jueves, septiembre 24

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Uno de los investigadores asciende hasta el estrato superior del bosque, una zona que hasta ahora permanecía poco explorada por la ciencia. Foto: cortesía Luis Acosta

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El Bosque Seco Chiquitano de Bolivia se ve diferente a 20 metros de altura. Las copas de los árboles que conforman esta ecorregión se convierten en “autopistas aéreas” naturales por las que transitan animales poco estudiados por la ciencia. Sobre troncos duros en los que las hojas se pierden parcialmente en la época seca, habitan mamíferos que mantienen el equilibrio en uno de los bosques secos tropicales más grandes y mejor conservados del mundo.

Así lo explica la bióloga Kathrin Barboza, quien recuerda la primera vez que tuvo que trepar un árbol para instalar una cámara trampa en la que, meses después, vio cómo caminaba lentamente entre las ramas una carachupita de cola lanuda, o zarigüeya de cola de pincel (Glironia venusta), una especie catalogada como Casi Amenazada en Bolivia y de la que existe muy poca información científica.

Esta experiencia quedó plasmada en el estudio Mamíferos de dosel en el Bosque Seco Chiquitano de Bolivia, la primera investigación realizada en el país para conocer qué especies habitan en el dosel —el estrato superior del bosque, formado por las copas de los árboles—, una zona que hasta ahora permanecía poco explorada por los científicos.

Aunque durante décadas los estudios de fauna se concentraron en el sotobosque (suelo), sobre las cabezas de los investigadores existía un universo del que apenas había registros, cuenta Barboza. Allí viven animales que rara vez descienden a la tierra y cuya presencia ha permanecido casi invisible debido a la dificultad de trabajar a varios metros sobre el suelo.

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Los biólogos Luis Acosta y Nicolás Malpartida se preparan para escalar un árbol. Foto: cortesía Luis Acosta

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Tres meses después de instalar 12 cámaras trampa suspendidas entre los cuatro y 20 metros de altura, el equipo de biólogos conformado por Kathrin Barboza, Luis Acosta y Nicolás Malpartida presentaron las conclusiones de lo que encontraron en esta región que sirve de transición ecológica entre la Amazonía y el Chaco.

Entre los hallazgos más importantes, los biólogos documentaron 11 especies de mamíferos, entre ellos la carachupita de cola lanuda, que utilizan el dosel del Bosque Seco Chiquitano para desarrollarse.

“Queríamos empezar a aportar al conocimiento de la biodiversidad de este estrato arbóreo porque, en realidad, es muy desconocido. No había datos oficiales en Bolivia y sabíamos que podíamos encontrar cosas nuevas”, asegura Barboza a Mongabay Latam.

Los investigadores hicieron el muestreo a lo largo de tres meses, entre enero y marzo de 2023, con cámaras trampa programadas para tomar tres fotografías y un video de diez segundos cada vez que había un movimiento importante.

Cuando revisaban las más de 12 000 fotografías y los 4630 videos que recopilaron, apareció una imagen distinta. Sobre una rama avanzaba lentamente un pequeño marsupial grisáceo y cola gruesa, completamente cubierta de pelo. Era una carachupita de cola lanuda, el registro “estrella” del estudio.

P,X:L,20,24H,0 cmN,wbAEl registro estrella del estudio es la Glironia venusta, una especie Casi Amenazada en Bolivia y de la que existe muy poca información científica. Foto: cortesía Luis Acosta

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“La especie es de amplia distribución, pero con poco registro. En Bolivia se tenían pocos datos, y ahora, cuando colocamos las cámaras trampa, tuvimos la suerte de lograr el mayor número de registros. Creemos que pudo haber sido influenciado por cómo hicimos los soportes para las cámaras, que de alguna manera terminó atrayendo a la carachupa”, detalla Acosta.

El equipo logró identificar, de manera preliminar, al menos cinco individuos diferentes que se desplazaron hasta cinco kilómetros dentro del bosque, una información que permite abrir la puerta a nuevos estudios exploratorios.

“Muchos marsupiales actúan como polinizadores, dispersores de semillas y controladores de insectos. Aunque todavía no sabemos exactamente cuál es el rol de esta especie, no sería extraño que también cumpliera varias de esas funciones dentro del ecosistema”, señala el investigador.

Al finalizar el análisis de las fotografías y los videos captados por las cámaras trampa, los biólogos documentaron al mono michi, cusumbo o perro de monte, un pariente de los mapaches (Potos flavus), dos especies de ardillas y un roedor arborícola.

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Asimismo, registraron la presencia de tres primates, entre ellos el manechi negro (Alouatta caraya), una especie Casi Amenazada según la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y el mono león (Mico melanurus), cuya supervivencia se encuentra en riesgo por la deforestación y depende de las copas de los árboles para desplazarse, alimentarse y mantenerse conectado con otras poblaciones.

“La conexión que puede haber entre los árboles hace que los animales que no vuelan los puedan utilizar para poder trasladarse de un sitio a otro. Especies como esta [carachupita de cola lanuda] necesitan la conectividad del bosque para poder trasladarse. Es como su autopista arbórea”, afirma Barboza.

La investigación comenzó a finales de 2022, cuando la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC) lanzó una convocatoria para financiar proyectos científicos en el Centro de Estudios del Bosque Seco Tropical Alta Vista, un predio de más de 3000 hectáreas ubicado en el municipio de Concepción, en el departamento de Santa Cruz.

Los fondos, provenientes de un programa financiado por el Gobierno de Canadá, buscaban impulsar investigaciones que ayudaran a estudiar la recuperación de la Chiquitania tras los devastadores incendios forestales de 2019, en los que se quemaron millones de hectáreas.

Barboza y Acosta cuentan que mientras la mayor parte de los trabajos científicos seguían estudiando la fauna terrestre, ellos querían dirigir la mirada hacia arriba.

“El dosel del bosque es un estrato muy poco conocido. La dificultad logística para hacer muestreos en altura hace que existan muy pocos estudios. Entonces vimos que era una oportunidad para hacer los primeros registros oficiales de la biodiversidad del dosel”, afirma Barboza.

Aquella ausencia de información se convirtió en el principal motor del proyecto. “Sabíamos que algunos colegas estaban comenzando a hacer trabajos similares en otros ecosistemas, pero todavía no había datos oficiales sobre la biodiversidad del dosel en el país”, añade la investigadora.

Antes de instalar la primera cámara, los biólogos descubrieron que el mayor desafío no era encontrar a los animales, sino llegar hasta ellos. Ninguno de los integrantes del equipo tenía experiencia trabajando a 20 metros de altura. Por ello, primero tuvieron que tomar cursos especializados para escalar árboles de manera segura.

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La bióloga Kathrin Barboza instala una cámara trampa en el dosel del Bosque Seco Chiquitano. Foto: Cortesía Luis Acosta

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Barboza relata que aprendieron técnicas de ascenso, sistemas de seguridad, rescate y desplazamiento entre ramas. Después eligieron cuáles eran los árboles adecuados para instalar las cámaras y qué criterios debían cumplir para maximizar las probabilidades de registrar fauna.

“Teníamos que capacitarnos para hacer los estudios en el dosel por temas de seguridad. Ninguno de nosotros sabía trepar árboles. Sabíamos que iba a ser desafiante, pero no teníamos idea cuánto hasta el momento de estar en los sitios. Había muchos aspectos que debíamos considerar y que no estuvieron presentes en el momento de escribir la propuesta”, dice Barboza.

Por su parte, Acosta asegura que también fue una experiencia novedosa para él, ya que sólo había escalado árboles pequeños cuando era niño. “Para mí fue la primera vez que subí a un árbol con ese tipo de seguridad. Es interesante porque al inicio no tienes esa confianza; siempre necesitas tener el pie en la tierra para sentirte seguro”, cuenta.

Inicialmente, el proyecto contemplaba instalar 20 cámaras trampa, pero las dificultades del proceso para colocarlas en las ramas obligaron al equipo a reducir el número a 12. Barboza explica que mientras en un estudio convencional en el sotobosque es posible instalar hasta ocho cámaras diarias, en el dosel apenas lograron colocar dos por día.

Los investigadores aprendieron a escalar hasta 20 metros de altura para instalar las cámaras trampa. Foto: cortesía Luis Acosta

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Según dicen los investigadores, cada ascenso implicaba revisar cuerdas, transportar equipos y encontrar árboles adecuados para el registro, ya que es recomendable que las ramas estén en posición horizontal y que haya buena conexión entre las copas.

Las cámaras permanecieron activas durante tres meses, funcionando las 24 horas del día gracias a sensores de movimiento que registraban fotografías y videos cada vez que un animal cruzaba frente al lente.

“A mí me encantaba disfrutar la vista desde arriba. Poder ver el bosque seco desde la altura fue una experiencia muy interesante, considerando que fuimos en una época en la que todavía el Bosque Seco Chiquitano se ve verde”, comenta Barboza.

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El Bosque Seco Chiquitano es una ecorregión que se extiende casi en su totalidad por Bolivia, particularmente en el departamento de Santa Cruz, y en menor medida por el norte de Paraguay y el oeste de Brasil. Con una extensión de más de 24 millones de hectáreas, es uno de los bosques secos tropicales más extensos y aún mejor conservados del mundo.

El biólogo Huáscar Azurduy, responsable de la Unidad de Conservación y Restauración del FCBC y quien no formó parte del estudio, asegura a Mongabay Latam que los bosques secos tropicales a nivel general son de “mucha importancia en distintos ámbitos”, ya que albergan gran cantidad de especies endémicas y cumplen un rol de regulación climática e hídrica.

En el caso del Bosque Seco Chiquitano, Azurduy menciona particularidades que lo convierten en un ecosistema de alto valor para la biodiversidad de Bolivia: “Hay grupos de especies, grupos de organismos que no hay en otros bosques secos tropicales en el mundo. También hay recursos que son usados por los chiquitanos [pobladores indígenas] que tienen un valor vital para su subsistencia”.

Este ecosistema alberga a más de 1200 especies de mamíferos, aves, anfibios y reptiles, varias de ellas endémicas, como la rana chiquitana (Ameerega boehmei) y el escarabajo tigre chiquitano (Pometon bolivianus).

Sin embargo, desde hace algunos años, este bosque padece una serie de presiones que han puesto en riesgo su conservación. “Es un ecosistema que está bajo una fuerte presión por los incendios, la expansión agrícola y la ocupación del territorio. Todavía está en proceso de recuperación y necesitamos entender mucho mejor cómo responde su biodiversidad”, advierte Barboza.

De acuerdo con un informe de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), entre enero y noviembre de 2019, uno de los años más críticos por los incendios, se quemaron 6.5 millones de hectáreas de bosque en Bolivia, el 94 % en los departamentos de Beni y Santa Cruz, en la Chiquitania.

Aunque el fuego se repitió en menor gravedad en los siguientes años, la intensidad recrudeció en 2024 cuando más de 10 millones de hectáreas de bosque fueron consumidas por las llamas, de las cuales alrededor del 85 % se concentraron en la Chiquitania, según un informe del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (Cejis).

A ello se suma el avance de la frontera agropecuaria, la expansión de los asentamientos humanos y la fragmentación del bosque, procesos que reducen la continuidad del dosel y alteran precisamente esas “autopistas aéreas” de las que dependen numerosas especies.

Barboza explica que estas presiones en el Bosque Seco Chiquitano, particularmente en el dosel, representan un peligro para la biodiversidad de la región, considerando que se trata de un ecosistema “con características muy particulares”: es uno de los reservorios “más grandes del mundo de flora, fauna y agua”.

Este estudio pionero en Bolivia es un referente para la investigación del dosel de otros bosques de la región. Foto: cortesía Luis Acosta

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Azurduy sostiene que los esfuerzos para restaurar este ecosistema deben ir más allá de la simple siembra de plántulas para reforestar, pero también aclara que muchas veces el bosque “termina recuperándose con sus propias herramientas”, en un proceso de regeneración natural.

Luego de los resultados de este estudio, el siguiente objetivo es capacitar a más científicos bolivianos para que desarrollen investigaciones en altura en otros ecosistemas, utilizando técnicas de escalada y sistemas de seguridad especializados.

“Es una experiencia muy gratificante por los resultados que se han obtenido. Es una investigación que nos gustaría seguir haciendo porque queda mucho por ver. Lo único que está registrado es en una pequeña parte del Bosque Seco Chiquitano, falta ver qué pasa en la Amazonía, en el Cerrado. Todavía surgen más interrogantes para intentar conocer el bosque”, concluye Barboza.

Ferrero, N. M., Barboza-Marquez, K., & Salvatierra, L. H. A. (2026). Mamíferos de dosel en el Bosque Seco Chiquitano de Bolivia. Mammalogy Notes, 12(1), 535-535.

El artículo original fue publicado por Nicole Andrea Vargas en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.

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