viernes, enero 16

El conflicto en la frontera norte era la evidencia dolorosa de los viejos límites disputados. A las dos de la mañana, de ese miércoles 23 de julio de 1941, fuerzas ecuatorianas cruzaron el río Zarumilla y atacaron posiciones peruanas en Lechugal; la acción, narran los partes militares, se extendió en un frente de 50 kilómetros.

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Figura recia del aviador peruano José Abelardo Quiñones al lado de mapa de la zona en conflicto donde entregó su vida. (Fotos: Archivo Histórico de El Comercio)

Los patriotas resistían en Matapalo, Aguas Verdes, Pocitos y más allá, hacia la inhóspita Quebrada Seca. Desde algún cuartel en Tumbes, la noticia era un mazazo de realidad: “Cayeron los primeros peruanos, pero la línea es nuestra”. La situación era tensa.

Desde Lima, las arengas patrióticas y ceremonias —pabellones entregados a manos jóvenes, discursos del presidente Manuel Prado en el cuartel de Santa Catalina— se mezclaban con la urgencia de la guerra real, la de quienes velaban en las trincheras y vigilaban el alba con un fusil. Era el llamado de la patria lo que, sin duda, sintió el entonces teniente Quiñones al acudir a la zona de combate.

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JOSÉ A. QUIÑONES: UN PILOTO DISTINTO

Quiñones no era un aviador común. Nacido en Pimentel, Lambayaque en 1914, formado entre Chiclayo y Lima, desde niño demostró una pasión por volar, acentuada con una disciplina y destreza impresionantes en la Escuela de Aviación Jorge Chávez.

En 1939, el joven aviador fue el primero de su promoción y el experto de los vuelos invertidos; muchos recuerdan como una proeza casi artística, el vuelo acrobático a ras de suelo en Arequipa, que le valió el “Ala de Oro” y el aplauso del entonces presidente Prado. Para José A. Quiñones, volar era un deber y una promesa, y eso lo hizo sentir predestinado a su inmolación guerrera.

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EL HÉROE QUIÑONES: MISIÓN SOBRE QUEBRADA SECA

El 23 de julio de 1941, mientras la artillería tronaba abajo, Quiñones, dicen sus compañeros, pidió voluntariamente participar en la acción de castigo contra los puestos enemigos en Quebrada Seca.

A las 7 y 50 de la mañana, el joven teniente despegó en su North American NA-50 Pantera” formando parte de la 41° Escuadrilla que comandaba el teniente Antonio Alberti. Antes de volar juró ante la bandera peruana defenderla hasta la muerte. «Yo voy“, dijo.

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Frente al fuego cruzado, en vuelo rasante, Quiñones abrió el ataque contra las posiciones antiaéreas ecuatorianas. Lanzó su carga de bombas sobre la línea enemiga, pero, en el regreso, fue alcanzado por la metralla antiaérea. El avión comenzó a descender en espiral, herido de muerte.

El entonces teniente (ascendido póstumamente a capitán) enfrentó su suerte sin vacilar: en vez de saltar y buscar salvación en el paracaídas, alineó su avión y lo dirigió, en acto consciente y heroico, directamente contra la batería enemiga. Un relámpago final, un estruendo en la selva, y el aviónPantera” golpeó con furia metálica, como una ofrenda a su coraje.

JOSÉ A. QUIÑONES: EL ECO DE LA GESTA

El comunicado oficial peruano de ese día lo resumió con seco laconismo militar: “…en dichos encuentros murió heroicamente el teniente de aeronáutica José Quiñones González…”. Pero la noticia de su sacrificio encendió Lima, y cruzó fronteras. El presidente de la República, oficiales y estudiantes guardaron silencio y luego estallaron en ovaciones y vivas a la memoria del joven mártir.

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Para muchos, fue el gesto cumbre de generosidad y entrega; “la estampa de la patria joven hecha llama en la hora crucial”, como afirmó El Comercio. El exacto ejemplo de la integridad llevada a la acción suprema: darlo todo por el Perú.

En aquellos días, el enemigo fue expulsado y las líneas fronterizas aseguradas, pero el Perú ganó algo más: el símbolo permanente de la entrega absoluta. José Abelardo Quiñones Gonzales, a los 27 años, ascendió póstumamente a capitán de la Fuerza Aérea y fue declarado héroe nacional.

QUIÑONES, EL LEGADO

Cada vez que llega un nuevo “23 de julio”, en las escuelas y bases militares, el nombre de José Abelardo Quiñones es sinónimo de la palabra deber, y su figura —que apareció en los billetes nacionales de 10 soles y en monumentos de Lima, Chiclayo y el país entero— es la de quien supo estar presente allí donde se requería más corazón que vida.

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En la gloria y en la tragedia, Quiñones es el Perú entero cruzando el último límite, más allá del deber”, se leyó en El Comercio. Así fue aquel 23 de julio de 1941: cuando los cielos del norte, entre el trueno de la batalla, conocieron el paso de un héroe que prefirió la llama breve pero infinita de la entrega, antes que la fugaz salvación individual. Y desde entonces, el Perú lo recuerda con la frente en alto.

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