A Isabel Allende le encanta el término “cocina literaria”. Su día de trabajo empieza con el sabor del café, bien cargado aunque no muy amargo. A esa primera taza le seguirán otras hasta que las palabras, cómo ingredientes que se van integrando en un sabroso caldo, vayan encontrando nuevos sentidos y suelten sus sabores sutiles.
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Hay tantas recetas y métodos de creación como hay cocineros y escritoras, aunque son relativamente pocos los que se sientan a compartir sus secretos. Y en “La Palabra Mágica”, su más reciente libro, la autora chilena se anima a hacerlo.
— En tu libro recuerdas cuando olvidaste el manuscrito de “La casa de los espíritus” en una peluquería y que al volver, lo reencontraste en la basura de aquel salón. ¿Buscas reivindicar al escritor distraído?
No, mira: yo trabajaba doce horas diarias en un colegio entonces. Corría como un enano porque tenía que hacerme cargo también de todas las cosas de la casa. Tenía una vida muy difícil y en aquella época no existía ninguna de las facilidades que tenemos hoy. Tenía un solo manuscrito en una bolsa que llevaba conmigo como si fuera un recién nacido. ¡Y se me fue a quedar en la peluquería! Yo creo que fue casi una metáfora de cómo el tremendo esfuerzo que supone escribir algo muchas veces va a dar a la basura. Uno escribe porque ama el proceso, pero también porque quiere comunicarse. Y tantos escritores se quedan con el manuscrito, si no es en la basura, en una gaveta.
— ¿Si el camión de la basura se lo hubiera llevado, lo habrías reescrito?
Yo creo que sí. Por supuesto, habría sido otro libro. Pero el proceso de escribirlo me salvó la vida. Yo iba a cumplir 40 años y estaba seca por dentro, sentía que mi vida no iba a ninguna parte. En el fondo, pienso que “La casa de los espíritus” fue un ejercicio de nostalgia. De tratar de recuperar todo lo perdido: mi país, la familia, los amigos, las anécdotas, el ambiente, todo lo que yo recibí de niña. Fue tan rico ese proceso, tan sanador, que lo habría hecho de nuevo.
— ¿Qué libros sobre el proceso de escritura te apasionan especialmente?
Ninguno. Yo no estudié literatura. No sabía que existían talleres, cursos, clases. No tenía idea de la industria del libro tampoco. Había sido periodista, andaba en la calle reporteando, sin pensar en literatura. Y nunca tuve un libro de referencia de cómo escribir. Pero me leí con pasión todo el “Boom” latinoamericano. Esa fue mi gran inspiración. Ese coro de voces múltiples, diferentes pero armónicas, que nos contaron un continente.
— Eres de las escritoras que afirman que un trauma, o una experiencia fundamental en la vida definen la vocación literaria. ¿Es necesario un dolor original para ser escritor?
Mira, yo no sé. Hay escritores que han podido escribir sin salir nunca de su casa, pero que tienen la imaginación y la empatía suficiente para ponerse en cualquier caso. Pero yo creo que de las experiencias dolorosas, difíciles, nace el deseo de exorcizarlas. Esos demonios que se quedan con uno y que necesitas ventilar. Y encuentra maneras que, a veces, son muy torcidas. Eso me pasó, por ejemplo, con “La isla bajo el mar”. No sabía por qué yo estaba escribiendo durante cuatro años un libro sobre la esclavitud en Haití. Pero cuando terminé el libro, me di cuenta que trataba sobre la impunidad del poder absoluto, un tema que me ha atormentado desde chica. Yo creo que es de ahí de donde sale, aunque no estés consciente de eso. ¡Por eso me cuesta tanto escribir una novela romántica! Yo quisiera ser una novelista romántica, pero no me sale. Mi experiencia de vida no ha sido esa. En cambio, podría escribir una sobre asesinatos, eso de todas maneras.
— ¿Sueñas con escribir tu propia Madame Bovary?
No. A veces me han preguntado qué libro me habría gustado escribir. Y yo siempre digo que “Harry Potter”. Porque la novela de J.K. Rowling puso a leer a una generación completa de niños, completamente absortos.
“Yo no creo que puedas mover el mundo con un libro, pero sí puedes sacudir conciencias”.
— Citas a Nietzsche diciendo, “Si me dan una hoja de papel y algo para escribir, podría poner el mundo al revés.” La frase se parece mucho a la dicha por Arquímedes sobre la palanca: “Denme un punto de apoyo y moveré al mundo”. ¿Es la escritura una palanca?
Muy pocos libros tienen el poder de cambiar algo fundamental. Cito siempre “La cabaña del tío Tom”, que hizo por el movimiento anti esclavista más que todo lo hecho antes por los abolicionistas. ¿Por qué? Porque tocó gente que nunca habría escuchado una voz que hablara sobre el fin de la esclavitud. Les cayó la novela en las manos y se dieron cuenta de que la esclavitud era el pecado de su nación, y cambió toda una manera de pensar. Cuando escritores latinoamericanos como Vargas Llosa o García Márquez escriben sobre dictadura, penetran en un medio donde no llegan otros discursos. Y obligan a pensar. Yo no creo que puedas mover el mundo con un libro, pero sí puedes sacudir conciencias.
— ¿Cuánto influye la familia en un escritor? ¿El miedo a ventilar misterios familiares puede cortar la inspiración?
Yo recibo mucho correo. Me llegan a menudo cartas de personas que quieren escribir algo que les pasó: un divorcio, un cáncer, lo que sea. Y entonces me dicen que temen la reacción de la familia involucrada en el libro. Yo les digo siempre que pongan en la balanza la opinión de esta gente por un lado y por otro la necesidad absoluta de contar la historia. Cuéntala y después vemos, podemos cambiar los nombres, editamos, ¡pero cuéntala! Cuando mi mamá leyó “La casa de los espíritus”, se molestó mucho. Decía que estaba exponiendo muchas cosas. Lo que más le molestó fue que le había puesto el nombre de mi padre al villano. Acepté cambiar el nombre, que no me costaba nada. Pero si mi mamá me hubiera pedido que eliminara algo de la novela, no lo habría aceptado. Si me dan a elegir entre ofender a la familia o contar la historia, yo cuento la historia. Si se ofenden, ¡qué le vamos a hacer!
— “Tengo una pegatina en la puerta del refrigerador que me recuerda que no es necesario ser genial, lo bueno es suficiente”, escribes. ¿Es necesario bajar un poco las expectativas en el proceso creativo?
En una ocasión fui con mi hija Paula a dar unos cursos en Clermont. Yo no había enseñado nunca nada, y antes de entrar a la clase, Paula me dice: “Dile a tus estudiantes que escriban una mala novela”. “Pero, Paula, ¿cómo?”, pregunté. “Sí”, me responde, “Porque si se proponen escribir la gran novela americana, no van a empezar nunca”. Lo malo se puede corregir, pero lo que no está en el papel no existe. Entonces, dale, empieza, lánzate. Ya uno verá cómo flota. Pero no se puede esperar ser un perfecto nadador antes de lanzarse al agua. Es un poco arrogante pensar que uno es capaz de escribir una novela perfecta.
— ¿A nivel de estilo, cómo llevas la manía con las palabras? ¿Te peleas con los adjetivos, con los adverbios, con los gerundios?
Procuro no caer en el cliché. No diré que “Fulanita tenía ojos verdes”; voy a decir que “tenía ojos de espinaca”. Busco lo diferente. Trato que mis frases sean claras, aunque sean largas, aunque tengan adjetivos. Me llegan a veces correos de aspirantes a escritores, y no entiendo lo que dicen. Es tal el barroco, le dan tantas vueltas a las cosas, que no se les entiende. Cuando leo mis primeros libros siento que recargaba demasiado el lenguaje. Después de cuarenta años viviendo en inglés, me han depurado el castellano. Para los latinos, es casi una falta de cortesía ir directo al grano. En Estados Unidos no quieres que el otro pierda tiempo, y eso me ha ayudado mucho en depurar el lenguaje.
— Me llama la atención cómo en tu libro vinculas tu disciplina literaria con la disciplina militar de tu abuelo. Coincides totalmente con Vargas Llosa en eso.
Yo aprendí la disciplina por mi abuelo. Me crié en la escuela del rigor, aprendiendo que la vida no es fácil, que uno no viene a este mundo a pasarlo bien, que uno viene a este mundo a trabajar, a sufrir, a hacerse fuerte. Y me ha servido inmensamente en la vida, sobre todo en el exilio y la escritura.
— ¿Crees que el lector de hoy es menos capaz que antes?
En general, sí. Hace 50 años, lo que había era literatura. No existían las miniseries. Había la costumbre de leer. Y se empezaba a leer desde chico. Salvo el cine, no había otra entretención. Ahora hay muchas otras distracciones. Los jóvenes tienen miedo de la página de papel porque están acostumbrados a la pantalla. La gente quiere todo resumido. Los libros ya no pueden ser largos porque el editor te los rechaza.
— ¿Y cómo va el proceso de escribir tus memorias? ¿Será una continuación de “La suma de los días”?
¡Ya la terminé! Será distinta. Son sólo diez años, desde mi divorcio de Willy (William Gordon) con quien estuve 28 años. Es el tiempo en que estuve sola y encontré otro amor. Todo el mundo se divorcia, todo el mundo se vuelve a casar. ¡Pero no a mi edad! Cuando me separé a los 74 años, la gente no lo podía creer. Pero pienso que es mucho más difícil quedarse en algo que no funciona que estar sola. Entonces vendí la casa enorme y me compré una casa chiquita, con un solo dormitorio y una cama para terminar mis días con mi perra. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes que me cayera otro marido. Nos habíamos recién conocido y nos pescó el Covid allí. Cuando se enfermaba él, yo dormía en el sofá. Y cuando me daba a mí, también dormía en el sofá, porque él no cabía. Ahora tenemos una casa con dos camas. Es una memoria sobre la vejez, sobre el amor a cualquier edad.
“La palabra mágica”
Autor: Isabel Allende
Editorial: Plaza & Janés
Año: 2026
Páginas: 200
Además…
A saber
Como un ritual, cada año Allende empieza a escribir sus libros un 8 de enero. La fecha le recuerda la memoria de su abuelo Agustín y de su hija Paula.
“Editado por Plaza & Janés, “La Palabra Mágica” llega a librerías locales el próximo 9 de abril.




