bronca. En cambio, en sus buenos tiempos, el fujimorismo lo hacía sobre la base de la esperanza. En la actualidad es un souvenir. Al menos por ahora.

Hace unos días, un colectivo de influencers antifujimoristas, tan ‘progres’ como maniqueos, especuló sobre las chances de caída presidencial en caso Rafael López Aliaga o Keiko Fujimori ganasen la elección. Es una hipótesis plausible, pues el Ejecutivo elegido no tendrá mayoría parlamentaria que lo proteja del revanchismo de los perdedores. Dado que ambos candidatos presidenciales están en las antípodas de sus preferencias, estos líderes de opiniones sesgadas argumentaban que votarían por quien tuviese más probabilidades de ser removido, demostrando así una vez más las perversidades del voto “anti”. De cualquier manera, utilicemos esos escenarios: si López Aliaga cayese, sería reemplazado por Norma Yarrow. No sé si los ‘trumpistas de Dasso’, seguidores del exalcalde, endosan ese plan B. En caso Fujimori fuese destituida, más que Luis Galarreta, quedaría un partido.

Estamos ante una diferencia no menor para entender otra dimensión que diferencia a estas dos derechas. El ‘porkismo’ está más cerca de un movimiento personalista que de un proyecto colectivo. Es más, o menos, lo mismo que hemos tenido con políticos exitosos, de izquierda a derecha, que llegaron a la presidencia o alcaldías, pero que después de una gestión (o menos) desaparecieron como expresión política. Las derrotas electorales, políticas y judiciales que sufrió Fujimori, paradójicamente, le permitieron construir una organización. Al punto de que sabemos que, al renovarse cada nuevo ciclo político de cinco años, seguirá ahí, como desde 1990, para bien o para mal. Ello no solo aporta predictibilidad (en la incierta política peruana), sino también posibilidad de rendición de cuentas. Si usted votó el 2016 por PPK o el 2021 por Hernando de Soto, no tiene dónde pedir el libro de reclamaciones. Si lo hizo por Fujimori, sí. A la vez, es por ello que al fujimorismo le cuesta cada vez más convencer a su clientela. Lleva años sin capacidad de ‘delivery’.

El fujimorismo perdió la elección del 2011 y la del 2016, pero la del 2021 la perdió toda la derecha. En sus dos primeras campañas, Keiko Fujimori representaba a un tercio del electorado; en las dos últimas, apenas a un décimo. Si los candidatos no unieron a la derecha para estas elecciones, le tocará a su electorado hacerlo, sin esperar a una segunda vuelta. Las opciones parecen claras: o el ‘Bolsonaro peruano’ que capitaliza el malestar anticorrupción y la ira anticomunista, pero sin modales democráticos; o la ‘Kast peruana’ que sufre el desgaste de legislar sin gobernar y tiene el desafío de convertir la herencia autoritaria (pinochetista o fujimorista) en futuro democrático. Por ahora no hay más. Y, como siempre, usted decide.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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