Escribe libros sobre el mundo físico y el digital. Recorre ciudades, librerías, bibliotecas y museos, pero también las plataformas y los recovecos de la inteligencia artificial. En el fondo, en ensayos como “Librerías” o “Contra Amazon” y novelas como “Membrana”, el interés del autor catalán Jorge Carrión está en los espacios del conocimiento. Es decir, cómo se organiza, se ordena, se decide o se discute la cultura, sea en lo audiovisual, lo literario o lo museográfico.
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Felizmente, los presagios más pesimistas no se han cumplido, aunque ciertamente estas instituciones sufren de acoso permanente, con enemigos en permanente cambio: la voracidad de las grandes cadenas, Amazon y otras plataformas de venta digital, la aparición del libro electrónico o el aumento de alquileres a causa de la gentrificación. Sin embargo, las librerías han sobrevivido a todo. Y la razón, afirma Carrión, es que el libro en papel sigue siendo la mejor tecnología que conocemos para leer. Y las librerías resisten mostrando su valor como creador de comunidad, compañía frente a la soledad, lucha contra la desinformación.
— “Tras décadas de ser personajes secundarios de la cultura, las librerías se han vuelto protagonistas”, señalas en tu libro. ¿Cuál es la razón de su anterior invisibilidad?
El mercado da protagonismo al producto. Por tanto, el intermediario ha estado en segundo plano. En el campo del arte y la cultura, siempre se dio más importancia al libro y al autor, pero durante la segunda mitad del siglo XX se fue evidenciando la importancia de otros agentes: los grandes editores, los agentes, ahora los traductores. En el arte se valoran ahora los marchantes, así como los productores en el cine. Hemos entendido que se trata de un ecosistema complejo, en el cual todo el mundo tiene su papel. Es un proceso paralelo a la deconstrucción del mito del “genio” como creador individual. Hemos ido viendo que se trata de constelaciones.
— Muchas veces destacas en tu libro la historia del librero como migrante. En el caso peruano, hablas de Eduardo Sanseviero, uruguayo que fundó El Virrey en Lima…
En el capítulo sobre las librerías de América Latina, uso como eje vertical a Roberto Bolaño, que era chileno pero vivió en México. Y es ahí donde hablo de la importancia de las redes de la migración y del exilio en la construcción de la cultura latinoamericana. No hay que olvidar que todo empieza con la Santa Inquisición, que expulsa de España a los libreros judíos que viajan por Europa o América, y que se reedita con el exilio tras la Guerra Civil. Por tanto, es muy común la figura del librero exiliado, político y migrante. En Barcelona hemos tenido a Antonio Ramírez, colombiano que fundó La Central. En Uruguay y Perú tenéis a los Sanseviero. Siempre hubo ese tipo de figura híbrida, migrante, viajera, vinculada con las librerías.
— También hablas de las librerías “más raras” que has encontrado en zapaterías, peluquerías o churrerías incluso. Todas ellas estimulantes para ti. ¿Además de vender libros, cuán importante es que una librería ofrezca una experiencia determinada?
Efectivamente, me encantan las mezclas de librería con otra cosa. Mi favorita era la librería Los Oficios Terrestres, en Palma de Mallorca, que ya no existe. Era una librería peluquería, cuyo lema era “todo para la cabeza”. Creo en las librerías con café, con vino, con comida, con teatro, con espectáculo, con música. Yo creo que la librería debe ser librocéntrica, pero desde ese centro su expansión se puede dar en múltiples dimensiones. Cuanto más multiplique sentidos y experiencias, mejor.
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Las librerías deben ser destinos turísticos, porque eso significa que se pone en valor su historia y su importancia. Deberían estar mapeadas y reconocidas. Los turistas culturales compramos libros y eso permite que la librería siga viva. Pero es cierto que algunas han muerto de éxito. Básicamente, eso ha ocurrido con dos: la segunda Shakespeare & Co., la de George Whitman, que su hija Sylvia Beach ha restaurado y modernizado en París. Se ha vuelto un lugar precioso y muy turístico. Y la otra es la Lello en Oporto, explotada como atractivo turístico. Sus propietarios dedican cientos de miles de euros al año a restaurar el suelo de madera a causa del continuo desgaste. No me parece mal convertir una librería en un lugar turístico, aunque prefiero visitar librerías como Strand en Nueva York, Eterna Cadencia en Buenos Aires o City Lights en San Francisco. Aunque son lugares muy simbólicos y muy fotogénicos, no les ha ocurrido lo mismo que a Shakespeare & Co. o a Lello, las dos únicas en el mundo que han muerto de éxito.
— Hablemos de tu libro “Contra Amazon”: ¿crees que la profundización de la digitalización en la vida cotidiana fue el cambio mayor que nos trajo la pandemia?
Efectivamente, el mundo se digitalizó desde los años 90 y este proceso no ha parado de crecer. Sin esa digitalización hubiera sido imposible la explosión de la inteligencia artificial. Lo que ahora encontramos es una especie de “resaca” que empezó con la pandemia. Hoy estamos cansados de la digitalización. Hay mucha gente que después de usar por años Tinder ahora vuelve a intentar conocer a alguien en un bar, en un gimnasio o en una librería. Son cosas que estamos recuperando después de haber confiado demasiado en las pantallas.













