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El fútbol en Argentina no es un deporte, sino una religión laica que organiza la memoria, la identidad y hasta las conversaciones más cotidianas. Desde ese lugar parte “La casaca de Dios”, una película que utiliza la figura de Diego Armando Maradona para hablar de algo más profundo que el deporte. “No podemos hablar de Argentina ahora sin hablar de su fútbol. Y a través de él nosotros podemos contar otras historias de nuestro pasado, porque en Argentina no se puede olvidar lo vivido”, dice Natalia Oreiro en entrevista con El Comercio
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El Mundial de 1986 no fue solo un torneo para Argentina: fue una forma de reescribir su lugar en el mundo. El partido contra Inglaterra, disputado en el Estadio Azteca, cargaba un peso simbólico evidente tras la Guerra de las Malvinas. En ese contexto, los dos goles de Maradona —uno polémico, otro extraordinario— funcionaron como una suerte de revancha emocional para un país todavía golpeado.
Esa dimensión histórica no aparece como simple referencia, sino como columna vertebral del relato. La película recrea incluso el momento en que Maradona intercambia su camiseta con el inglés Steve Hodge al final del partido, gesto que convierte la prenda en una pieza casi mítica y que, en la ficción, activa toda la trama.

Jorge Marrale interpreta a un utilero que emprende una cruzada personal para recuperar una reliquia del fútbol, en un relato donde la fe popular y la historia se entrelazan. (Foto: Difusión)
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Pero si el Mundial representa la euforia, la Guerra de las Malvinas introduce el reverso: la herida. El recuerdo del conflicto —que dejó cientos de muertos argentinos— atraviesa la historia de Tití como una ausencia permanente. “El asunto de la guerra es complicado porque aún se siente, ves a algún familiar o conocido que tiene una historia relacionada a ello, un abuelo que no está, un padre que no volvió, hablar de esa época es hablar de dolores y alegrías”, sostiene Oreiro.
La película no intenta resolver ese dolor, sino mostrar cómo persiste en lo cotidiano: en los silencios familiares, en las culpas acumuladas, en la imposibilidad de cerrar ciertas historias. “En hacer que no olvidemos el pasado”, resalta la actriz. El fútbol, en ese sentido, aparece como un lenguaje común que permite procesar lo que de otro modo resulta indecible.
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A eso se suma un elemento reconocible en toda Latinoamérica, las cábalas. “En Latinoamérica vivimos con varias incluso sin darnos cuenta. Es algo que nos une a casi todos, además de querer a Maradona de alguna forma, ya sea como mito o como jugador”, añade la actriz. En esa mezcla de superstición, memoria y fervor popular, “La casaca de Dios” construye un relato donde una camiseta puede cargar, literalmente, con el peso de un país.














