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Por Carlos Maury Escalante, representante de la Fundación Kaspárov
Por Carlos Maury Escalante, representante de la Fundación Kaspárov
La magnitud es, sencillamente, abrumadora. Hoy existen en el mundo más de 1200 millones de personas mayores de 60 años. Para mediados de siglo, esa cifra se habrá duplicado. La sociedad celebra el aumento en la expectativa de vida como un triunfo de la medicina, y sin duda lo es. Pero se celebra el envoltorio sin preguntarse si cada vida que se prolonga conservará su contenido esencial: la mente.
La expectativa de vida aumenta, las edades de jubilación se elevan y la sociedad exige que las personas permanezcan productivas y lúcidas durante más tiempo. Pero mientras el sistema nos pide funcionalidad, el tejido cerebral enfrenta el asedio implacable del deterioro cognitivo. Existe una contradicción brutal entre lo que la economía y la cultura demandan de las personas mayores y lo que la biología, sin intervención, les permite conservar. El mal de Alzheimer es la cara más visible de ese abismo. Y la cara más cruel, porque no mata el cuerpo primero: desintegra al sujeto, dejando en pie a un organismo que ya no recuerda quién es.
Ajedrez empresarial (Foto: Freepick)
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La memoria no es solo información almacenada: es el hilo conductor de la identidad. Es lo que nos permite decir «yo soy el mismo que ayer, que hace diez años, que cuando era niño». Al desintegrar esa continuidad, el Alzheimer deja al individuo náufrago de su propia biografía.
El Perú enfrenta una metamorfosis demográfica irreversible. Según datos del INEI, la población de adultos mayores alcanza las 5 055 316 personas (14.8 % del total), con una proporción de 65 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años. Esta transición no es solo estadística; representa una «amenaza ontológica» debido al incremento de patologías neurodegenerativas crónicas, donde el 41.1 % de los adultos mayores peruanos padece al menos una de ellas. Ante la ausencia de una cura biológica definitiva para el Alzheimer, la ciencia ha girado hacia la prevención mediante el fortalecimiento de la Reserva Cognitiva.
Contrario a las teorías del siglo XIX que consideraban al sistema nervioso como «fijo e inmutable», la neurociencia moderna confirma que el cerebro es plástico. El uso activo de la mente provoca un «recableado» cerebral, haciendo brotar nuevas sinapsis e incluso generando neuronas.
La reserva cognitiva se define como un repositorio de capacidades que aumentan la complejidad de las redes neuronales, optimizando la conectividad y permitiendo al cerebro resistir mejor el daño patológico.
Dos investigaciones fundamentales validan el impacto de la estimulación cognitiva:
Estudio longitudinal de 678 religiosas: Se descubrió que muchas mantenían perfiles cognitivos intactos y una excelente capacidad de autocuidado hasta los 100 años. Sorprendentemente, sus estudios post-mortem revelaron placas amiloides y daños físicos severos compatibles con un Alzheimer evolucionado. La estimulación cognitiva activa había construido «autopistas neuronales alternativas» que compensaron el déficit biológico. (https://academic.oup.com/gerontologist/article-abstract/37/2/150/616995?redirectedFrom=fulltext&login=false)
Bronx Aging Study (Dr. Joe Verghese): Este estudio clínico de 21 años demostró que actividades de ocio como el ajedrez reducen el riesgo de demencia hasta en un 74 %. El ajedrez activa las áreas prefrontales y temporales —las primeras en degradarse con el Alzheimer—, generando un efecto compensatorio denominado «ahorro cognitivo». (https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMoa022252) (Dr. Joe Verghese https://worldfallsguidelines.com/joe-verghese)
Walter Segura Cárdenas enseña ajedrez en las calles de Comas. Foto: César Bueno
/ NUCLEO-FOTOGRAFIA > CESAR BUENO
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Investigaciones recientes, como el estudio realizado en jóvenes de Mendoza, confirman que la práctica continua del ajedrez potencia significativamente las Funciones Ejecutivas (FE), específicamente el control inhibitorio. El ajedrecista desarrolla una capacidad superior para eliminar información irrelevante y suprimir respuestas automáticas inapropiadas, lo que se traduce en una mayor eficiencia en la resolución de problemas complejos.
Además, se han documentado más de 20 beneficios multidimensionales:
- Nivel intelectual: Mejora la atención, la memoria operativa y la planificación anticipada.
- Nivel emocional: Fortalece el control de la frustración y la empatía.
- Nivel social: Disminuye el aislamiento, factor determinante en la progresión de la demencia.
El ajedrez podría ser el «fármaco» ideal para el Estado peruano: de bajo costo, lúdico y de alta eficacia. Dado que el 42.8 % de los hogares peruanos cuenta con al menos un adulto mayor, la implementación de programas y talleres no requiere de infraestructuras costosas; solo se necesita voluntad política.
La imaginación es un atributo exclusivo del ser humano. Alimentar el cerebro hoy con metodologías matemáticas y estratégicas abstractas garantizará que los millones de futuros ancianos peruanos vivan con dignidad y libertad, blindados contra el olvido. Quizás sea hora de que el Perú lo comprenda y lo convierta en una alternativa de prevención lúdica, terapéutica y estratégica que nos libre de recibir un jaque mate cerebral.
En la gran partida contra el tiempo, el Estado no puede quedarse enrocado en la indiferencia. Financiar el ajedrez como política pública no es un gasto en tableros, es una inversión en la soberanía de nuestra propia memoria.
Es hora de mover las piezas correctas para que envejecer en el Perú no signifique perder la partida de la identidad, sino asegurar que cada ciudadano pueda defender su historia hasta el último movimiento.




