sábado, marzo 14

El barrio de Santa Beatriz mantenía aún cierto abolengo aristocrático proveniente de los tiempos de su creación durante el ‘oncenio’ de Augusto B. Leguía (1919-1930). Pero esa tranquilidad acabó violentamente.

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El 25 de noviembre de 1941, la capital peruana fue testigo de dos graves delitos. El primero sucedió en una humilde casa en la avenida Prolongación Huánuco, en el Cercado de Lima, en la que una pareja de jóvenes ayacuchanos, que habían migrado a la capital hacía poco tiempo, acabaron envueltos en una cruel sangría.

Víctor Olivares Lira, al ser rechazado por su pareja Saturnina Flores –quien lo acusaba de haberse vuelto un borracho y mujeriego en Lima– se sintió despreciado, eso le dijo a la Policía. De inmediato, confesó, extrajo del bolsillo de su pantalón una cuchilla y con ella infringió once cortes a su mujer.

Entonces, Olivares intentó suicidarse haciéndose dos cortes profundos en el cuello, de cinco centímetros, y en el abdomen, de diez centímetros. Él pasó al Hospital Dos de Mayo, y ella al Hospital Arzobispo Loayza, ambos del Cercado de Lima. (EC, 26/11/1941)

Pero el segundo crimen fue el más atroz. Fue un feroz y lamentable doble asesinato, el cual ejecutó maquinalmente Angélica Romero Pino, de 32 años, aproximadamente, dentro de su departamento en la avenida O’Higgins, en Santa Beatriz.

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LA MATANZA INFANTIL DE SANTA BEATRIZ

Ese martes 25 de setiembre de 1941, durante la fría madrugada limeña, la muerte ocupó su lugar ya no en un lugar populoso o marginal de Lima sino en los “modernos barrios de Santa Beatriz”, describía El Comercio. Los relojes marcaban las dos de la madrugada. (EC, 26/11/1941)

Angélica Romero había enloquecido, y en un arrebato de locura, impotencia o simplemente colapso, agarró una navaja de afeitar y tasajeó con desenfreno los cuerpos de dos de sus menores hijos, quienes dormían apaciblemente. Según las autoridades policiales, tras matar a dos de ellos, ya no le habrían quedado fuerzas para hacer lo mismo con las otras dos menores que eran un poco mayores que las pequeñas víctimas.

Los rostros estupefactos de las hermanas sobrevivientes: Blanca (11) y María Luisa (9). (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)

La mujer, luego de los asesinatos, salió de su casa, en la avenida O’Higgins, y al salir hacia la avenida Arenales, encontró en su camino a un agente policial que estaba de guardia en esa esquina. El policía vio a Angélica Romero que caminaba dando tumbos y que empezaba primero a balbucear y luego a gritar que había matado “a dos de mis hijitos”. (EC, 26/11/1941)

El agente corrió jalando a la mujer que se resistía a volver a la escena. Pero el policía la obligó. Entonces, entraron y el guardia civil no dio crédito a lo que veían sus ojos: en la azotea del inmueble de O’Higgins, asignada con el Nº 160, estaban envueltos en sábanas completamente ensangrentadas, los cuerpos sin vida de dos niños. Eran los hijos de Angélica Romero Pino.

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Ella ocupaba un departamento en los “altos de la casa”, por eso tenía acceso a la azotea. Allí había llevado los cuerpos de sus menores hijos, en su afán de ocultarlos; pero al recobrar algo de la razón salió y confesó su crimen al guardia civil.

La Comisaría de la Octava Jurisdicción tomó acción en el caso. Al interrogar a los vecinos, algunos de ellos, los más cercanos a la casa, declararon que habían llegado a escuchar el llanto de los niños, pero no les sorprendía pues era habitual escuchar esos lamentos desde ese departamento.

Angélica Romero Pino vivía en ese pequeño departamento junto a sus cuatro hijos: Blanca, de 11 años, María Luisa, de 9 años, Nora, de 5 años, y el bebé de tan solo cinco meses, que se llamaba Celestino. Cuando debió enfrentar a los investigadores policiales solo repitió una y mil veces que la desesperación por no poder alimentarlos la llevó a tomar esa “desgraciada resolución”.

Esperó que fuera de madrugada y entonces subió a la azotea con el menor, o sea con Celestino, el de 5 meses de nacido y con una navaja de afeitar, lo degolló. Consumado este primer crimen, bajó por Nora, procediendo con la inocente criatura en la misma forma que había hecho con Celestino”, señaló el diario decano. (EC, 26/11/1941)

Con la misma sangre fría, en un estado de shock casi hipnótico, Angélica Romero bajó por María Luisa, quien dormía a lado de Blanca, la mayor. Ninguna de ellas sospechaba aun lo que había ocurrido con sus pequeños hermanos.

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Angélica Romero declaró lo mismo que le había dicho ya al primer guardia civil que había visto parado en la esquina de Arenales y O’Higgins: Que le había faltado fuerzas para seguir matando a sus hijos.

En un rapto de culpa, la filicida había bajado desesperada para dar cuenta de lo sucedido a la Policía y entregarse a ella. El “doble infanticidio”, como lo catalogó el diario decano, provocó reacciones inmediatas de la Policía y la Fiscalía.

Así, a la propia escena del crimen acudieron esa misma madrugada el comisario de la jurisdicción, el capitán Guerrero; el jefe de investigaciones, el oficial Liendo: el vigilante Málaga y un oficial de servicio; y poco después, ya en la mañana, muy temprano, llegó el Juez de Turno y los médicos legistas.

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La primera acción judicial determinó que la asesina fuera conducida al “Depósito Correccional ‘María Bellido’”. En tanto, los restos de los menores fueron llevados a la Morgue Central de Lima. Las dos niñas, Blanca y María Luisa, serían puestas a disposición del Juez de Menores.

A la mujer filicida, Angélica Romero Pino, de 32 años, le correspondió varios años de cárcel durante esa década de 1940.

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