domingo, marzo 22

En uno de sus múltiples ensayos innovadores, que solían marcar la pauta de la discusión filosófica de las últimas décadas, sostenía Habermas que la filosofía debía abandonar la ilusa y atávica presunción de ser un “juez” que dictamina el orden o la jerarquía de los saberes, para convertirse en un más modesto “intérprete”, que tiende puentes entre ellos y que busca detectar o rescatar las huellas de universalidad, de racionalidad intersubjetiva, que pueden perderse entre los sistemas fragmentarios o imperantes en el desarrollo de la sociedad. Su vida entera ha sido un testimonio de esa aspiración. Por muchos años ha sido un lúcido y tenaz intérprete de los acontecimientos que sacudían al mundo, ofreciendo continuamente nuevas claves de lectura o propuestas más globales de comprensión, corrigiendo sus análisis cuando lo creía necesario, evitando dogmatismos o fanatismos de diverso cuño, interviniendo en los debates públicos, sembrando por doquier un semillero de reflexión en torno a sus tesis sobre la necesidad de una racionalidad comunicativa o de una democracia deliberativa.

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Una de sus ideas fuerza fue su defensa de lo que él llamó el “proyecto inacabado de la modernidad”, una tesis arriesgada, sujeta desde el inicio a grandes controversias, pero que mantuvo a lo largo de toda su vida bajo diversas variantes. La reflexión sobre el sentido y los fundamentos de la civilización moderna dio a Habermas un elemento integrador que parecía finalmente poder reunir sus múltiples intereses.

La acción comunicativa

Pero su obra propiamente sistemática al respecto fue la “Teoría de la acción comunicativa” (1981). Afirma allí Habermas que esta expresión “acción comunicativa” es el sustituto más adecuado de la noción marxista de praxis. Esta última debe ser reemplazada, piensa, debido a que no establece un claro deslinde entre la actividad productiva en sentido estricto, actividad puramente tecnológica e instrumental y la actividad política propiamente dicha. Esta distinción entre producción y acción política había sido hecha ya por Aristóteles. No es nada casual que la distinción se haya perdido en los inicios de la modernidad, sino que es más bien un indicio del giro instrumentalista que dieron los modernos a la noción de razón.

Para rescatar la función crítica de la acción política, era preciso hallar una base más consistente que las viejas definiciones ontológicas. Esa base nos la ofrece hoy el lenguaje o, más exactamente, las condiciones de nuestra argumentación lingüística. Porque si analizamos los presupuestos de nuestra acción social, sea esta del tipo que sea, veremos que ella reposa en última instancia sobre condiciones simétricas de argumentación, ideales, pero universalmente válidas. La idea de la “acción comunicativa” nos brinda, pues el fundamento ético que nos permite seguir poniendo en cuestión las injusticias y las deformaciones de la sociedad moderna. Es esa misma pista la que hace posible, con más ambición aún, destrabar la escisión que la modernidad ha producido entre el “sistema” y el “mundo de la vida”, e intentar conjugar entre sí los diversos tipos de racionalidad que coexisten actualmente de modo fragmentario: la racionalidad estratégica o sistémica, la racionalidad normativa o ética y la racionalidad expresiva o estética.

Tomando él mismo conciencia, sin embargo, de la relevancia de las críticas suscitadas por su tesis, y corrigiendo en cierto modo el utopismo que ella encerraba, concibió pocos años después otra obra sistemática de largo alcance, “Facticidad y validez”, en la que se propuso aplicar su concepción de la racionalidad comunicativa al desarrollo del derecho y las teorías constitucionales de la democracia. Expuso allí con detenimiento el modo en que una democracia “deliberativa” podía y debía canalizar las demandas de la sociedad civil frente al anquilosamiento o la indebida imposición de una acción política sistémica, desligada de sus fuentes de legitimidad.

Y, reconociendo igualmente que su teoría podría estar pecando de un excesivo grado de abstracción, uno que desconociera las tradiciones culturales que han sido y siguen siendo fuente de sentido en muchas sociedades, concibió hace pocos años una nueva obra monumental titulada “Otra historia de la filosofía”, en la que abre las puertas (y los oídos) de la reflexión eurocéntrica a las voces de aquellas culturas, proponiendo un ejercicio de “traducción” en el que se reconozca su legitimidad pero en el seno, nuevamente, de una comunidad de comunicación que abarque e integre en principio a todos los seres humanos.

Un intérprete tan lúcido y tenaz de los problemas de nuestra época no podía estar exento, como hemos dicho, de críticas de muy diversos tipos. Al revés: era necesario, y lo sigue siendo, que su obra removiera conciencias o suscitara nuevas controversias. Porque en ello reside su mayor valor: en inspirar la reflexión y mantener viva la comunicación intersubjetiva y el espíritu crítico en tiempos tan convulsos como los nuestros.

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