El sueño, sin embargo, se había gestado mucho antes de que se moviera la primera piedra. Fue a inicios de la década de 1950 cuando los socios del Jockey Club del Perú comprendieron que el viejo Hipódromo de San Felipe —aquel recinto de Jesús María inaugurado en 1938— ya resultaba pequeño frente al incontenible entusiasmo de la afición.
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Tras arduas gestiones y no pocos intentos fallidos, entre 1952 y 1955 se logró finalmente la adquisición de 110 hectáreas en el entonces bucólico distrito de Santiago de Surco.

Fueron cinco años de ruidos de maquinaria, planos ambiciosos y una fe inquebrantable en el futuro. El resultado de esa espera valió cada segundo: el nuevo recinto, cuatro veces más extenso que su predecesor, se erigió con una infraestructura de vanguardia que lo posicionó de inmediato como uno de los mejores centros hípicos de todo el continente.
LUCES PARA EL HIPÓDROMO
La inauguración de las carreras nocturnas en Monterrico no fue un mero avance deportivo: transformó el Hipódromo de Monterrico en una gala social sin parangón, impulsada por una inversión tecnológica que colocó al Perú en la vanguardia sudamericana del turf.
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Aquella noche del viernes 3 de febrero de 1967, la oscuridad limeña se quebró con un fulgor distinto sobre el escenario hípico más grande del país. No era una velada veraniega más, sino el anuncio de un hito que alteraría para siempre las costumbres de una ciudad aferrada aún al sol dominical de las carreras.

Desde el atardecer, los accesos se colmaron de automóviles relucientes. Damas impecablemente vestidas y caballeros de saco y corbata impecables acudían con la curiosidad de los pioneros a un espectáculo nuevo: la primera temporada hípica bajo luces artificiales en el país.
El Hipódromo de Monterrico estrenaba el sistema de iluminación Philips, montado con maestría por Cánepa-Tabini, que bañaba pista, jardines y tribunas en una nitidez cegadora. La impresión fue definitivamente luminosa.
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El Jockey Club del Perú (JCP), bajo la batuta del ingeniero Enrique Martinelli Tizón, orquestaba no solo una proeza técnica sino también un acontecimiento social de gran nivel: Lima se vestía de gala, al fin, para emular a las grandes capitales del mundo.

VANGUARDIA Y POTENCIA TECNOLÓGICA
Las luces, dispuestas estratégicamente, bañaban el escenario de pista y tribunas con una claridad uniforme que casi anulaba las sombras, dotando al recinto de un aire casi teatral.
Entre carrera y carrera, la reunión hípica adquiría el tono de una recepción diplomática donde se celebraba la innovación técnica y el encanto de la nueva atmósfera.
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Esta transformación no fue obra del azar. Fue un proyecto especial que requirió una inversión aproximada de 13 millones de soles de la época. Tal suma reflejaba la robusta economía de una institución como el Jockey Club del Perú.

La Jockey Club ya controlaba juegos por más de mil millones de soles anuales, indicaba en su crónica del 5 de febrero de 1967, el especialista Federico Roggero Barreda, de El Comercio.
La primacía técnica era aplastante: cinco veces más potente que el brasileño, triplicaba la capacidad de los argentinos y venezolanos. «Las cosas hay que hacerlas bien“, repetía Martinelli del JCP, sellando con esa frase el derroche justificado.
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Para 1967, la hípica peruana ya había madurado lo suficiente. Se dejaban atrás los tiempos de 1947, cuando los socios debían firmar pagarés personales para obtener créditos, dando paso a una era de solidez institucional y modernidad, reseñaba Roggero.

BEAUFORT: EL REY DE LA NOCHE
La jornada inaugural de las luces quedó grabada en los anales del deporte nacional. Una multitud ansiosa llenó las tribunas para presenciar el nuevo clásico «Inauguración de las Carreras Nocturnas“, una prueba de aliento sobre 2,600 metros que prometía emociones fuertes bajo los focos.
En la pista, el gran protagonista fue Beaufort, un ejemplar que demostró ser el mejor de su generación. Bajo la nueva luz, su galope parecía cobrar una dimensión épica, capturando la atención de miles de espectadores que seguían cada uno de sus movimientos.
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El lente de nuestro fotógrafo Julio Castillo inmortalizó el momento en que los competidores giraban la curva de los 1,700 metros. Beaufort y Terremoto marchaban al frente, seguidos de cerca por los veloces Mink, Tunja, Líbero, Otoño, Djalma, Progresista y Mirona, en una escena hípica que recordaba a un momento cinematográfico.

El triunfo de Beaufort fue tan contundente que trascendió fronteras de inmediato. Dirigentes chilenos, impresionados por el desempeño del ejemplar bajo la luz artificial, no tardaron en extender una invitación para que compitiera en Santiago.
CONSOLIDACIÓN DE UNA COSTUMBRE
Aquella noche histórica en el Hipódromo de Monterrico no se limitó a las carreras: se inauguró la “Pelousse”, reducto social frente a las tribunas de Primera y Segunda, donde la sociedad limeña —junto a poderes públicos, diplomáticos, etc.— desplegó su acostumbrada distinción.
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En ese enclave, bajo los reflectores recién estrenados, se subastó una yegua de cría inglesa de linaje impecable: la pura sangre Pamorpee, hija de Chanteur II y Ortlinde, traída por el JCP. El haras “Jesús del Valle” se alzó con ella por 520 mil soles, cifra que selló la fiebre de la velada.

El furor de ese día dictaminó una sentencia: las carreras nocturnas reinarían los viernes limeños mientras el cielo lo consintiera. El público, hechizado, afluía en oleadas que pulverizaron las previsiones del Jockey Club, consagrando al Hipódromo de Monterrico como nuevo epicentro de la nueva ciudad de Lima que crecía al sur, norte y este.
SEGUNDA FECHA NOCTURNA
Una semana después, el viernes 10 de febrero de 1967, la fiebre nocturna renació en Monterrico con la segunda reunión bajo las estrellas. El programa, abierto puntualmente a las 7 y 30 de la noche, ya se erigía como el imán ineludible del final de semana limeño.
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Ese segundo viernes, el plato fuerte fue el premio especial «Hogar Clínica San Juan de Dios“. Cortina, hija de Naucide, partía como reina indiscutida de la cátedra hípica, arropada por la marea de apuestas que la encumbraba.

Cortina no traicionó: afianzó su cetro entre las hembras de élite. A su sombra, los ejemplares King Forest y Baliv acechaban como lobos de fondo, presagiando futuros y fogosos duelos en las distancias de fondo.
LEGADO DE LUZ ETERNA
El espectáculo hípico se diversificó para deleite de la concurrencia, incluyendo competencias de obstáculos y carreras destinadas a jinetes caballeros y amazonas. Monterrico ya no era solo un lugar de apuestas; se convirtió desde entonces en el centro neurálgico de la vida social limeña de los años 60, y siguió siéndolo en las décadas siguientes.
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La decisión estratégica de realizar estas reuniones únicamente los viernes por la noche fue un acierto. Como lo fue abrir en las agencias del JCP un horario corrido de atención (de 9 am. a 5 pm.) durante la semana especialmente para las carreras nocturnas de los viernes.

Todo ello permitió separar el turf tradicional de los domingos al nuevo concepto nocturno, con las poderosas luces Philips, optimizando la logística y el interés del público.
Para finales de febrero de 1967, el prestigio del turf peruano brillaba con luz propia en la región, y se coordinaba el envío de una delegación a Chile, integrada por los estelares Beaufort y Cortina, para representar los colores nacionales.
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Hoy, al recordar esas primeras noches iluminadas en el pista de Surco, queda la imagen de una Lima que buscaba la modernidad en cada destello de los proyectores. De esta forma, el Jockey Club del Perú había logrado transformar un deporte de élite en una especie de fenómeno de masas, bajo el manto protector de la noche.













