Para narrar el funcionamiento de la política en Venezuela y, por extensión, la de buena parte de América Latina, ya no es suficiente el registro costumbrista. Hace falta un estilo más próximo al sainete, aquellas añejas comedias de ambientación popular representadas en tiempos coloniales. Solo así puede entenderse que tres obesos generales no sepan qué hacer con un presidente derrocado, que un obispo vaya al Palacio de Miraflores a imponer a un empresario como presidente “porque es el elegido por Dios”, o que los conspiradores entren en pánico porque Fidel Castro, por teléfono, amenaza con matarlos a ellos y a sus familias. Todas estas son escenas de “Los golpistas” (Revuelta Editores), la más reciente novela de Jaime Bayly. Una brillante elección de estilo literariamente hablando, pero francamente descorazonadora en el sentido político.
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Sin embargo, el escritor y periodista no cree que su libro pueda compararse con una zarzuela picaresca. “Bien mirada, es una novela histórica que se inspira en unos hechos luctuosos, lamentables”, nos advierte. Y con razón: Como lo hizo con “Los genios” –en la que abordó un rotundo episodio en la vida de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez–, en “Los golpistas” Bayly se apoya en la prosa periodística para narrar una novela inspirada en un hecho clave y preguntarse las razones para que este haya ocurrido. Y de forma paralela, narrar la trayectoria hasta entonces del depuesto presidente Chávez: su modesta infancia, su juventud interesada en el arte y el béisbol, su precoz interés en la política. “Yo no sería un escritor si no fuese antes un periodista”, nos asegura el autor limeño, quien a lo largo de 240 páginas ha reconstruido el golpe dirigido contra Hugo Chávez del 11 al 13 de abril de 2002 sirviéndose de las licencias de la ficción, logrando con ello alcanzar la más sorprendente desmesura.
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― No me dirás que la historia de “Los golpistas” no te ha quedado cercana al género de la comedia costumbrista, una especie de curiosa zarzuela…
No creo que la novela sea una comedia. Bien mirada, es una novela histórica que se inspira en unos hechos luctuosos, lamentables. Los golpes de Estado que he narrado, tres en total, dos comandados por Chávez, uno ejecutado contra él, tuvieron consecuencias trágicas. La dictadura que fundó Chávez destruyó a ese país. Y el final de “Los golpistas” no podría ser más triste: Chávez acaba encarcelando al general Baduel, que le salvó la vida y lo restituyó en el poder, tras el golpe fallido de 2002. Es decir que Baduel rescató de la cárcel a Chávez y pocos años después Chávez metió en un calabozo a Baduel. Es un final infausto, desgraciado, propio de una tragedia.
― ¿Crees que estas maneras decimonónicas de hacer política son un mal latinoamericano? ¿O llevados por Trump y Putin el mundo ha pegado un salto hacia atrás, al más puro colonialismo?
Trump y Putin son una desgracia. El mundo es más peligroso y desalmado por su culpa. Putin ha masacrado a los ucranianos, ha mandado a morir a más de un millón doscientos mil soldados rusos, y todo por un pedazo de tierra que Rusia, un país tan extenso, no necesita. Trump ha mandado a su odiosa policía migratoria encapuchada a arrestar a cualquiera que, por su perfil racial, parezca mexicano. Llevo muchos años viviendo en este país, y no imaginé que vería a agentes de la ley escondiendo el rostro, asesinando a sangre fría a gente inocente, a poetas, a enfermeros. En Rusia y en los Estados Unidos, no gobiernan los más sabios ni los más virtuosos, gobiernan los matones.
Un desfile por las calles de Villa Bolívar, en Cuba, reúne a los entonces dictadores de Cuba, Fidel Castro, y de Venezuela, Hugo Chávez, en agosto de 2005.
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― Es interesante encontrar en este libro cierta coherencia con “Los genios”, especialmente en su formato: una novela desarrollada con el estilo de la crónica periodística, y no sabemos bien cuánto es realidad y cuánto creación del autor. ¿Podemos leerlas como un díptico o se vienen otras historias de parecido planteamiento?
Todavía no lo sé. Hace treinta años me interesaba recrear literariamente mi vida. Ahora me seduce novelar otras vidas. Siempre he pensado que el escritor es como un minero que baja al socavón y recorre el subsuelo profundo de su propia vida, buscando encontrar historias valiosas, historias de oro y plata, hasta agotarlas. Tal vez yo he agotado ya las mías. Ya lo conté todo, o casi todo. Por eso ahora exploro vidas ajenas, recorro minas ajenas.
― ¿Y apelando al símil minero, que filón encontraste en Chávez? ¿Dónde está su brillo?
Si bajas a la mina de Chávez, y recorres el subsuelo de su vida novelesca, intrigante, trepadora, conspirativa, solo encuentras carbón. Era un dictador carbonero.
Hugo Chávez antes de graduarse como teniente de la academia militar, en 1975.
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― Cardona, el empresario que pudo ser presidente, piensa en tu novela: “Estos generales son unos idiotas, son más brutos que Chávez, carajo”. ¿Cuánto es ficción y cuánto procede de tu cosecha al momento de narrar un golpe tan mal orquestado? ¿Fue la oquedad de los generales tan manifiesta?
Sí. Los generales golpistas que capturaron a Chávez en abril de 2002 y, tres días después, arrepentidos, lo restituyeron en el poder, fueron torpes, chapuceros, cortos de miras. Por eso fracasaron. Como el golpe fue tan risible, la novela inevitablemente está irrigada de humor. Además, los generales golpistas eran muy gordos, lo que añade gracia al entuerto. Eran tan obesos que se creyeron capaces de correr una maratón, pero cayeron fulminados a poco de iniciar la carrera.
Álvaro Vargas Llosa y Bayly, en portada de Somos de noviembre de 2001. Ese año ambos encabezaron una campaña de voto en blanco en el Perú. “Prefiero no votar más”, afirma hoy.
/ EL COMERCIO
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― Si me permites ponerme gracioso en un tema serio: ¿cuál fue más ridículo, el golpe a Chávez o el autogolpe de Pedro Castillo?
El golpe fallido a Chávez fue risible, pero el autogolpe de Castillo aún más ridículo. El golpe a Chávez duró tres días y contó con apoyo militar. El autogolpe de Castillo duró unas pocas horas y ningún militar felón salió a defenderlo. El Chavo del Ocho hubiera dado un golpe menos tonto.
― Hay dos aspectos de Chávez que te sirven para echar luz y sombra al personaje: lo persuasivas que eran sus palabras y su miedo al agua. “Hablas tan bonito que no pareces militar”, cuentas que le decía su novia Nancy. ¿Cuánto te ayudaron ambas características para configurar el retrato del dictador?
Mucho. Chávez nunca aprendió a nadar. Tenía pavor al agua. Por eso sus captores pensaron matarlo, arrojándolo a un lago desde un helicóptero. En ese sentido, era un militar temeroso, como se demostró en el golpe fallido que le dieron a Pérez, cuando Chávez se rehusó a atacar. Pero se redimía de esa manifiesta cobardía hablando con cierta gracia, con espíritu persuasivo. A pesar de ser militar, era un buen orador y tenía carisma.
Hugo Chávez en retrato con su homólogo peruano Alberto Fujimori, dándose la mano en el Palacio de Gobierno en Lima, en junio de 2000.
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― Se dice que Fidel “colonizó” mentalmente a Chávez, se apoderó de su mente como en esas viejas películas de ciencia ficción de serie B. ¿Lo crees así o había en esta relación un mutuo aprovechamiento?
Fidel manipuló a Chávez. Fidel se aprovechó de Chávez. La relación era desigual. Sin duda fue Fidel quien obtuvo más provecho. Y Chávez lo miraba para arriba. Cuando Chávez enfermó gravemente, lo que salvó al Perú de convertirse en una colonia más de su imperio, pues tenía cáncer y no hallaba fuerzas para conspirar también en el Perú, fue Fidel quien tomó las decisiones capitales sobre su salud: dónde atenderse, con quién tratarse, en qué hospital agonizar. Si el cabrón de Fidel mandaba sobre el cuerpo de Chávez, mandaba también sobre la república venezolana, que estaba a sus pies, rendida.
― Pero además de la biografía de Chávez y la crónica del golpe, uno puede leer “Los golpistas” como una metáfora sobre los problemas para comunicar. Que el poder se basa en la capacidad de quienes lo tienen para dar un mensaje. Y Chávez, hasta en sus peores momentos, siempre mantiene esa capacidad persuasiva, mientras sus opositores no son capaces ni de dar correctamente un mensaje televisivo. ¿Cuánto hay en esta novela de tu experiencia como comunicador?
En la novela hay un personaje clave. Se llama Renny Ottolina. Era el gran animador de la televisión venezolana. Quiso ser presidente. No lo consiguió porque murió en un accidente de aviación, en plena campaña. Si no se caía el avión, habría ganado las elecciones. Chávez admiraba a Renny porque este era guapo, famoso, adinerado, mujeriego. Muerto Renny, Chávez quiso ser como él. En cierto modo lo logró: fue presidente y, sobre todo, animador de televisión.
― Otro comunicador importante que tiene un papel en la novela es Carlos Rangel, el autor de “Del buen salvaje al buen revolucionario”. Es curioso que haya influenciado en Chávez, cuando era políticamente un hombre liberal. Ciertamente un autor no es responsable de cómo los lectores interpretan sus libros…
Chávez no entendió el pensamiento liberal de Rangel. Admiraba el éxito de Rangel en la televisión venezolana. Chávez tenía la cabeza despoblada de ideas y el espíritu envenenado de ambición depredadora. Lo que quería, ser famoso, lo consiguió al final: tenía un programa de televisión en cadena nacional, es decir en todos los canales a la vez, un programa en el que podía hablar todo lo que le diera la gana, todo el tiempo que le diera la gana, sin que nadie lo cortase.
― Has dicho que Maduro, quien aparece en la novela de una forma poco digna, es solo un matón, que no podría ser un personaje novelesco como Chávez o Fidel. ¿Qué hace literario a un dictador?
Maduro no es un personaje literario. Era un dictador vulgar, ordinario, sin brillo, sin vuelo. Fidel es un personaje novelesco porque leía mucho, era amigo de escritores talentosos, manipulaba con sagacidad a los artistas e incluso les grababa videos eróticos. Era un genio del mal. Chávez me pareció siempre un personaje literario porque era, a un tiempo, tan simpático y tan malvado.
― Y, salvando las distancias, ¿consideras que Jerí, nuestro recientemente depuesto presidente, podría ser un personaje de novela con sus reuniones en chifas y visitas nocturnas? ¿Piensas que debía irse o debía terminar su mandato?
El problema no es tanto si debía irse, sino cómo es posible que ese señor haya sido presidente. Es muy descorazonador que el país tenga presidentes de tan baja catadura moral. Da la impresión de que convirtió la casa de gobierno en un puticlub.
José Jerí, destituido de la presidencia tras poco más de cuatro meses de gestión. “Es descorazonador que el país tenga presidentes de tan baja catadura moral”, afirma Bayly.
/ JAIRO DIAZ
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― Suelen preguntarte por tu investigación para construir el personaje de Chávez, y te remites a las oportunidades que has tenido para hablar con personajes que saben tan bien esta historia como María Corina Machado, Leopoldo López, Henrique Capriles o Antonio Ledesma. ¿Pero cómo ha sido la otra investigación, la de los detalles que revelan a tus personajes?
He investigado muchos años antes de escribir la novela sobre Chávez, sobre los golpes que él dio y sobre el golpe abobado e inverosímil que le dieron. He leído todos los libros sobre él que podían enriquecer la novela. He hablado con mucha gente que lo conoció de cerca. Toma tiempo armar el rompecabezas. Tengo muchos amigos venezolanos, sobre todo escritores y periodistas, y también algunos exmilitares y exespías, que me dieron datos cruciales para dibujar al personaje de un modo creíble, sin cargar las tintas en demonizarlo, tratando más bien de humanizarlo, de entender sus pulsiones megalómanas y autodestructivas.
― ¿Me podrías contar algún hallazgo específico? ¿Algún dato de Chávez que te haya sorprendido especialmente?
Me interesó mucho el encuentro en Lima entre un joven cadete Chávez y el dictador Velasco, y la novia peruana que tuvo Chávez en La Punta, Lima. Eso lo he contado en uno de los primeros capítulos.
― ¿Cómo ves el difícil papel que está jugando María Corina Machado en este momento? ¿Debería distanciarse de Trump? ¿Lo de entregarle el Nobel fue un error?
La veo con respeto y admiración. Pero creo que se equivocó al regalarle la medalla del Nobel a Trump. Ciertamente Trump, que es un matón, que indultó a mil seiscientos matones que hace pocos años asaltaron al Congreso en su nombre, no la merece. María Corina se la obsequió para ganar el favor de Trump, pero él prefiere entenderse con las dictaduras y por eso ahora está en luna de miel con Delcy Rodríguez. Me temo que María Corina se arrepentirá.



