Con frecuencia surge la siguiente pregunta en conferencias y debates sobre tecnología:
Con frecuencia surge la siguiente pregunta en conferencias y debates sobre tecnología:
“¿Para qué invertir en inteligencia artificial si ya existen modelos creados en Estados Unidos o China?”
Es una pregunta razonable. Hoy existen modelos capaces de escribir textos, programar software, resumir documentos legales o analizar grandes cantidades de datos. Muchos de ellos fueron entrenados con miles de millones de parámetros y con presupuestos que superan los de muchos ministerios en América Latina.
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Entonces, ¿por qué nuestros países deberían invertir en inteligencia artificial?
La respuesta es simple: porque la inteligencia artificial se está convirtiendo en infraestructura.
Durante buena parte del siglo XX, los países que transformaron su economía lo hicieron invirtiendo en sistemas que, en su momento, parecían demasiado grandes o costosos: redes eléctricas, universidades públicas, carreteras, sistemas de telecomunicaciones e internet. Esas infraestructuras no se construyeron pensando en una aplicación específica. Se desarrollaron para impulsar la productividad del país y mejorar la calidad de los servicios públicos.
Hoy la inteligencia artificial empieza a consolidarse como una nueva infraestructura pública. Los modelos de lenguaje comienzan a ocupar el lugar que las carreteras, los puentes y los puertos tuvieron en la segunda y tercera revolución industrial.
La infraestructura es importante para la consolidación de la IA. (Foto referencial: freepik.es)
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El economista Erik Brynjolfsson del MIT lo tiene claro: “La IA es una tecnología de propósito general, comparable a la electricidad o al motor de combustión”.
Las tecnologías de propósito general tienen una característica particular. No transforman la economía por sí solas, sino por la cantidad de innovaciones que permiten construir encima de ellas.
La historia está llena de ejemplos. La electricidad no era solo una lámpara. Internet no era solo correo electrónico. La inteligencia artificial no es solo un chatbot.
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Es la base sobre la cual se pueden construir asistentes educativos para escuelas públicas, sistemas de apoyo para médicos en hospitales, herramientas jurídicas que analicen legislación y agilicen el poder judicial de nuestros países, plataformas para investigación científica y nuevas startups tecnológicas.
Durante décadas, América Latina ha sido principalmente usuaria de infraestructuras tecnológicas construidas en otras regiones. Utilizamos sistemas operativos creados fuera de la región, plataformas digitales diseñadas en otros países y modelos de lenguaje entrenados con datos que no representan plenamente nuestra realidad social o lingüística.
Y esto no es necesariamente negativo. La globalización tecnológica ha permitido acceso a herramientas extraordinarias. Pero también plantea una pregunta estratégica:
¿Queremos participar en la construcción de estas infraestructuras o limitarnos a utilizarlas?
El científico de IA Andrew Ng suele repetir una frase que captura bien este momento histórico: “La inteligencia artificial es la nueva electricidad”.
La metáfora no es exagerada.
Así como ningún país discute hoy si necesita redes eléctricas o universidades, pronto será difícil imaginar sistemas educativos, organismos judiciales o administraciones públicas sin adaptaciones propias de inteligencia artificial.
Invertir en inteligencia artificial no significa necesariamente competir con los gigantes tecnológicos del mundo. Significa construir infraestructura, formar ingenieros y científicos, generar datos y evaluaciones que reflejen nuestra realidad.
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Pero también significa algo más profundo: desarrollar una nueva industria.
Los países que construyen tecnologías fundacionales suelen capturar gran parte del valor económico que generan. Silicon Valley no solo produce software; produce ecosistemas completos de innovación, startups, investigación y capital humano. Shenzhen no solo produce hardware; produce ecosistemas completos de manufactura avanzada, innovación tecnológica y talento industrial.
La inteligencia artificial abre una oportunidad similar.
En lugar de preguntarnos si podemos competir con los laboratorios tecnológicos más grandes del mundo, quizás debemos hacernos una pregunta más fundamental:
¿Queremos construir la infraestructura de esta nueva revolución industrial, o seguir formando otra generación más que piense que el futuro se diseña en otra parte?
Porque las decisiones que tomemos hoy determinarán si América Latina es capaz de construir industrias tecnológicas propias durante las próximas décadas. Las sociedades que invierten en infraestructura no lo hacen pensando en el presente inmediato.
Lo hacen pensando en el futuro.




