El oro de Kimberly García en Brasilia, en los 21 km del Mundial de Marcha Atlética por Equipos, no inaugura nada, tampoco sorprende: confirma un proceso sostenido que la ha convertido en referencia global de la especialidad. Y, muy posiblemente, en la mejor deportista peruana de la historia.
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El dato es concreto: 1 hora:35 minutos:00 segundos para ganar una prueba que debutaba en el calendario y que, desde ahora, tendrá en su registro la primera gran marca de referencia. Pero la lectura es más amplia. García no solo compite contra rivales; compite contra el margen de error de una disciplina que sanciona la mínima imperfección. Y en ese terreno, la huancaína de 32 años ha aprendido a moverse con una precisión cada vez más estable.
No siempre fue así. Su carrera, como la de la mayoría de marchistas, se construyó en la repetición silenciosa, lejos de la visibilidad que suele exigir el alto rendimiento. Antes de ser campeona mundial, fue una atleta en proceso, con resultados irregulares y decisiones que la obligaron a reajustar su preparación. A dudar, como ella misma lo cuenta. Ese tránsito, más que sus medallas, explica su presente.
El punto de quiebre llegó en 2022. En el Campeonato Mundial de Atletismo, Kimberly García ganó los 20 km y los 35 km, un doblete que no solo la posicionó en la élite, sino que redefinió las expectativas sobre su carrera. A partir de ahí, dejó de ser promesa para convertirse en estándar.
Y he ahí un gran dilema: la alta expectativa sobre ella se convirtió también en presión. Pasó a convertirse en la gran candidata en toda competición para un país como Perú que urge héroes, hazañas, éxitos memorables. Esa urgencia, propia de un país en carencia de todo, terminó siendo un rival más con el que lidiar.
Dos años después, en 2024, sumó un nuevo título mundial en la marcha, confirmando que lo suyo no era un pico aislado. Sin embargo, ese mismo año dejó también una deuda abierta. Su participación en los Juegos Olímpicos de París 2024 no estuvo a la altura de su condición de favorita, en un resultado que contrastó con su dominio previo y que instaló una sensación de oportunidad perdida.
Desde entonces, cada competencia empezó a leerse en clave de respuesta. Kimberly se tomó un tiempo de desconexión para reinventarse. Brasilia, en ese sentido, no es solo una victoria más: es el inicio de una reivindicación. García volvió a imponerse en un escenario global, recuperó autoridad competitiva y, sobre todo, disipó dudas sobre su capacidad para sostenerse en la cima tras un traspié olímpico.
El camino hacia Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 empieza a definirse en actuaciones como esta. No solo por el resultado, sino por lo que revela: una atleta que sostiene su rendimiento en el tiempo, que amplía su rango competitivo y que asume el siguiente ciclo con una narrativa distinta, marcada por la necesidad de cerrar su propia historia.
En ese recorrido, el entorno también juega. El respaldo del Instituto Peruano del Deporte y la planificación del ciclo olímpico serán determinantes para que el proceso no dependa exclusivamente de la capacidad individual. La historia reciente del deporte peruano muestra que ese equilibrio no siempre se logra.
Mientras tanto, García sigue acumulando resultados. En Brasilia, además de su victoria, el equipo peruano alcanzó el cuarto lugar por equipos, con aportes como el de Evelyn Inga, sexta en la prueba. Un contexto que, sin ser dominante, permite sostener competitividad internacional.
Al final, la pregunta ya no es si Kimberly García puede ganar —eso ha quedado demos














