Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Cerca de las 5:30 p.m. del jueves 9 de abril, durante una caravana en el Callao, mi padre, el candidato al Senado por Juntos por el Perú (JP) Dante Castro Arrasco, cayó de la tolva de una camioneta en movimiento. Mientras él yacía inconsciente en el pavimento, la caravana —liderada por Cledin Vásquez Castillo— se detuvo apenas unos minutos. Luego siguieron su recorrido proselitista hasta el final, como si la vida de un compañero fuera un daño colateral prescindible.
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Cuando los discursos de justicia social no se acompañan con actos consecuentes ante la tragedia, algo está podrido. Mi padre, no era solo un candidato al senado por Juntos por el Perú. Era un escritor premiado, un periodista comprometido, un maestro sanmarquino y una voz que jamás vivió en vano. Hoy, tras su partida, su familia no solo llora su ausencia, sino que se enfrenta a la indolencia de la organización en la que él postulaba a un cargo público.
Pasamos cuatro días en el hospital Nacional Daniel Alcides Carrión, viendo cómo su vida se apagaba en la Unidad de Cuidados Especiales (UCE). El primer contacto que la familia tuvo con el JP tras el accidente ocurrió recién la mañana del viernes 10 de abril, cuando alguien que se identificó como miembro “del equipo de prensa del presidente Roberto Sánchez”, me envió por WhatsApp el enlace de la noticia de El Comercio con una pregunta: “¿Esta información es real?”.

Captura de una conversación con WhatsApp con un miembro del equipo de prensa del candidato Roberto Sánchez.
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El partido político se manifestó con un comunicado ese 10 de abril por la tarde. A la noche aparecieron Roberto Sánchez y Cledin Vásquez, sobrino de Pedro Castillo y candidato que iba en la caravana con mi padre, quien no respondió llamadas hasta ese momento. Sánchez, en tanto, solo gestionó una liturgia; un gesto simbólico que hoy palidece ante su indolencia real: se nos negó y sigue negando la información básica del conductor y la placa del vehículo del que cayó mi padre. Por ese silencio, el SOAT no pudo activarse. Cualquier partido medianamente serio se habría acercado a ofrecer, antes que nada, asesoría legal, cosa que no ocurrió. Afortunadamente, gracias a las generosas donaciones de amigos, familiares y diversas organizaciones pudimos socorrer a mi padre hasta su último respiro.
Lo que nos da fuerza hoy como familia es ver cuántas personas reconocen a Dante Castro en todas sus dimensiones. Su velorio en el Ministerio de Cultura –espacio ofrecido por funcionarios de esa cartera– fue una muestra abrumadora de cariño, con homenajes de artistas y alumnos. Su entierro en el cementerio Baquíjano del Callao, acompañado por danzantes de tijeras, fue la despedida que un escritor andino de su talla merecía. Ese reconocimiento del pueblo contrasta dolorosamente con la actitud de una dirigencia que prefirió asistir al entierro acompañado de cámaras y pidiendo un espacio para dar un discurso, antes que enviarnos los datos legales que aún esperamos.
El colofón, aunque apenas parezca un detalle, demuestra mucho: el sentido comunicado firmado por Roberto Sánchez en el que lamentaba la muerte de mi padre tenía mal escrito su segundo apellido. Dirá, seguramente, que alguien más lo hizo. Esa forma de exonerarse de responsabilidades sonará similar a lo que nos dijo cuando le pedíamos los datos del chofer: básicamente que no sabía nada, que se enteró por los medios y que no tenían la información porque la actividad fue “espontánea” y hecha “por voluntarios”. Si Roberto Sánchez no puede controlar a su propia organización, si no sabe tener una respuesta orgánica y política; me surge una pregunta inevitable: ¿Cómo pretende ser presidente de la República? Si no es capaz de hacer lo justo por una persona que compartía sus filas, ¿qué puede esperar el ciudadano común?, ¿qué pasará con quienes no comulguen con sus ideales?

Comunicado de Roberto Sánchez publicado en redes sociales.
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Esto no se trata de una disputa entre izquierdas o derechas, sino de un reclamo de humanidad y derecho elemental. Buscamos justicia para un peruano cuya vida fue vulnerada y cuya familia hoy exige respuestas que trascienden cualquier bandera política. El respeto por la integridad del individuo y la transparencia ante la ley son principios universales que ninguna organización, por más ‘popular’ que se autodenomine, puede pretender omitir sin consecuencias.
A la fecha, hemos enviado cartas notariales a Roberto Sánchez, Cledin Vásquez y a la dirigencia de JP. El tiempo de las palabras amables se agotó. Mi padre dedicó su vida a escribir sobre los que no tienen voz. Hoy, la suya resuena en esta exigencia de transparencia. La impunidad no será el punto final de la historia de un peruano que, como Dante Castro, entregó su vida al pensamiento y a su país.
*María Fernanda Castro es periodista y politóloga, labora desde hace más de 10 años en el Grupo El Comercio. Actualmente trabaja en el área de ContentLab.
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