Hay historias que no se escriben con músculos ni medallas, sino con la terquedad de seguir avanzando cuando el cuerpo, ese mismo que alguna vez fue sedentario, descubre que aún puede reinventarse. La de Jaime Giesecke es una de ellas. A los 70 años, será el competidor de mayor edad en el Iroman 70.3, la prueba más exigente del circuito local. Llegará después de una operación “masiva”, como él mismo la llama, que lo tuvo dos meses detenido hasta noviembre del año pasado, contando pasos alrededor de la cama como si fueran kilómetros. “El deporte siempre te pone pequeñas adversidades”, nos dice. “Lo interesante es reconstruirte”, se replica a sí mismo.
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Jaime no siempre fue así. A los 30, decidió subirse a una bicicleta para combatir el colesterol y la vida sedentaria. A los 52, empujado por la curiosidad -y por el ejemplo de sus hijas- hizo su primera triatlón. Desde entonces, el deporte se convirtió en una brújula más que en un pasatiempo. “Me cambió la vida”, asegura, quien ya sabe lo que es subirse al podio en el Iroman 70.3, además de lograr el primer puesto en el campeonato nacional de acuatlon y ser seleccionado para representar al Peru en el Mundial de Pontevedra 2025.
Jaime Gesiecke quedó segundo puesto en la categoría 70 del Iroman 70.3
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El fortalecimiento del corazón, la disciplina cotidiana, la capacidad de resolver problemas mientras corre sin música (“mi música es mi cuerpo”, repite): todo eso fue moldeando una filosofía que hoy defiende con convicción. Para él, correr, pedalear o nadar no son ejercicios aislados, sino expresiones naturales del ser humano. “Si corres y te lesionas, algo estás haciendo mal”, sentencia.
Su preparación para este Ironman ha sido distinta. La operación del año pasado lo obligó a rehacer su fuerza desde cero, como si el cuerpo fuera una obra que se levanta pieza por pieza. Entrena hasta cuatro horas diarias. Hace pesas dos veces por semana, alternando con sesiones de natación, ciclismo y running que conviven bajo una estricta periodización. Son siete u ocho horas entre pedaleo, trote y agua. “Uno hace estas cosas por uno mismo, porque el cuerpo y el espíritu lo piden”, explica.
Hoy, ya jubilado, organiza sus días alrededor de la familia, la calma y la actividad física. Despierta temprano y, según el deporte, sale a correr o rodar antes del amanecer, cuando Lima aún bosteza. Se alimenta con equilibrio, sin obsesiones, aunque ajusta su nutrición cuando se acerca la competencia: más proteínas naturales, más energía para resistir las seis horas de carrera. No busca récords ni trofeos. Busca algo más íntimo: un cuerpo funcional, una mente despejada, una vida larga en movimiento.

En 2008, quedó segundo puesto cat 55-59 Triatlon por los 20 años de la primera Triatlon en Peru.
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Lo que espera del Ironman 70.3 Perú es simple y enorme a la vez. Llegar. Medirse. Saber cuánto ha recuperado después del golpe que fue la cirugía. Y, sobre todo, celebrarlo. “Una competencia es un final y un inicio”, reflexiona. El final de meses de reconstrucción lenta. El inicio de nuevas metas, de otras pruebas, de seguir desafiando al calendario. A veces compite contra rivales, a veces contra su sombra. Este año, competirá también contra el recuerdo reciente de su propio cuerpo debilitado.
Jaime Giesecke correrá, nadará y pedaleará en abril con la serenidad de quien ya ganó antes de empezar. Porque su verdadera victoria no será cruzar la meta, sino haber llegado a la partida. Y haber demostrado que la edad es solo un número para quienes se empeñan en seguir moviéndose.




