lunes, febrero 2

Esa multitud, que seguramente era de muchos cientos de miles, lució apretada contra el tiempo y el sol, y aguardó por horas para escuchar una sola voz.

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Cuando Juan Pablo II apareció en el estrado de nueve metros de altura del Hipódromo de Monterrico, la ciudad ya había aprendido a esperar. Y el Perú, sin saberlo, estaba entrando en una página histórica.

LA CIUDAD EN VIGILIA

Desde temprano, Lima comenzó a vaciarse hacia un solo punto. Parroquias, colegios, grupos juveniles: todos convergían hacia el hipódromo como si fuera un santuario improvisado. Nadie parecía tener prisa; el día sería largo.

Cientos de miles de fieles, la mayoría jóvenes, ocuparon cada centímetro del inmenso espacio de Monterrico. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio / Luis Laos)

A las ocho de la mañana ya había jóvenes instalados en las tribunas, en el césped, en cualquier espacio posible. Algunos no desayunaron, otros no almorzaron. El calor fue implacable. El sol caía sin tregua sobre un gentío creyente que no retrocedía.

A ratos, el entusiasmo era más fuerte que la fatiga; a ratos, la fatiga vencía y obligaba a tender a alguien en el suelo. Demasiada entrega les pasó factura a varios jóvenes seguidores del Papa.

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En los cerros cercanos, pequeños grupos buscaban ver lo imposible. No importaba si solo alcanzaban a escuchar. Estar ahí también era una forma de presencia.

EL ESCENARIO Y LA ESPERA

El imponente estrado se alzaba como un faro en medio del hipódromo. Alrededor, un mar de banderas rojas, blancas y amarillas ondulaba sin descanso, impulsadas por un espíritu repleto de esperanza, amor y amistad. Nadie parecía cansado de agitarlas.

Las horas pasaban lentamente. La multitud cantaba, rezaba y gritaba lemas de paz. Los jóvenes sabían esperar. Lo demostrarían después, cuando el propio Juan Pablo II les dijera ese elogio en voz alta. Entonces, los bomberos comenzaron a lanzar agua a diestra y siniestra. El gesto de los hombres y mujeres de rojo provocó alivio y risas entre la gente.

Mientras, en las carpas médicas, los voluntarios no se daban abasto, entre casos de insolaciones, desmayos, crisis nerviosas y agotamiento. Pero nadie se iba. La espera, como el día, tenía sentido.

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LA LLEGADA

Cuando el hombre de la figura blanca apareció en lo alto del escenario, Monterrico estalló al unísono. No fue un grito: fue un rugido largo, sostenido, casi corporal. Un coro de vivas. Así fue recibido Juan Pablo II, quien de inmediato abrió los brazos y la multitud respondió con el alma en la mano.

El Papa polaco estaba visiblemente conmovido. Se le notaba. Habló despacio, interrumpido por aplausos que parecían no tener final. Cada frase encontraba eco inmediato. El Sumo Pontífice rechazó la violencia sin rodeos. Dijo que el odio no construía justicia.

También sentenció que la violencia engendraba más violencia, y que creer lo contrario era una ilusión mortífera, letal. Y entonces dejó la frase que marcaría la jornada: solo en Cristo —dijo— está la respuesta a las ansias más profundas del corazón.

EL MENSAJE PAPAL

Juan Pablo II habló de las bienaventuranzas como un programa de vida. No como una teoría, sino como un camino posible. Las fue desgranando una a una, con palabras sencillas y directas.

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Pidió construir la paz de hoy y la de mañana. Incluso la del año 2000, cuando ese año todavía sonaba remoto. Paz y juventud —recordó— caminan juntas. El Papa invitó a vencer el mal con el bien. A no dejarse seducir por la droga, la violencia, la desesperanza. A buscar lo que une y no lo que divide. El incalculable número de jóvenes escuchaba. Y aplaudía. Y también respondía.

UNA COMUNIÓN IRREPETIBLE

En el megaevento hubo danzas peruanas de todas partes: marineras, huaynos, ritmos del sur andino. Juan Pablo II aplaudió, marcó el ritmo y sonrió espontáneamente. No hubo duda de que se había contagiado de la alegría juvenil.

Improvisó elogios: dijo que los jóvenes peruanos sabían esperar, escuchar, orar, gritar, cantar y bailar. La multitud celebró esas palabras como un reconocimiento íntimo.

Cuando cayó la noche, el Hipódromo de Monterrico seguía lleno. Nadie se movía. Las luces, los cánticos, los coros convertían el espacio en una vigilia multitudinaria.

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Al final, la bendición general y una paloma blanca elevándose en el aire cerraron el acto. Pero, ni por eso la gente quería irse. Esperan algo más.

“NO TE VAYAS”: HACIA EL ANDE

El clamor fue unánime. “¡Juan Pablo, no te vayas!”. El Papa respondió con voz grave y paternal: había que partir. La fiesta, dijo, continuaría en el corazón. La desconcentración del inmenso recinto fue lenta. Tomó horas. Lima tardó en volver a moverse. Como si la ciudad capital necesitara tiempo para asimilar lo ocurrido.

Esa noche, en la Nunciatura Apostólica, en la avenida Salaverry, en Jesús María, el Papa descansó. La jornada había sido extenuante. Por recomendación médica, canceló una reunión con los obispos, aunque les envió su mensaje por escrito. Apenas amanecía cuando ya había fieles esperándolo otra vez.

El domingo 3 de febrero de 1985 empezó temprano. A las siete de la mañana, Juan Pablo II partió hacia el Grupo Aéreo N.° 8. La gente no terminaba de despedirlo en Lima cuando ya lo aguardaban en el sur andino.

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En Cusco, Sacsayhuamán fue el escenario. Allí habló a los campesinos y coronó a la Virgen de Paucartambo. El gesto fue leído como un abrazo simbólico a la fe popular. Luego Ayacucho. El encuentro con el pueblo, discursos, el Ángelus. Se escucharon sus palabras de consuelo en una región golpeada por la violencia de esos años.

El Papa Juan Pablo II regresó a Lima por la tarde. Parte del país había sido recorrido en un solo día, pero la impresión sería imperecedera.

Los periodistas extranjeros que seguían al Papa por el mundo coincidieron: el recibimiento limeño había sido uno de los más impresionantes de la gira. No por el orden, sino por el fervor. Por la autenticidad.

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La primera visita de un Papa al Perú quedó fijada en la memoria colectiva como un punto de inflexión. No resolvió los problemas del país. No podía hacerlo. Pero dejó una imagen poderosa.

Esa imagen de cientos de miles de jóvenes escuchando, en silencio y en coro, que la paz no nacía del odio. Y eso, en 1985, con un Perú desilusionado, golpeado por la crisis económica e intimidado por la violencia política y social, ya era decir mucho. Mucho más de lo que se esperaba.

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