El contraste no podía ser más extremo, pues en la noche juraron sus cargos no solo Bedoya sino el nuevo gabinete del presidente Fernando Belaunde. De los palacios y el protocolo político, al fuego apenas controlado de Tacora. Todo solo en un solo día.
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LA CHISPA INESPERADA
Eran poco más de las tres de la tarde cuando un fuego doméstico, mínimo y cotidiano, se salió de control. En el puesto de alimentos de Leoncio Chamorro Guerra, que era también su vivienda, un primus (cocinita a kerosene) encendido para preparar el almuerzo se convirtió en una llamarada sin previo aviso.

No hubo explosión ni estruendo inicial. Solo una llama desbordada y súbita que encontró a su alrededor el “combustible perfecto”: viviendas precarias hechas de estera, cartón y madera, levantadas una junto a otra, sin distancias ni cortafuegos.
En cuestión de minutos, el incendio dejó de ser un accidente doméstico y se convirtió en una emergencia de la ciudad. El viento ayudó a que las llamas saltaran de techo en techo, como si conocieran el camino. Y así, la cuadra tres del jirón Tacora se transformó en un infierno abierto, en pleno corazón de la capital peruana.
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EL PÁNICO GENERAL
Las primeras reacciones fueron de incredulidad. Luego vinieron los gritos, los llantos, las estampidas de gente. Madres que entraban y salían de las casas en llamas buscando a sus hijos; hombres cargando colchones, baldes, imágenes religiosas.

Algunos lograron rescatar apenas con lo puesto. Otros, nada. Ni los zapatos. La mayoría solo pudo mirar cómo el fuego devoraba años de esfuerzo acumulados en pocos metros cuadrados. El humo cubrió la calle como una neblina negra.
Las escenas de histeria y crisis nerviosas se multiplicaron, sobre todo entre mujeres que temían haber dejado a algún niño atrapado. Pero, milagrosamente, no hubo víctimas fatales. Cuatro personas resultaron heridas, pero todas sobrevivieron.
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TRES HORAS CONTRA EL FUEGO
Las compañías de bomberos de Lima acudieron con rapidez, pero el avance de las llamas era feroz. Durante tres horas, los hombres de rojo lucharon contra un enemigo que parecía no agotarse nunca.

El agua era insuficiente frente a la densidad del material inflamable. Cada vivienda que caía alimentaba la siguiente. El siniestro recién fue controlado entrada la noche, aunque los rescoldos siguieron humeando hasta cerca de las ocho.
Cuando el fuego cedió, el panorama era desolador: más de 200 viviendas reducidas a cenizas.
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Las pérdidas materiales fueron calculadas en unos 600 mil soles, una cifra enorme para la época y devastadora para familias que vivían al día.
DESPUÉS DEL HUMO
Y como los males no vienen solos, con el incendio aún caliente o por reavivarse, apareció otro enemigo: el saqueo. En medio del desconcierto, unos sujetos aprovecharon la tragedia para robar lo poco que los damnificados habían logrado sacar a la calle.

La Policía detuvo por las inmediaciones a cuatro individuos, entre ellos los delincuentes Carlos Moreno Estrada, alias “Tallarín”, y a Nicolás Supe Carrasco, conocido en el mundo del hampa como “Platanazo”, ambos con graves antecedentes policiales.
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Otros dos malhechores fueron sorprendidos en estado de ebriedad, saqueando algunas viviendas calcinadas. El fuego había terminado, pero la miseria moral seguía ardiendo. Para muchos vecinos, ese golpe fue casi tan doloroso como perder la casa.
SOLIDARIDAD SILENCIOSA
No todo fue desolación. Desde un convento religioso cercano, un grupo de monjas salieron a auxiliar a los damnificados, ofreciendo agua, abrigo y consuelo en medio del caos. Asimismo, vecinos de calles aledañas llevaron frazadas, ropa usada, alimentos. Tacora, barrio golpeado tantas veces por la informalidad, mostró también su rostro solidario.

Esa noche, más de mil personas durmieron a la intemperie o fueron alojadas provisionalmente en locales cercanos. La tragedia dejó al descubierto una Lima partida en dos: la que crecía hacia el futuro y la que sobrevivía entre esteras.
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Como dijimos, el nuevo alcalde de Lima, Luis Bedoya Reyes, electo en elecciones libres el 15 de diciembre de 1963, iba a jurar el cargo en el Palacio Municipal esa misma noche, y sin duda pasó del salón a las esteras incendiadas al día siguiente.
Mientras, en el Gobierno central, esa misma noche, el Salón Dorado de Palacio de Gobierno sería testigo de la juramentación del nuevo gabinete ministerial que presidió Fernando Schwalb López Aldana, entonces Canciller del Perú.

UNA HERIDA URBANA
Pero, el incendio de Tacora no fue un hecho aislado. Fue el síntoma de una ciudad que ya entonces crecía sin planificación, donde miles vivían hacinados, invisibles para las políticas públicas. En pleno Centro de Lima, a pocos minutos de Palacio de Gobierno, existía un barrio vulnerable, condenado a arder ante cualquier descuido.
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El fuego del 2 de enero de 1964 iluminó, por unas horas, esa realidad incómoda. Luego, como tantas veces, el humo se disipó y la ciudad siguió su marcha. Pero para quienes lo perdieron todo, Tacora, ese lugar inhóspito entre Lima y La Victoria, nunca volvió a ser la misma.
Tras el incendio, el barrio de Tacora se convirtió en tierra de nadie o de todos, que es lo mismo, siempre en disputa, y se transformó en un espacio de invasiones, no tardándose mucho en ser un reducto ideal para la venta de objetos robados, porque la “cachina” sería una forma más del olvido.















