Jason Mraz despierta temprano. No por disciplina new age ni por pose de artista retirado, sino porque la tierra tiene su propio reloj. En su granja de Virginia, el músico cambia la guitarra por las manos sucias, observa el ritmo lento del paisaje y aprende, otra vez, a vivir más lento. Ese entorno —dice— no solo sostiene su vida diaria, también sostiene su arte. Allí escribe, piensa y se permite ser ruidoso cuando hace falta, pero también callar.
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La imagen contrasta con la del músico que, hace casi dos décadas, dominó las radios del mundo con canciones que parecían hechas para sonar eternamente en verano. Mraz pertenece a una generación que supo llenar estadios sin perder la vocación acústica, que mezcló pop, folk, reggae y jazz. Su época de mayor exposición llegó con “We Sing. We Dance. We Steal Things.” (2008), un disco que lo convirtió en un nombre global y fijó su voz en la memoria colectiva.
Sin embargo, reducirlo a esa etapa sería impreciso. Antes y después del éxito masivo, Mraz construyó una carrera paciente, de giras constantes y discos que dialogan con su estilo de vida. “El arte se extiende a la vida cotidiana, y esta al arte, como decides vivir es como decides ser hacer tu arte”, enfatiza. Con 25 años de carrera, sigue presentándose con regularidad, escribiendo canciones, explorando otras formas de arte y compartiendo recursos con artistas jóvenes. “Siento que estoy a mitad de camino”, agrega.
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Esa noción de equilibrio explica por qué nunca persiguió una definición única de éxito. La granja, el sello discográfico, las giras y el voluntariado forman parte de su proceso por conseguir ser exitoso. Durante ese proceso apareció “I’m Yours”. Fue escrita desde una necesidad íntima y con el tiempo, el público la adoptó, la empujó y la convirtió en una de las canciones más longevas de la historia del Billboard Hot 100, con 76 semanas en lista.
“No me molesta cantarla, y hacerlo me recuerda al día en que la hice: pasé de sentirme solo y perdido a llenar ese vacío con una canción, con esperanza, con generosidad, con la promesa de entregar al público algo más grande”, comenta el artista.
En vivo, esa conexión se multiplica. Mraz no jerarquiza formatos: disfruta tanto de los conciertos multitudinarios como de los íntimos, donde incluso puede prescindir del setlist y dejar espacio a la improvisación. En ambos casos, el valor está en la energía del encuentro. “Quiero evolucionar como ser humano, a veces eso implica hacer nuevas cosas, no necesariamente las cosas que en apariencia parecen enormes”, sostiene.
Al final, su definición de éxito es sencilla y exigente a la vez: cómo se siente la gente cuando todo termina. Si respiran tranquilos mejor, si se van en paz con la noche compartida, con la canción escuchada, con la vida un poco más liviana. Jason Mraz volvió a los escenarios con esa premisa intacta. No para repetir un triunfo, sino para sostenerlo en el tiempo. “Si queda una sensación de bienestar, de haber vivido un momento hermoso. Para mí, eso es el éxito”, concluye.
Sobre el concierto de
Jason Mraz
El jueves 12 de marzo, a las 9:00 p.m., en el Costa 21. Entradas disponibles en Teleticket.












