Ignacio Salazar habla del mar como quien habla de casa. Cuando está en el agua, se siente tranquilo, seguro, como si hubiera regresado al lugar al que siempre perteneció. El océano ha sido su espacio desde niño, pues es donde empezó a entender el mundo y, con el tiempo, también el lugar en el que decidió construir su destino.
Ignacio Salazar habla del mar como quien habla de casa. Cuando está en el agua, se siente tranquilo, seguro, como si hubiera regresado al lugar al que siempre perteneció. El océano ha sido su espacio desde niño, pues es donde empezó a entender el mundo y, con el tiempo, también el lugar en el que decidió construir su destino.
Durante más de veinte años ha perseguido olas gigantes por el mundo: Tasmania, Hawái, California, México, Chile o Fiji. Lugares donde el océano no es una postal, sino una fuerza impredecible que exige preparación física, conocimientos científicos y una intuición difícil de explicar.
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Fue en una de esas búsquedas donde llegó el momento que terminaría marcando su carrera. En Nazaré, Portugal, considerado uno de los escenarios más extremos del surf de ola grande, Ignacio descendió una pared de agua que más tarde sería medida en 21,5 metros. Con esa ola se convirtió en el peruano que ha corrido la ola más grande registrada hasta ahora, una marca que hoy constituye el récord nacional de olas grandes.
PAREDES DE AGUA
A diferencia de las olas cotidianas, las gigantes aparecen pocas veces al año. Dependen de tormentas específicas, de la dirección exacta del viento, de la energía acumulada en el océano y del momento preciso en que todo coincide. A veces los pronósticos se anuncian con diez días de anticipación, pero recién dos o tres días antes se sabe si realmente ocurrirá.
Entonces empieza la carrera contra el tiempo: revisar mapas, estudiar mareas, analizar la energía del mar y decidir si vale la pena viajar. Ignacio aprendió a leer ese lenguaje con los años. Al principio, admite, ni siquiera sabía orientarse en el mar. Con el tiempo empezó a estudiar tormentas, corrientes y direcciones de viento hasta desarrollar una especie de radar interior que le permite anticipar cuándo una sesión puede convertirse en algo extraordinario. Pero incluso con toda esa preparación hay algo que nadie controla: la llegada de la ola. “Uno no escoge la ola, la ola te escoge a ti”, afirma.
Surfear en Nazaré exige más que habilidad. En los días de olas gigantes cada surfista participa con un equipo completo: una moto que lo coloca en el mar y al menos tres motos de rescate listas para actuar si algo falla, porque la rompiente está muy cerca de las rocas.
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Cuando llega ese momento todo ocurre en segundos. No hay tiempo para contemplar la magnitud de la pared de agua. La mente se concentra en encontrar la línea correcta. El cuerpo responde casi por instinto. La tabla, más pesada que las que se usan en olas pequeñas, se mantiene pegada al agua mientras el surfista busca velocidad suficiente para atravesar la sección antes de que la ola se derrumbe detrás de él.
Ser surfista de ola grande implica convivir con lo impredecible. El mar puede revolcarte, empujarte al fondo o lanzarte contra otra pared de agua. Es en esos momentos cuando uno descubre si realmente quiere dedicar su vida a esto.
Para Ignacio, la respuesta siempre ha sido la misma. Desde niño sintió el impulso de ir un poco más lejos que los demás surfistas, de esperar la ola más grande del set. A los cinco años ya estaba en el agua y a los catorce entró por primera vez a Pico Alto, una de las olas más poderosas del Perú.
Esa intensidad vive hoy en él más fuerte que nunca. Su rutina empieza antes del amanecer. Entrena calistenia explosiva desde las cinco o seis de la mañana, cuida su alimentación, medita y vuelve a entrenar durante el día. Cuando una pared de agua de veinte metros se levanta frente a ti, la mente debe estar tan preparada como el cuerpo. “El mar —dice— también responde a ese estado interior. Si entras con frustración o rabia, rara vez te tocarán buenas olas”, advierte. Hay algo en la relación entre el surfista y el océano que escapa a las fórmulas.
Quizás por eso Ignacio sigue nadando hacia el fondo de los mares. No para quedarse en una gran hazaña, sino para volver a sentir esa mezcla de paz y adrenalina que aparece solo cuando decides entregarte y confiar en el océano.
DATO
Hoy, Ignacio Salazar también trabaja en contar su universo desde dentro, mediante una serie de documentales titulados “Vertex”, que registrarán olas extremas y la cultura del surf de ola grande. Se estrenará este domingo 22 de marzo a las 7:00 pm.





